Una pelirroja, un billar y un brandy

En invierno, cuando llueve y es de noche, perdemos muchos estímulos visuales. Los paraguas chocan sus varillas a la salida del metro, la gente se desliza con torpeza por las aceras encharcadas y el ruido turbio de la marabunta se entremezcla con el sonido de los neumáticos de los coches que se deslizan sobre los arcenes empantanados. Te limitas a intuir por dónde puedes cruzar la calle, turbiamente, tratando de no tropezar ni acabar con los pies empapados. En esas estaba yo el sábado pasado, cuando decidí cobijarme en un soportal. Sin paraguas, que los odio: me siento como la estatua de la libertad sin tablilla.

Estaba oliendo la acera mojada, y no me percaté de que estaba en la puerta de un bar, entorpeciendo la entrada. Una chica cruzó la calle hacia mí, con una gabardina azul turquesa estilo burberry. Me hice a un lado, para dejarla entrar. Y al pasar junto a mí, la pude oler. Aspiré un reguero de perfume que despejó de inmediato la congestión nasal y espoleó mi mente. Cerré los ojos durante unos segundos y suspiré.

Decidí entrar tras ella. El local estaba lleno de refugiados de la tormenta. Ella se había quitado la gabardina y estaba sentada en un taburete en la barra. Se pidió un brandy. Me quedé descolocado. Nadie bebe brandy ya en este país, pensé. Y una chica, menos aún. Era la mujer más atractiva que había visto en mucho tiempo. Tenía los ojos verdes y era pelirroja natural. Era evidente que era extranjera. Deduje que inglesa, porque no había pedido coñac, que es lo mismo pero no, ni armañac. Me lancé al ruedo y pedí otro brandy. Ella se sorprendió y me miró fijamente. Sonrió levemente. Sus facciones eran perfectas. Me quité la capucha y salió al aire mi calva y mi rostro, genuinamente ibéricos. Brindamos sin saber por qué, y traté de argumentar un comentario jocoso en inglés sobre el clima, pero solo logré ladrar en una jerga ininteligible. Ella respondió en un español digno de Boris Johnson. Nos miramos. Como yo no sabía qué decir, me acerqué a olerle el cuello. Ella se sorprendió, pero también me olió. Luego cogió su copa de brandy, se levantó y bajó al sótano. Dejó sus pertenencias allí, conmigo. Pensé que era una osada por fiarse de mí, pero entendí que tenía una emergencia y necesitaba ir al baño.

Glamorous Woman Sipping Cocktail at Disco Bar

El agua arreciaba cada vez más fuera, y la chica no subía. Decidí bajar. El sótano estaba a oscuras. Era una sala de baile en desuso, con un billar en medio de la planta. Y allí, sobre el tapete verde, estaba la copa de brandy de la pelirroja. Me senté en el borde a esperar a que saliera del baño. Cuando lo hizo, le ofrecí su propia copa y le di de beber. Ella apartó mi mano y me besó profundamente. Nuestras narices chocaron; estaban frías, los labios también, pero nuestras lenguas estaban cálidas, así que decidimos unirlas en un beso lento y profundo. Ella rodeó mi nuca con sus brazos y yo, muy despacio, llevé mi mano a su cintura para abrirme paso entre las capas de ropa que la protegían. Alcé al menos tres prendas, hasta que con mis dedos fríos acaricié su piel templada. Ella se estremeció con una sonrisa, así que decidí maniobrar rápido, para que el choque térmico acabara pronto. Acaricié sus pechos por debajo de su sujetador. Ella apretó su vientre contra mi pene, que estaba enarbolado bajo mis vaqueros.

Era delgada y ligera, así que la alcé a pulso y la coloqué sobre el tapete verde. Estábamos solos en la estancia, arriba se escuchaba el jaleo del bar repleto pero pensé que, en caso de que alguien bajara, los pasos en la escalera le delatarían. Nos tumbamos en el tapete verde, y comencé a acariciarla bajo la ropa, hasta que llegué a sus pantalones. Ella echó mano de mi cinturón y abrió la hebilla, para sacar mi pene erecto. Nuestros movimientos eran torpes. Ella acarició mi sexo. Lo abarcaba con firmeza mientras me miraba a los ojos. Me susurró algo y me sentí invitado a penetrarla. Su vientre estaba caliente, y cuando entré sentí que nos acoplábamos a la perfección. Contraje mis nalgas hasta el fondo. Rozábamos nuestras pelvis fuertemente, con un ritmo regular pero sin grandes embestidas, friccionando con intensidad. Cambié el ritmo varias veces, imprevisiblemente. Luego, nos quedamos quietos, acoplados, mirándonos fijamente. Recuperé la cadencia. Ella gimió.

De repente, sonaron pasos en las escaleras, y caímos a plomo en el suelo, detrás del billar. Era una cliente que bajaba a secarse al baño. Nos reímos, cómplices, y nos miramos algo avergonzados mientras nos vestíamos. Subimos arriba. Intenté articular cuatro palabras para generar empatía, pero no hablábamos el mismo idioma, literalmente. Ella me besó, se puso la gabardina, hizo un amago de pagar que yo frené, me besó y pude oler su perfume otra vez. Luego se marchó, sin girarse. Maldije mi suerte en varios idiomas aún no inventados.

Esta mañana me he matriculado en un curso de inglés en mil palabras. Al menos, eso espero acabarlo.

Click aquí para cancelar la respuesta.