Siete consejos para ligar en la playa

La playa. El lugar del mundo en el que uno tiene más ganas que nunca de ligar entre tanto tanguita color flúor y fardapollas XXS. Y también el lugar del mundo, en líneas generales, en el que el ciudadano medio, ese que no le hace ascos a una birra y unas bravas, suele tener menos confianza en sus posibilidades.

Así pues, si presumes de un cuerpazo escultural currado a base de horas de gimnasio y claras de huevo, luces un bronceado impoluto y una depilación perfecta, si eres de los que al salir del agua no tienen que recolocar partes de su cuerpo en el interior del bañador, olvida las siguientes líneas. Si quieres ligar en la playa sólo tendrás que pasear palmito en la arena y esperar pacientemente el revoloteo nervioso de tus presas.

Pero si eres de los otros, de los del michelín indisimulable, los que saben que para tapar un defecto tienen irremediablemente que mostrar otro, tal vez te interesen estos consejos sobre cómo salir airoso de la afrenta de echarte un ligue playero.

Coloca estratégicamente tu toalla. El primer error que cometemos en la playa es colocarnos fatal, y esa decisión errónea va a condicionar de forma determinante el transcurso de la jornada. No se trata de colocarse justo al lado de la persona –o grupete– que nos interese y pasar en el acto al manido eye contact. Craso error. Hay que situarse precisamente al lado de un grupo de personas del mismo sexo que ESTÉN INFINITAMENTE PEOR QUE NOSOTROS –hablamos del físico, claro–, decisión que debemos tomar tras un vistazo rápido y una valoración lo más objetiva posible.

Y es que el mundo del ligoteo es una jungla, y en este lugar de apariencias que es la Europa occidental el atractivo propio se mide, por desgracia, en contraste con el ajeno. Por tanto, tu barriguita cervecera parecerá mucho menos inmensa y algunas partes de tu cuerpo algo menos desparramadas si las colocas al lado de alguien que luce, a sus treintaytantos, un cuerpecillo orondo y blanquecino similar al de un bebé, repleto de simpáticos pliegues en lugares impensables para una persona adulta. Grábate a fuego el consuelo de los tontos: siempre hay alguien que está peor. Y tú, querido, si lo que quieres es ligar en la playa, vas a poner tu toalla bien cerquita.

Beautiful couple taking a selfie of themselves on a beach

No ataques directamente. Si vas muy a saco y resulta que no luces six-pack ni curvas esculturales lo único que vas a conseguir es un no rotundo desde el principio sin permitirte mediar palabra. Recuerda: estás en la playa, con todo a la vista, en algún momento de tu vida alguien te hizo creer que no era necesario depilarse los pelos de la espalda y ahora pretendes camelarte a un pibón. Tu baza va a ser tu cerebro, tu charm, tu magnetismo, llámalo como quieras. Pero para poder desplegarlo vas a tener que lograr que tu víctima te dé unos segundos para, al menos, lanzar el primer dardo.

Por lo tanto, conviene que evites las entradas triunfales al más puro estilo chuloplaya y utilices tus principales armas de seducción: inteligencia, rigor y precisión. Tira la pelota sin querer, ponte con las palas cerca y aprovecha un lanzamiento desviado, deja que se te vuele algún objeto o incluso, pero esto último hay que hacerlo muy bien y sólo funciona si eres muy jefe en la materia, tropieza estudiadamente cerca. Será tu momento y tendrás que aprovecharlo, para lo que no estaría mal que te preparases también alguna broma potente para dejarla caer como si nada.

Aprovecha todas las posibilidades de la ducha. La ducha forma parte del campo de batalla y generalmente la relegamos a un injusto segundo plano a la hora de ligar en la playa. Y es que está claro que el momento ducha puede ser extremadamente sensual si sabes sacarle partido y poner en práctica tu repertorio de gestos sexys. Nada de dar rienda suelta al Neanderthal que habita en tu interior para retirarte la arena de tus partes mientras intentas que no se te vea nada. Mucho cuidado a la hora de eliminar esos mocos viscosetes que caen en cantidades industriales en el momento más inoportuno. Sí a los autotoqueteos sexys, a las miradas cargadas de intención, a los ojos cerrados, a actuar como si esos ocho niños empeñados en llenar de agua un Croc no estuviesen chillando a tu lado.

Saca partido a tus puntos fuertes, aunque el cuerpo no sea uno de ellos. ¿Tocas la guitarra y casualmente te encuentras en Caños de Meca? ¿Cantas de muerte y resulta que andas por Ibiza? ¿Haces unas posturas de yoga que tiembla la perra? Juégatela y saca tu arma, aún a riesgo de que alguien te llame la atención por molestar (en este caso, discúlpate de forma arrebatadoramente encantadora, y, si el que te ha llamado la atención es un miembro de la tercera edad, hazle una bromita cachonda, métetelo en el bolsillo y muestra al mundo tu don de gentes). El tema sombrero e instrumento musical suele funcionar muy bien en playas y piscinas, siempre que no te encuentres en Marina d’Or junto a una panda de jubilados daneses.

Cuida tu aspecto. Pelambreras descontroladas, bañadores zarrapastrosos y depilaciones lamentables van a impedirte cumplir tu propósito. No pasa nada por sacar un peine y comprobar periódicamente que no eres un clon de Jim Jarmusch, por colocarte correctamente bañador o bikini y asegurar que todo sigue en su sitio o intentar no tomar el sol apoyando la cabeza encima de una de tus chanclas.

Cuidado con lo que enseñas y también con lo que ocultas. Probablemente en este enigmático enunciado se halla la madre del cordero de ligar en la playa. Y es que el traje de baño lo muestra todo, y al fin lo que realmente importa no es si existe un centímetro de más por aquí, un pliegue que no toca por allá, una piel de naranja, unas cartucheras o unos pelazos negros y salvajes donde se supone que no deberían estar. Lo que verdaderamente cuenta, lo que de verdad acaba resultando sexy a cualquier persona que no tenga un zapato por cerebro, es, sin duda, la relación que tú tienes con ellos aunque no se correspondan con los cánones ortodoxos de belleza. No te ocultes, pues, ni te tapes, ni mucho menos te avergüences. No te pases la mañana con la mano en la barriga o intentando que nadie vea esa verruga peluda junto al ombligo. No camines de espaldas al agua tratando de ocultar al mundo un culo que, como el de la mayoría de la humanidad, no tiene nada que ver con el de Jennifer López.

Aprende a perder. Puede que salgas airoso, puede que los astros se alíen a tu favor, pero por si acaso hay algo que conviene que no olvides jamás, por mucho que te vengas arriba si te dan resultado los consejos anteriores: en cualquier momento puede aparecer un cachas o una buenorra y arruinar de un plumazo, sin esfuerzo alguno, todas esas horas picando piedra bajo el sol abrasador de una playa alicantina. ¿Quién era el que dijo que lo importante es participar?

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