Sexo y sudor en La Habana

El turista solitario camina bajo el sol, que cae a plomo sobre la ciudad de La Habana. Es mediodía y la humedad aprieta, así que la única opción es hidratarse bien pero al turista se le ha acabado el agua. El olor a gasolina de los coches viejos se mezcla espesamente con el de las cocinas de las casas, que tienen las puertas abiertas de par en par. El turista tiene la camisa empapada, está muerto de sed, debería regresar a su apartamento, pero no puede dejar de sacar fotos con su cámara digital. La cámara es indiscreta y recoge sin disimulo a los habaneros que se afanan en sus quehaceres diarios. Obreros en la restauración de algún edificio en ruinas. Gente alrededor de un tenderete callejero con fruta llena de moscas. Niños jugando descalzos al fútbol. Una anciana sentada en un bordillo. De repente, una puta en una esquina. Parece estar esperando a alguien. A lo mejor, ni siquiera es puta. En cambio, sentada en una mecedora en el portal, mientras da de comer una papilla a su hija pequeña, una mujer con mirada seductora:
—¿Ande vas, guapo? Vente p’acá…

El turista ha abandonado Habana Vieja y está metido de lleno en Centro Habana, y de repente no hay garitos para guiris, ni tan siquiera guiris. El turista ha doblado una esquina y se encuentra en un callejón largo y solitario. No hay buicks, ni fords, ni chevrolets. Sólo un carromato abandonado, en medio del camino. Los edificios en ruinas parecen contar la historia de un bombardeo que nunca se produjo. De repente, de un portal aparece la mulata más guapa del mundo. Su rostro anguloso parece esculpido con cincel. Del vestido se salen las carnes por todos lados. Las tetas son inmensas y el culo desorbitado, maravillosamente desproporcionado. Las piernas largas acaban en unos tacones de punta.
—¿Qué tú quieles?
—En realidad, tengo sed.
—Pasa y te doy aua, mi amol.
—No sé…
—¡Ay, mi madle! ¡Pasa y te tomas un vaso! ¿Tienes sed? ¡Pos bebe!

Ella se ríe y no da opción. El turista accede a una estancia llena de trastos viejos, dejados caer unos sobre otros. Libros, cuencos con comida y, sobre todo, cientos de figuras de madera tallada acumulando polvo.
—¿Vendes esto?
— Mis helmanos tienen una tienda. Toma, refléscate, papi.
Ella le ofrece un vaso de agua turbia y se acerca peligrosamente al turista. La polla se pone en alerta, mirando al Malecón.
—¿Me la dejas?—pregunta ella. Se agacha y se introduce el glande en la garganta, y luego se la mete hasta el fondo. Los labios carnosos recorren el nabo erecto, y el turista se apoya en una columna para no caerse. Ella continua la mamada profunda y él intenta magrearla a través del vestido, pero ella es demasiado grande para él. El turista es torpe, así que ella se yergue, le agarra las manos y le lleva una a las tetas y la otra al culo.
—Cógeme bien.

couple loving each other
Se besan profundamente, la boca de ella sabe al sexo sudoroso de él. Ella le guía hasta la estancia, separada del comedor por una cortina. Le lanza a un catre destartalado y se le monta encima. Se mete la tranca en el coño, y se contonea haciendo rotar el pene. La muchacha se acalora, se quita el vestido por arriba y se queda desnuda con los tacones puestos. Las ubres inmensas se mueven desacompasadamente. El turista sigue vestido y empapado en sudor, y siente escalofríos. La chica acelera para buscar su propio placer, y ello incrementa el del turista, que se pone cachondo de verla a ella cachonda. El rostro de la mulata ha desaparecido en la cortina de su pelo, y el turista la observa, como si fuera una hechicera practicando un rito. Ella no gime: gruñe, gruñe como un animal, emite un sonido grave y profundo. El turista está excitado y asustado, oye voces en un patio interior al que da el ventanuco de la estancia, siente que hay gente mirando. Ella aumenta la presión de sus giros y de repente se ancla en su propio placer, y el turista se corre a continuación, sin esperarlo.
—Dale, vente aquí, conmigo, eso es, papi, así—susurra ella en su oído.

Cuando acaba, ella se levanta como si nada hubiera pasado, y camina desnuda por la casa. Él saca la billetera:
—¿Te pago?—La chica le mira con gesto altivo atusándose el pelo y responde:
—Nada, papi. Pero si quieres cómplame alguna figurita, tengo de todo.

A las cinco de la tarde, el turista sale del callejón transportando ridículamente la mercancía en sus brazos: dos figuras gigantes de madera tallada que representan sendos nativos siboneys, un lienzo descomunal con un cuadro a medio pintar, siete ranas de la suerte y catorce búhos de distintos tamaños. Luego, pasa por una tienda de souvenirs y cambia todo el material por un pin de nevera. De camino a casa, y antes de que se acabe la batería de la cámara, le da tiempo a sacar una última foto a una pintada en un muro que reza: “Dignidad”.

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