Una piscina y una inglesa viciosa

El verano de 1996 fue especialmente intenso. Aquel año mi padre le pidió a un amigo suyo que me llevase a trabajar con él durante los tres meses de verano. Se dedicaba a limpiar y hacer labores de mantenimiento de las piscinas en chalets de ricos. Juan, que así se llamaba el hombre, aceptó darme trabajo porque le debía algunos favores a mi padre y en vez de contratar a un desconocido me llevaba a mí por las casas de La Moraleja, una urbanización de ricos a las afueras de Madrid.

Era mi primer trabajo remunerado y estaba dispuesto a tomarlo en serio, ya que con los 19 años recién cumplidos estaba dispuesto a aprender todo lo que hiciese falta para sacarme un dinerito extra.

Comenzábamos a las nueve de la mañana, Juan me dejaba en un chalet, me decía lo que había que hacer y luego regresaba a buscarme para llevarme a otra casa. A diario me recordaba dos premisas importantes: hacer caso a los dueños si recibía alguna indicación y jamás entrar dentro de la casa por muy amables que fueran y me invitasen.

Es decir, yo a lo mío, que consistía en poco más que limpiar la piscina, llenarlas de agua si estaba vacía, echar el cloro necesario y cambiar algún filtro estropeado durante el invierno. Todo iba bien, trabajábamos de nueve a cinco de la tarde, sin parar. Veía a pocos dueños, si acaso alguna criada filipina hablando en inglés, repartidores de paquetes y algún escolta que me miraban con desconfianza desde la puerta de la casa. Todo muy normal.

Pero una mañana aquello cambió. Aquel día Juan me llevó a un chalet de dos plantas con una piscina ovalada. Uno de los vigilantes de la urbanización nos abrió la puerta exterior, como siempre que no había nadie en la casa. El guarda nos dijo que allí vivía una pareja joven de ingleses que trabajaban en la embajada. Luego se fueron.

En la parcela, sembrada de césped, sólo había una hamaca verde puesta al sol, con una toalla seca y limpia, que debía pertenecer a alguien. Supuse que no había nadie en casa y me puse a limpiar la caseta de mantenimiento, que presentaba un notable desorden. Llevaba quince minutos ensimismado en mis tareas cuando un “hello” me sorprendió por detrás y tanto me asustó que pegué un bote golpeándome contra la puerta de la caseta.

Era la dueña de la casa. Me volví y se me pasó el dolor de cabeza de repente. Detrás de mi apareció una diosa, encarnada en una mujer cercana a los cuarenta años, media melena de rubia natural, un metro sesenta de estatura, ojos azules, dientes blancos y perfectos, piel bronceada, nariz respingona y un biquini blanco que dejaba poco a la imaginación: unas piernas bien torneadas, unos brazos finos y elegantes y unas tetas que yo suponía bien formadas, aunque luego descubriría que eran operadas. Iba descalza.

Yo debía tener cara de susto

Yo, con 19 años, tampoco estaba mal: moreno de piel y cabello, casi un metro y ochenta centímetros, ni un ápice de grasa, pantalones cortos que dejaban al aire unos gemelos curtidos por el fútbol y toda la inocencia del mundo, aunque en ese momento debía de tener cara de susto porque la señora británica comenzó a reírse, lo que provocó que yo me pusiera colorado y no de tomar el sol.

Happy couple

En un tosco español entendí un “¿quién es usted?” a lo que respondí en un pobre inglés: “I’m Romeo, the worker of the swimming pool”. Ella no dijo nada, sonrío se dio media vuelta y fue a tumbarse en la hamaca con un libro en la mano. El sol comenzaba a apretar y aquello me estaba poniendo nervioso. La mujer era bastante mayor que yo y no me atrevía siquiera a mirarla. Juan no me había preparado para eso.

– Please, Romeo, ven un momento, dijo la señora.
Solté lo que tenía entre manos y según atravesaba la parcela notaba como me iba poniendo cachondo, algo que intenté disimular sin demasiado éxito.
– Por favor, ¿aceite? ¿sí? Y puso un bote de aceite bronceador en mi mano mientras se desabrochaba la parte de arriba del biquini y se daba la vuelta.

Yo, que siempre he sido muy bien mandado, me limité a arrodillarme junto a aquella escultural mujer, echar aceite en mi mano y depositarla con más miedo que vergüenza en su espalda.
El aceite debía estar frío y la inglesa dio un respingo. Con el tiempo aprendería  a calentar las cremas antes de ponerlas sobre un cuerpo desnudo, pero entonces sólo vi como aquella piel adquiría un tono aterciopelado mientras mis inexpertas manos intentaban llegar a todos los huecos posibles, sin acercarme demasiado a la parte de abajo.

Comencé a poner bronceador en sus pies

Ella suspiraba y emitía soniditos de placer. Luego, separó las piernas y me indicó que le diese aceite también. Yo notaba cada vez más calor y más nerviosismo y me quité la camiseta. Comencé a poner aceite en sus pies, luego en los tobillos, subí por los gemelos y llegué a los muslos. Ahí me detuve, pero ella pidió “more”.

La señora se dio la vuelta y me dijo, “Romeo, I like you”. Yo me quedé un poco parado ante la visión de sus tetas al aire, blancas y redondas, perfectas como una escultura griega. Entonces ella tomó la iniciativa. Se sentó sobre la tumbona, me atrajo hacía si y me bajó los pantalones y los calzoncillos de un tirón, dejando mi polla al aire libre. Acercó su boca y comenzó a besarla en la base, dando pequeños besitos, luego sacó la lengua y fue subiendo hasta la punta y estuvo jugando con  mi glande, hasta que se cansó de jugar y se la puso entera dentro de la boca mientras me sujetaba los testículos con una mano.

Fue la primera mamada bien hecha de mi vida, aquella mujer sabía bien lo que hacía.  Mi jefe había dejado bien claro que debía satisfacer al cliente en todas sus peticiones sin entrar en la casa jamás y eso era lo estaba haciendo. La inglesa seguía trajinándose mi polla a gusto, mientras me miraba de vez en cuando a la cara para saber si me gustaba y así estuvo un buen rato, mientras yo intentaba sobar sus tetas torpemente y como podía. Luego se levantó, se quitó la parte de abajo y se puso a cuatro patas sobre la tumbona, invitándome a que la follase. Desde detrás veía un coñito blanco sin pelos, lo que me llamó mucho la atención. Aquel era el culo más bonito que había visto nunca.
–    Fuck me, Romeo!

Era una auténtica viciosa del sexo
Detrás de aquella carita de ángel había una auténtica viciosa del sexo. Se la clavé de golpe, con el ímpetu de la juventud y comencé a moverme dentro con embestidas salvajes. Aquello le gustaba porque se echó hacia delante y descansó su torso sobre la hamaca dejando el culo en pompa. Yo solo escuchaba gemidos ahogados de placer. La tomé por la nuca con mi mano derecha, mientras la izquierda la agarraba por la cintura y la atraía hacia mi cuerpo. Entonces ella se tensó y dejó escapar un grito largo y aflojó su cuerpo. Yo paré, pero mi polla quería más, necesitaba darle mi leche.

Ella intentaba volver a tumbarse, pero yo no la dejé y metí un dedo en su boca, obligándola a levantarse y ponerse en 90 grados, mirando al frente. Entendió lo que quería, le gustó y comenzó a moverse, culeando contra mi y animando todavía más las ganas de follármela con fuerza. Así, con dureza y sin ceder, le proporcioné un nuevo orgasmo y aprendí que ellas pueden correrse más de una vez durante el mismo acto. Luego lo hice yo, aunque justo antes saqué mi polla y derramé mi leche sobre su espalda. Aquella fue la primera vez de un verano inolvidable, durante el que comencé a aprender inglés y otras cosas increíbles.

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