Valiente es el que lucha para vencer su miedo

He de confesaros algo: de vez en cuando y de forma absolutamente repentina -ya puedo estar en la cola del supermercado o zurciendo los tomatillos de mis calcetines- me asalta un pensamiento recurrente. Abro los ojos de forma desmesurada, mi mente se queda en blanco y una idea lineal resuena en mi cabeza: “¿Pero cómo ha llegado mi vida hasta este punto?”. No es que me queje. Estoy exactamente dónde he decidido llegar y me siento extremadamente orgullosa de cómo he gestionado mi tiempo, mis recursos y mi trabajo durante los últimos años.

Young beautiful girl laying on the grass in park

Pero de vez en cuando aparece en mi cabeza una imagen de mi misma cuando era adolescente. Con mis gafas grandes, mi pelo revuelto, muchos problemas a la hora de interactuar socialmente y una actitud en general bastante dócil. Mi mayor afición era devorar libros, coser broches de fieltro y restaurar muñecas antiguas. Cuando comparo a esa chica con la persona que soy ahora, una cabecita loca que se está recorriendo medio mundo rodando para productoras pornográficas, me pregunto sinceramente qué pasó entre medias, qué eslabón cambió de sentido en qué momento para llevarme a ser la mujer que escribe este texto.

Una persona querida me dijo en cierto momento de mi existencia que el verdadero valiente no es el que no tiene miedo, sino el que lo tiene y lucha para poder vencerlo. Probablemente esta es la frase que resume toda mi existencia, porque definitivamente aquél eslabón que cambió de sentido fue la capacidad para enfrentarme a las cosas que me aterrorizaban. Poder analizar todas y cada una de mis inseguridades, luchar contra mis temores y escucharme a mi misma cada día para convertirme en una persona orgullosa de si misma. Mirarme cada día al espejo y pensar “Estoy haciendo exactamente aquello que quiero hacer”.

Porque en el fondo, la base de mi discurso no trata del mundo de la pornografía, el estigma relacionado con el trabajo sexual, o cómo ser una buena actriz de cine X. De lo que hablo el última instancia es de nuestro derecho (¡Mi derecho!) a decidir hacia donde se dirige nuestra vida sin miedo a las presiones sociales ni a romper los convencionalismos. ¿Qué es realmente lo que quieres hacer con tu vida? ¿Cuáles son tus sueños? Puede que quieras viajar por el mundo, a lo mejor prefieres comprar una propiedad y montar una granja, o tal vez prefieras sacarte una oposición y trabajar de profesor. Cualquier idea, cualquier deseo tiene cabida en nuestra vida si sabemos gestionar nuestros recursos y entender nuestras limitaciones.

Pero el primer paso, siempre y antes de nada, es saber escucharnos a nosotros mismos. Y aunque parezca una idea extremadamente sencilla, desde que somos pequeños se nos enseña qué caminos son correctos, y cuales están fuera de nuestras expectativas. Se nos enseña qué debemos desear.
Todos los padres quieren que sus hijos sean exitosos, pero hay puertas hacia el éxito que definitivamente te aconsejarán que abras y otras muchas que tendrás que forzar mientras todo tu entorno pone sus manos delante. Sacarte una carrera y trabajar de abogado es bueno. Viajar por el mundo rodando porno es malo. Así que en muchas ocasiones, el ejercicio de escuchar nuestros propios deseos se ve camuflado por años de cantinelas que nos han inculcado qué tenemos que hacer.

El tipo de pensamiento analítico que permite que te escuches a ti mismo muchas veces es doloroso y complicado de gestionar, porque implica reconocer tus errores, tus fallos y aquellos comportamientos que están siendo un lastre en tu carrera hacia el crecimiento personal.

Definitivamente no es un camino de rosas pero ¡Oh! Lo que la mayoría no sabe es que simplemente el hecho de estar luchando por sacar adelante la vida que tú has decidido llevar es más valioso que cualquier éxito o fracaso. En el fondo, el estar siendo la dueña de tus propias decisiones (“soy el amo de mi destino: soy el capitán de mi alma.” decía el poeta William Henley) es el verdadero destino, la verdadera meta.

Puede que dentro de diez años sea millonaria, o puede que esté vendiendo collares de conchas en las Maldivas. También puede que esté sin un duro pensando “¿Pero cómo ha llegado mi vida hasta este punto?” pero lo que puedo prometeros es que este tiempo de felicidad que estoy viviendo y estos recuerdos que estoy guardando en mi memoria no me los va a quitar nadie.

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