Términos vintage para referirse a la parienta (o al pariente)

Ay, los idiomas y la riqueza lingüística, qué sería de los que amamos las palabras sin la variedad que nos da el lenguaje. Y sin dudarlo que el español la tiene: adoro las palabras que casi no se utilizan (truhán, facineroso, adoquín como insulto, por ejemplo) y suelo intercambiar con otros periodistas estos términos en nuestros momentos de ocio.

Como no podía ser de otra manera, también hay términos en desuso, que hemos enviado al baúl de los recuerdos, vintage, para referirse al cónyuge, amante o, incluso, polvo esporádico. Digamos pariente y parienta por adecuarnos a este artículo. Y hay mucho más que el extendido (y repelente) “cari”, o el “chacho” que mi madre utiliza para referirse a mi padre (él responde como “chacha”, quiero pensar que como diminutivos de muchacho y muchacha, respectivamente).

Buceando en un mar de palabras hemos encontrado más apelativos para referirnos a las féminas que a los hombres: mayor número y también, con más miga, quizás porque lo del piropo, (y no vamos a meternos en jardines sobre si es correcto o no soltar estas palabras en la calle a desconocidos), es un “arte” que han desarrollado más ellos a lo largo de la historia.

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Para ellas: los hay con referencia clara al aspecto físico, como lozana, gordi (altamente desaconsejable salvo que quieras que la noche acabe en bronca), jaca (se dice mucho en Extremadura), su derivación jaquetona y el grandioso jamelga. Luego están los relacionados con el mundo animal como gatita, periquita, pichona (mi amigo Javier añade el resto de la frase: “Pichona, ven pa’ca que es la hora de tu alpiste”); mona y el glorioso jabata.

Para terminar, están los que entran a formar parte del cajón de sastre: chati (castizo); nena (muy ochentero, al igual que chorba y churri), bombón (con esa frase de “los bombones al sol no, que se derriten”), monumento, cuqui, pimpollo y miamol (muy de Latinoamérica). Pero sin duda estaréis de acuerdo conmigo en que la palabra que borda este cóctel es una que toda mujer que se precie (y no eres mujer si nunca te la han dicho por la calle) ha escuchado alguna vez en su vida: chocho, o si estás en Andalucía, pronunciado “shosho”. No, no ha habido ni habrá una palabra más reduccionista que esta, por decir algo suave.

Para ellos: nuestros chicos también necesitan palabras dulces. Las hay ochenteras como titi (según el diccionario, mono pequeño y peludo), tronco o quesito. A los altos se les puede llamar buen mozo o bigardo; a los jovencitos, yogurines; y los que te dejan sin habla nada más verlos se merecen un buenorro, macizo, machote e incluso, requesón. Del otro lado del Atlántico llegan chanchito y mirey (pronunciado como si fuesen dos erres). Y por supuesto, si el mozo es bueno en la cama (y con permiso de Varoufakis, modelo de empotrador por excelencia), se le podrá llamar, sin atisbo de vergüenza, mi tigre.

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