"Squirting": ¿si no lo practicas es que no sabes correrte?

Adela me llamó al móvil. Nada más empezar a hablar, me generó cierta inquietud; estaba sobreexcitada intentando relatarme algo de manera confusa y atropellada. Tardo un momento en distinguir si su estado viene producido por una buena o una mala noticia que en cualquier caso la aturde. En cuanto consigo tranquilizarla un poco, descubro el motivo de su excitación y su asombro, ha mantenido relaciones sexuales con un chico hace apenas unas horas y, por primera vez en su vida, junto a su orgasmo, se ha producido una escandalosa eyección de un líquido incoloro, insípido y sin un olor remarcable.

Como si fuera una chiquilla, me pregunta qué es, de dónde viene, para qué sirve, si yo he experimentado en alguna ocasión esa situación, si es recomendable que se produzca…Adela es una amiga que tiene cuarenta y nueve primaveras, promiscua en sus relaciones y en prácticas eróticas y, además, lleva más de diecisiete años trabajando como terapeuta sexóloga. Y es una buena profesional, instruida y de miras abiertas.

¿Por qué en el siglo XXI seguimos sin saber nada de la respuesta sexual femenina y la mecánica de su goce?

Cuando yo empecé a estudiar con profundidad la respuesta sexual femenina hace unas dos décadas, las mujeres no eyectábamos ningún líquido en la fase del orgasmo. Esa era la posición oficial y esa era mi experiencia y la de todas y cada una de mis amigas (algunas de ellas avezadas trabajadoras sexuales). Tampoco nada en el porno desde su más poderosa eclosión de los años 70 parecía indicar que eso se produjera y los especialistas en anatomía femenina no respaldaban ese hecho… Sin embargo, muy de vez en cuando, me llegaba algún testimonio lejano similar al de mi amiga Adela de que, una chica, amante de un amigo de una amiga lejana, había dejado perdida de líquido la tapicería de algún coche al alcanzar el clímax.

Eran, como digo, testimonios enormemente esporádicos comparables a los que soportan leyendas como la del monstruo del Lago Ness o las de Yeti a las que no prestábamos, no podíamos prestar, ninguna importancia y que solíamos solucionar con un lacónico “se habrá orinado”. Unos años después, la industria del espectáculo pornográfico incorporó, como los trapecistas en el circo o la mujer barbuda, un nuevo elemento a sus funciones: las “rain women”.

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Eran mujeres que, bien en directo o en alguna filmación, expulsaban, después de estimularse genitalmente, chorros de líquido ante el pasmo y el asombro del personal. Y pensamos que eran esos trucos propios de la industria, que en realidad bebían previamente al espectáculo un par de litros de agua y que tras simular una estimulación vaginal, simplemente se orinaban con ganas. Además, había conceptualmente cuestiones que no casaban: la estimulación era normalmente vaginal y no sobre el clítoris, lo que podía esconder un reforzamiento del modelo masculino de justificación de la penetración, perpetuando la erótica exclusivista del coito contra la que algunas veníamos luchando hace tiempo.

Qué sospechoso, imitar la respuesta eyaculatoria del hombre

También resultaba sospechoso que ahora las mujeres “imitáramos” la respuesta eyaculatoria del varón (multiplicada en cantidad por mil, eso sí). Sin embargo, los testimonios y la recuperación de fuentes anteriores que apoyaban este hecho (de los antiguos griegos a Gräfenberg) iban en un aumento exponencial. Y cuando no es que se vea al Yeti de vez en cuando allá por algún rincón de los Cárpatos sino que es tu primo y además lo puedes invitar a tu casa a tomar el té, hay que empezar a tomarse lo del hombre de las nieves en serio. Pero, ¿qué había pasado?

En cualquier caso, algo inquietante, o bien las mujeres habíamos empezado a mutar por efecto de algún cosmético, o bien quedaba en evidencia que, si bien éramos ya capaces de clonar un ser vivo, de la sexualidad femenina y de la anatomía de su gozo no sabíamos un puñetero carajo… O lo que es peor, lo único que sabíamos era ocultarla, mantenerla en el mundo brumoso del mito, la ficción y las leyendas, extirparla del conocimiento y de la propia sexualidad biográfica de las mujeres. Así, mucho más allá de qué es eso de expulsar líquido, qué liquido es ese, de dónde viene, qué función tiene o si es saludable, la gran pregunta era, ¿cómo coño en el siglo XXI seguimos sin saber nada, absolutamente nada, sobre la respuesta sexual femenina y la mecánica de su goce?

La ocultación de la sexualidad femenina

A día de hoy, en enero de 2018, ya son variadas las respuestas y diversos los estudios (tampoco es que se hayan destinado los fondos de la OMS para su investigación) que se presentan, demasiadas veces, como taxativos e indiscutibles cuando siguen siendo meras especulaciones, sobre esa particularidad de la respuesta femenina. Que si existe una próstata femenina como vestigio embrionario que podría emitir una ligera eyaculación independientemente de cómo se alcance el orgasmo a través de las misteriosas glándulas de Skene. Aunque en ningún caso equiparable al “squirt”, que sería básicamente el resultante de aplicar una sencilla técnica de estimulación en el punto G y consistiría en emitir orina muy diluida en agua, que si no parece que haya una justificación funcional para esas emisiones acuosas (ni para la eyaculación ni para el “squirt”), que si de una forma u otra y en mayor o en menor medida, todas las mujeres tenemos o podemos tener esa reacción orgásmica pero que tampoco hay que volverse locas para intentar a toda costa experimentarla. Que si hay variaciones de sensación en la interpretación del orgasmo según se produzca éste por el método “tradicional” de estimulación del glande del clítoris o por el punto “G” (ahora prima la valoración de que ambos orgasmos son equiparables de intensidad y gratificación cuando hace un rato parecía que si no habías soltado el líquido del canal de Panamá es que no sabías lo que era correrte), etcétera, etcétera.

Intentos bienintencionados y voluntariosos que buscan colocar el conocimiento de la maquinaria de gozo femenino al menos entre el siglo XII y el XIII, pero que, a mi entender, dejan sin resolver, sin reivindicar y sin indignar lo suficiente esa demostración palpable, mutiladora, represiva y atroz de la eficacia en la ocultación de la sexualidad femenina y la poca importancia que, para la humanidad, ha tenido el saber qué, cómo y por qué siente una mujer. Ahora, eso sí, con el descubrir qué color de bragas se va a llevar la próxima temporada o con saciar la curiosidad sobre si la famosa Manolita se ha aumentado las tetas, con esos conocimientos sí que no hemos corrido de gusto.

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