Sexo en público: ¿espacio púbico?

El 9 de julio pasado, una pareja heterosexual era grabada “coiteando” en un parque público en Barcelona, frente a un colegio infantil en el barrio de la Barceloneta. Posiblemente el mismo día, otra pareja era grabada en Pamplona “fornifollando”, que diría Umbral, en un tejado con vistas a los edificios circundantes. Tres días más tarde, en Nápoles, en la Plaza San Domenico, otros dos le dan, rodeados de multitud de personas, al chupeteo genital.

Lo de follar en público es una secreta aspiración de muchos de nosotros, de hecho, servidora lo ha practicado en alguna ocasión… en esa época en que la virtud flaqueaba y las tetas se mantenían erguidas. Que si un lavabo público, que si en un lavado de coche (ahí aprendí por qué al salpicadero lo llaman así), que si una playa a altas horas de la noche con la única compañía de los cangrejos (y un pulpo sueco de metro ochenta).

Pero nunca lo hice, por ejemplo, en el Congreso de los Diputados en una sesión de investidura televisada, en la cola de un cine de estreno o en la “cremá” de la Falla del Ayuntamiento de Valencia. ¿Por qué? Porque, entonces, nos atraía el riesgo de poder ser vistos, mientras que hoy exigimos ser vistos y porque, por aquel entonces, lo público seguía siendo lo público y no un teatrillo para la exposición hiperbólica del narcisismo. Y es que lo “público” y su espacio son una cosa muy seria. Tremendamente seria. Así, una cosa es saltarse un interdicto y otra anularlo (no es lo mismo vulnerar las interdicciones de lo público que anular lo público), del mismo modo que una cosa es ser uno mismo y otra liquidar lo colectivo.

Love and passion hands on spring flowers

Y en esto último creo, humildemente, que es donde arranca el asunto; en el excesivo confinamiento en el “yo mismo” al que nos somete la ideología dominante que acaba por desarticular cualquier capacidad de “enlace”, de vínculo, con aquellos “otros yo” que no soy yo. Los micro espacios privados y privativos están aniquilando el espacio público. Con lo que a una, estas imágenes y videos, precisamente por su falta de “erotismo” (de capacidad de estar en relación a los otros), le remiten, más que al porno “amateur”, a un “selfie” o un “belfie” o un “fuckfie” (término éste que me acabo de inventar pero que acabará, tiempo al tiempo, admitido por la RAE). En definitiva, a un jugar a la “pajita” más corta en los escaparates del Corte Inglés.

Hemos convertido el espacio público en púbico

El espacio público es la esfera que determina lo que es relevante para la mayoría de los ciudadanos (la “opinión pública”), es el espacio sin el cual no puede existir la política (la gestión comunitaria de la “polis”) y es un espacio que, por tanto, exige eso que los antiguos llamaban “decoro”, es decir, la capacidad para saber hacer lo oportuno en el momento oportuno. El espacio público es, además y contrariamente a lo que hoy nos pueden hacer creer, el lugar donde uno puede pasar desapercibido (tiene el derecho a pasar desapercibido) pues está entre ciudadanos que conforman civilización y respetan desde lo colectivo el principio de diferencia. Esas condiciones muestran la diferencia entre el espacio público y un zoo: en el zoo, y esto es lo que nos inquieta de esos recintos, no es que el animal esté siempre expuesto, exhibido, mostrado… es que no se puede esconder.

“Follar como un mandril” es una expresión que denota una cierta incontinencia, precipitación y premura en el arte del bello fornicio, pero, a poco que uno se asome a una ventana de su casa, enseguida la complementaría; “follar como un mandril en el zoo”…es lo que tiene deshumanizarse (y ya me perdonarán los mandriles) y convertir el común espacio público en un privativo espacio púbico.

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