¿Sirven para algo las escuelas de seducción?

Kirkegaard sabía lo que significaba “seducir”. Y no lo sabía porque él fuera un seductor nato o adoptara las maneras de un playboy decimonónico sino porque fue un hombre que se detuvo a pensar en lo que pudiera ser eso de seducir. Johannes, el protagonista de su novela “Diario de un seductor” que es, en realidad, una crítica feroz contra el individuo “estético”, fijado en la pura apariencia, atrapado en la inmediatez de gozo y sin más guía que la prontitud de sus infantiles deseos, seduce a la ingenua Cordelia de forma que esta se enamore locamente de él y cuando la chiquilla ya ha caído presa de sus encantos, la vuelve a seducir… esta vez para que se “desenamore” de él. Potente, ¿no?

Y es que eso es seducir; sacar de sí, llevar por otro camino al que ya tiene uno tomado, guiarlo por el lugar que ni ha elegido ni le interesa pero se ajusta a las conveniencias del seductor. “Seducere”, del latín, en el que “se” actúa como prefijo separativo y “ducere” (conducir, guiar) como acción. Más o menos lo que hace uno de los mayores perversos de la historia de la tragedia, Ricardo III, jorobado y contrahecho, cuando después de haber asesinado al marido de Lady Anne, que sabe de la culpabilidad de Ricardo III en el asesinato,  la seduce en el mismísimo entierro de su difunto y querido esposo. Shakespeare; otro que también sabía lo que significaba seducir. Y es que esto del seducir no es cosa de niños (por más que los niños sean grandes aspirantes a seductores… todo el día reclamando el pecho…)

La necesidad de tener un experto para todo… incluso en seducción

Hubo un tiempo en el que un individuo aprendía por él mismo a lo largo de su vida a hacer cosas (desde atarse los zapatos a sobrellevar dignamente su existencia). Hoy en día, vivimos tiempos en los que parece que nos hace falta algún experto, consejero, asesor, entrenador (o todos juntos) hasta para comprarnos las bragas, así que no es de extrañar que proliferen las “escuelas de seducción” con sus “masterclass”, sus teorías “científicas” y sus “infalibles” métodos de probada eficacia ¡Qué lástima que Kirkegaard y Shakespeare se las perdieran o que Sartre, que no dejó títere femenino sin cabeza, no hubiera aparcado aquello tan farragoso del existencialismo para dedicarse a esto del máster en seducción!

Couple silhouette holding hands watching a sunrise

Pero claro, el problema es que ellos no pertenecían a nuestro tiempo en el que, con una facilidad asombrosa, cosificamos al ser humano y lo convertimos en una mera mercancía para nuestros propósitos y hacemos, o pretendemos hacer de la seducción un manual de cómo vender coches para el propietario norteamericano de un concesionario de vehículos de segunda mano. Tampoco entra entre las asignaturas de tan preciados estudios el ¿por qué?; ¿por qué quiere Vd. encamarse con todo lo que se le cruce?, ¿qué le pasa a Vd. por la cabeza como para tener que ponerse en valor por el número de personas que le bailen el agua?, ¿qué está ocultándose a sí mismo?, ¿tan vacío se siente?…

Y es que ya sabemos que los manuales y las utilidades no se llevan muy bien ni con la reflexión ni con el sentido crítico.  Y es que eso de tener un “método” único y estandarizado para gestionar a cualquier ser humano implica de partida varias cuestiones:

Estandarizar al ser humano

La primera es dar por supuesto que, visto un ser humano, vistos todos; aquello de tan sofisticado razonamiento y profundidad cognitiva de “todas las tías son iguales” (aplicable también el exquisito argumento a los tíos), pues si se detuvieran un momento, entre seducción y seducción, en analizar las infinitas diversidades que componen los poliédricos e irrepetibles procesos de subjetivación de cada uno de los individuos que conforman eso de la humanidad, verían que lo que le gusta que le digan a Antonia no le gusta a Ingrid y que lo que desea Hafid no es lo mismo que lo que desea Paco. Al final, y en el pecado va la penitencia, lo único estandarizado, además del manual y los únicos humanos que se acaban pareciendo son los que siguen el manual, pues seguir un manual estandariza a quien lo sigue… Y eso de ser y actuar de manera estándar es lo menos “seductor” del mundo (la sensación del “eso se lo dirás a todas” es el gatillazo por excelencia de un prototipo mal acabado de seductor).

Happy loving fingers holding red heart

Confundir seducir con ligar

La segunda es el confundir seducir con ligar. Si mezclas en un bol un huevo con aceite y lo sabes agitar te sale una mayonesa, la ligas. Si pones en Tinder a un chico o a una chica y pones a otro chico o a otra chica, ni chico ni chica se seducen, en todo caso, ligan, pues ninguno de los dos se aparta del camino de lo pretendido al apuntarse en Tinder. Y para ligar una mayonesa tampoco es que hagan falta muchas alforjas ni muchas escuelas de cocina.

El verdadero seductor: el sistema neoliberal que nos vende pamplinas

La tercera, y esta es quizá la más significativa, es que el verdadero seductor de nuestros tiempos es el capitalismo, que crea patrañas como ésta y además nos las cuela. Así, el marco ideológico, tan pendiente de nuestro rendimiento y nuestro gozo, se corre con que todos consumamos “aprendizajes” comerciales para convencer a los demás en nuestro provecho. Yo, por ejemplo, puse en cuestión en dos libros lo que implica y la viabilidad de que exista algo así como un método de seducción y las editoriales colocaron los irónicos títulos de: “Manual de seducción amatoria para mujeres” y “El método Valérie”… Lo que el mercado ha unido que no lo disuelva el discurso.

Escuelas de seducción o cómo sacar dinero a personas con dificultad para relacionarse con los demás

Sé, porque lo suelo encontrar con frecuencia en consulta, que hay personas que tienen una enorme dificultad para relacionarse eróticamente con los demás. La “apertura erótica” se suele producir de manera fluida en los procesos de socialización de cualquier individuo, pero hay algunas personas que, por diversos y complejos motivos biográficos o de personalidad, se atascan en ese aprendizaje de la relación con el otro. Pero una cosa son estos casos, tratables en consultas con muy buenos resultados en general y otra, querer convertirse en una pobre copia de Casanova y creer que existe una “píldora” para ello. A estos y como primera lección gratuita les haría analizar y explicarme la gracia del chiste aquel de Eugenio de uno que entraba en una librería y le preguntaba al librero: “¿Tiene Vd. el libro “Cómo ganar amigos”, calvo de mierda?”.

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