Tinder va de consumir... cuerpos

Entré en Tinder con la intención de echar un vistazo. Oculté mi belleza latina tras las gafas de sol. Ya venía oculta de serie tras la barba, que la puse de moda yo, da igual lo que digan las revistas. Me sentía con la misma cara de paleto durante los últimos treinta años, así que un día customicé la barba de vago veraniego y regresé a la vida mundana con nuevo look. Sólo puse en mi perfil una fotografía mía, acertadamente sometida a un filtro chic. Y empecé a darle al botón.

¡Qué maravilla, qué sensación de poder! “Esta sí, esta no”. Como una margarita deshojada por Chimo Bayo. Caras de chicas de todo tipo en mi franja de edad favorita, que es la mía, las cuarentonas. Una aplicación con tanta adicción como el anillo de Frodo. Al principio, el lado oscuro te lleva a descartar a alguna que te parece monísima sólo porque sabes que detrás de ella viene otra, ¡y otra, y otra! Y a veces incluso a darle al Like a una que no te gusta. ¿Por qué? Vaya usted a saber.

A este pasacalles de caras desconocidas dediqué interminables horas, como don Quijote, pasando las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio. Se me abrían chats con las que había coincidencia de botón verde, y la dopamina corría por mis venas. Quedé con varias a tomar café y me permití el lujo de decir que no. ¡Decir que no! ¡Yo, que en los noventa le entraba a la columna del pub porque se llamaba “pilar”!

Pero un día quedé con ella. Cruzamos nuestros likes, con la magia de los ceros y los unos. Era argentina, porque me escribió un “vos” en la pantalla a la tercera frase. Quedamos a tomar unos vinos. Era dulce y delicada, cual una Audrey Hepburn de la Pampa.  Nos pusimos al día sobre el curro, los niños, los divorcios, los hobbies, las experiencias vitales.

intimate young couple during

Yo había vivido en Argentina un año, me la conocía de cabo a rabo. Ella, sólo el rabo del cabo, porque vivía en España desde hacía mucho. La conversación fue ganando enteros y reduciendo espacios, y en menos de un pimiento estábamos besándonos. Me hice la pregunta de si eso lo haría ella con todas las demás citas. Pero pensé que a lo mejor ella se estaba haciendo la misma pregunta.

A las dos de la mañana estábamos en su casa. Nos desnudamos compulsivamente mientras nos besábamos con torpeza. Como era invierno, sentí el alivio de su piel templada sobre la mía y nos quedamos abrazados. Enseguida noté la dureza de sus pezones contra mi pecho. Sus tetas eran pequeñas pero tenían mucha personalidad. Hundí lentamente mi cabeza en su regazo, atendiendo a cada centímetro de su piel, y comencé a lamerla con delicadeza y precisión. Poco a poco ella fue acoplándose en el sofá y moviendo sus ingles al compás de sus sensaciones, lo que facilitó mi trabajo enormemente. Mis manos escalaban por su tronco y se posaron en sus pechos. Los así firmemente, pero sin excesos. Me susurró que le apretara los pezones, y eso hice.

Era evidente que eran los protagonistas. Ascendí hasta ellos. Eran tan firmes que me esmeré en morderlos, rozarlos con mis dientes, notando cómo se ponían aún más duros y les cambiaba hasta el color. Al hacerlo, apretó su vientre contra mi entrepierna y aceleró el compás de sus caderas. Estaba totalmente ida y susurraba en su particular acento expresiones ininteligibles para mí. Me insultaba como se insulta en las películas argentinas, con “boludo”, “pelotudo” y cosas así. Me hizo gracia, pero no me sentí igual de provocado que si fuera de Alcalá de Henares. Finalmente, con el roce alcanzó un placer más elevado. Aflojó las caderas y se estremeció La besé delicadamente. Luego hicimos el amor, pero fue más bien algo monocorde, descoordinado, típico de un primer encuentro. Algo me decía que ella ya no iba a alcanzar el éxtasis. Sin embargo, era tan hermosa de cara y su piel tan delicada y con un olor particular tan dulce que no me costó alcanzarlo a mí. Luego, fui al baño y me di una ducha mientras ella se quedaba hecha un ovillo en la cama.

Cuando salí, estaba dormida. Le di un beso en la frente y me susurró que me podía quedar a dormir, si quería. No me pareció oportuno. Le dije que la llamaría. Al cabo de una semana lo hice. No me contestó. Insistí en vano un par de veces. Me quedé algo despagado, pero tampoco me sorprendió demasiado. Otro par de veces coincidimos en el chat de la aplicación y nos saludamos alegremente, disimulando la intención de una próxima cita. Pero ambos sabíamos que no se iba a dar. Ella había sido mi primer encuentro fructífero, pero ya estábamos lanzando nuevos anzuelos en el ciber-océano. De eso va esto. De consumir. De empezar un escarceo con una persona que te gusta y abandonar el asunto antes de poder descubrirla. De cruzarte con alguien y, antes de sumergirte en las páginas de su libro, quedarte sólo en la sinopsis. Y así, nunca se llega a disfrutar del placer de leer.

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