Una catastrófica sesión de sado

A ver, el plan inicial no parecía peligroso. Una sesión sado con mi marido, como acostumbramos una vez al mes. Al estilo de las Sombras del Grey ese, pero al revés, es decir: el que ponía el culo era él y yo me dedicaba a tenerlo a mi merced. Durante años la pasión de nuestro matrimonio se había apagado pero, en el último año, yo había curioseado en el tema y poco a poco le fui sumergiendo, así que la cosa se había ido poniendo interesante.

No piense que ser ama es sencillo. Hay que llevar a cabo muchos preparativos. De hecho aquel día, tras una jornada miserable en la agencia de publicidad en el que tuve que poner firmes a dos de mis subordinados por no cumplir las directrices en un spot —lo que había conllevado el consiguiente roce con el cliente—llegué a casa con la cabeza como un bombo y malditas las ganas que tenía de sacar el ajuar. Pero hice de tripas corazón y me puse manos a la obra. Encendí veinte velas y dejé que la cera fuera acumulándose en las bases de las mechas, para que cuando llegara el momento oportuno pudiera derramar gran cantidad del espeso líquido sobre su piel estremecida. Expandí el látigo de siete colas sobre el diván y coloqué a su lado la fusta de equitación, saqué las cuerdas para maniatarle, la mordaza y el collar.

Whip

Cuando entró por la puerta, le di una voz, que él no se esperaba, y le puse a mis pies. Le obligué a lamerme los tacones de mis zapatos, unos puralópez con plataforma espectaculares. Le coloqué el collar, le até la correa, y le paseé por el salón. Pocas veces puede estar una en casa a su aire y sin los niños mareando. Ya en la alcoba, le até boca abajo sobre el diván y empecé a sacudirle con la fusta. Al principio tanteando, luego con mayor rigor. Se me erizaba la piel al escucharle contar los golpes e implorar que me detuviera.

Pero mi error fue tratar de manejar el látigo sin haber practicado antes. Era la primera vez, lo había comprado en una tienda de equitación y me dio corte preguntar cómo se maneja una cosa así. Justo al tercer golpe, cuando lanzaba el látigo hacia atrás para coger impulso, golpeé las velas que estaban en la repisa junto a las cortinas.

Con la excitación del momento no me di cuenta hasta que, al cabo de dos minutos, comencé a oler a chamusquina. De repente, en cuestión de segundos las cortinas estaban ardiendo. No supe qué hacer. Intenté reanimar a Paco, pero estaba algo mareado y, para cuando quiso desatarse él mismo, los nervios le impidieron maniobrar. Yo tampoco podía deshacer los nudos fácilmente. ¡Yo qué sé, no soy marinera y los había hecho a ojo! Se me fue la mano con la excitación, y ahora no había manera humana de deshacer aquella madeja.

Iba a salir a la escalera a por el extintor, pero él me gritó:
—¡No me dejes solo aquí, joder!
Y, claro, le tiré al suelo y empecé a darle patadas para hacerle rodar. Él serpenteaba patéticamente boca abajo por el pasillo.

Salí a la puerta y grité:
—¡Socorro! ¡Fuego!

Pero cuando el vecino del bungaló de al lado quiso entrar a ayudarme se encontró con mi marido en el suelo del rellano, atado. Se quedó patidifuso. Había dos opciones: entrar en la habitación a tratar de frenar el fuego o desatarle. Decidió lo segundo, sin éxito. El fuego estaba incontrolado, yo agarré el extintor de fuera, pero no había forma de aclararme con la argolla.

Decidimos salir los tres cagando leches, y mientras el vecino empujaba a mi marido maniatado en el maletero, yo llamaba al teléfono de emergencias. El motor del coche no arrancaba y para cuando pudimos subir por la rampa del garaje, el bungaló estaba en llamas. Bueno, el mío y el del vecino.

En ese momento nos detuvo usted, agente. Ya sé que mi marido les habrá dicho que el vecino y yo estábamos liados, y que queríamos deshacernos de su cadáver en el río, pero en ese caso habría sido mejor dejarle morir en el incendio, junto a esa que él ha dicho que era su amante, la que dice que había dentro del armario, ¿no cree?

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