Tres son multitud

En los noventa, la dueña del videoclub de mi barrio, de nombre Maribel, me la ponía como un toro. Me sacaba diez años y le encantaba charlar conmigo de porno y valorar los títulos que me iba llevando. A veces, me aconsejaba. Solía ser en tardes lluviosas de poca clientela, cuando yo atravesaba con mi cara de ganador las puertas de salón de Far West que separaban la zona noble de pelis de acción de la sicalíptica. Entonces, mientras contemplaba los títulos disponibles, la oía entrar a mi espalda y, en el silencio de aquel espacio con olor a ambientador barato, me sugería algún título que le había molado a ella.

Casi siempre la temática era sobre tríos de un chico y dos chicas.  A mí, claro, se me ponía como el palo de la bandera. Cuando llegaba el momento del visionado en casa, la suerte estaba echada en menos que cantaba un gallo, porque llegaba ya como una moto de la calle.

Low section of woman with two men in bed

Un día, hace un par de años, me encontré a Maribel en un pub, en otra ciudad. Habían pasado veinte años, así que me costó reconocerla. Fue su risa la que la delató. La misma carcajada que lanzaba cuando me veía seleccionar un título que a ella le parecía flojo. Estaba sentada en un sofá, en un local chill out, y charlaba con una amiga que estaba más buena. Los años habían traicionado a Maribel. Estaba más cascada, y había ensanchado.

Yo, claro, tengo ahora menos pelo y cara de perdedor, así que no supo reconocerme cuando me dirigí a ella por su nombre. Le costó esbozar la sonrisa, creo que no me tenía ubicado. Me presentó a su amiga, y vi que estaban solas. Me despedí de mi acompañante, un colega aburrido con prisa por levantarse a trabajar al día siguiente, y me quedé charlando. Al principio de nada, luego de la vida, de los hijos, de pensiones alimenticias, de trabajos provisionales. Pronto encontramos un espacio común de charla trivial y seguimos bebiendo.

Me vi sentado entre las dos

Sin saber cómo, me vi sentado en el sofá entre las dos. Poco a poco las manos se fueron rozando, las bocas se acercaban para podernos escuchar entre el jaleo y la música a todo trapo. En una de estas, besé a Maribel. Sonrió, se giró, miró cómplice a su amiga, que se llamaba Patricia, y esta me besó. Como éramos el centro de atención de las miradas indiscretas y yo la envidia del lugar, decidimos ir a tomarnos la última a casa de Patricia. La mía era un apartamento minúsculo, y Maribel dejó claro que en su casa había niño.

La copa en casa de Patricia no llegó a servirse. En el sofá del comedor nos empezamos a enrollar los tres, las manos tocaban los cuerpos y entre ellas había complicidad. ¡Estaba a punto de hacer realidad la fantasía magna del españolito medio! Estaba como una moto, el gatillazo era impensable, mi cabeza se movía ya entre cuatro pechos, y de allí, a trompicones y con risas, nos desplazamos al catre. Me puse un preservativo y me afané sobre Maribel, que era al fin y al cabo un recuerdo fetiche. Su amiga supo adoptar el rol de comparsa y esperar, mientras nos acariciaba a los dos. Maribel se tumbó y yo la penetré, clavando mi mirada en sus pupilas. Perdí de vista a Patricia, que comenzó a acariciarse al lado de nuestros cuerpos, oliendo nuestras pieles, para incrementar su excitación.

Patricia me susurró que ella también quería que la penetrara, pero como yo una persona muy prudente y un tanto aprensivo, le dije que tenía que ir al cuarto de baño a cambiarme el preservativo. Aproveché para mirarme al espejo y darme ánimos. Me lavé los bajos e hice un pis. Pensé que esta parte nunca sale en las pelis porno.

Intenté en vano sumarme a la fiesta

Tardé cinco o seis minutos y claro, cuando salí, estaban ellas enrollándose. Me coloqué a su lado, intentando sumarme a la fiesta, pero no había hueco. No sabía a cuál de las dos tocar, besarlas era imposible y de repente estaba fuera de juego. Cuando Patricia decidió lamer el vientre de Maribel, intenté que ésta a su vez me hiciera una mamada. El caso es que comenzó pero, embriagada por su propio goce, decidió concentrarse en el epicentro de su placer a la vez que acariciaba la cabeza de su amiga. Intenté acercarme a Patricia, tumbada boca abajo, pero estaba tan concentrada que no había manera encontrar el acomodo a otra pieza en aquel Tetris.

Decidí quitarme el preservativo para masturbarme, y claro, aunque acariciaba y besaba ocasionalmente, con la excitación del asunto me corrí en un plis. Ellas se miraron, se rieron y siguieron a lo suyo. Como llevábamos cuatro cubatas, me quedé traspuesto. Me despertó Maribel, para decirme que nos teníamos que ir, que ella llegaba tarde a casa y Patricia deseaba dormir sola.

De camino a casa, pensaba que el hombre es idólatra por naturaleza. Si con una no das abasto, imagínate con dos. Por supuesto, a mi colega le conté que había sido glorioso. Cualquiera reconoce el naufragio.

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