Sexo en los grandes almacenes

La presbicia me asaltó de golpe, sin esperarlo, justo el día de mi cuarenta aniversario. Hasta entonces me bastaba con la lamparita de luz tenue de mi mesilla para avanzar en las páginas de mi libro nocturno. Pero mi cita con la vista cansada se produjo con puntualidad británica. La tarde del día siguiente decidí dirigirme a unos conocidos grandes almacenes dispuesto a auto-regalarme la lámpara más barata del mercado.

Traté de abstraerme del entorno minado de familias en la búsqueda desesperada de la felicidad en forma de estanterías y me centré en llegar al objetivo rápidamente. Cuando accedí al área de iluminación estaba abotargado. Llevaba a rastras una bolsa llena de utensilios cuya existencia desconocía pero que ahora sentía que necesitaba desesperadamente. Me vi rodeado de lámparas. No sabía cuál elegir. Tras unos minutos, se me ocurrió preguntar a una chica con pinta de ejecutiva que estaba a mi lado:
—¿Qué opinas?
—¿Sobre qué?
—La lámpara. ¿La azul o la negra?
—¿Para qué la quieres?
—Para leer.
—¿Y qué lees?
—Ahora, novela negra.
—Bueno, la azul—propuso. Y siguió leyendo las instrucciones de una caja.
—¿Por qué? —pregunté.
—La negra da una luz más indirecta, es más para otras cosas.

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Me la había puesto botando, así que me lancé.
—¿Para qué cosas?
—Para follar—. Me quedé mudo. Ella siguió a lo suyo y añadió—: Yo también tengo la azul.
—¿Y qué lees? —pregunté.
—Ahora mismo, las instrucciones.
Miré el entorno, estábamos solos y era casi la hora del cierre.
—Me gusta tu perfume—solté. Ella levantó la vista, soltó la caja y se acercó. Me besó intensamente. Yo estaba aturdido. Tras unos segundos nos dimos cuenta de que estábamos llamando la atención.
—Ven—dijo. Me agarró de la mano y me arrastró hasta el almacén, en el sótano. Nos escondimos detrás de una de las repisas solitarias, y nos tumbamos. Comenzamos a acariciarnos por debajo de la ropa. Topé con su sujetador, que protegía unos senos firmes y cálidos.
—¿De dónde sales? —le pregunté.
—De trabajar. Me paso la vida trabajando—dijo—Tenía que decorar mi despacho y me he venido.
—O sea, que sales poco.
—Y tú entras poco, por lo que veo—me cogió del trasero y me empujó contra su vientre.
—Nos van a ver—le dije.
—Nos vamos a quedar muy calladitos y muy quietecitos.
—¡Pero van a cerrar! —repuse, alarmado.
—¿Llegas tarde a algún sitio? — inquirió.
—La verdad es que no—respondí.
—Pues mejor aquí que en un hotel, ¿no? —y me besó de nuevo. Yo estaba desconcertado. Me sentía en desventaja, pero mi instinto decidió que era mejor dejar el ego a buen recaudo y no pugnar por llevar la iniciativa. La adrenalina ardía por mis venas como gasolina. Escuchamos el ruido de empleados caminando hacia la salida. Debieron pasar pocos minutos, pero la situación se me hizo eterna. Su perfume era embriagador. Al cabo de un rato escuchamos un portazo atronador. Quedó todo en silencio y se apagaron las luces principales.

—¡Ven! —me dijo. Caminamos de nuevo a la zona de exposición de artículos. El silencio era abrumador. Íbamos agazapados con sigilo para evitar al vigilante nocturno.
—¿Dónde vamos? —susurré.
—A buscar una cama—me respondió. Llegamos a la zona de dormitorios. Todas las estancias estaban iluminadas tenuemente, igual que si estuvieran habitadas. Reptamos por el suelo entre catres hasta que llegamos a una cama de matrimonio. Nos desnudamos apresuradamente y nos introdujimos bajo las sábanas de seda. Nos dio un ataque de risa.
—Estás loca—le dije.
—Me pones muy cachonda—me soltó.
—¿Por qué? —Pero ella no respondió, cogió mi cabeza entre sus manos y me besó ardientemente. Mis manos descendieron por su piel y llegué hasta su abdomen. Acaricié su clítoris. Sentí su calor y mi pene se irguió poderosamente. Me subí encima, sin desguarnecernos de la colcha nórdica que nos abrazaba, y comenzamos a hacer el amor con un ritmo intenso. Nuestra respiración se entrecortaba. El hecho de sentir que en cualquier momento podían descubrirnos multiplicaba la excitación y teníamos los cinco sentidos alerta. Descendí hasta sus pechos y lamí sus pezones, mientras mis manos la sujetaban de las caderas y mi entrepierna se aferraba a su vientre.

Ella aumentó el ritmo entrecortado de sus jadeos, y percibí que reclamaba un ritmo más intenso. Pasó sus brazos por detrás de mi cuello y bajó sus piernas completamente para entornar su cuerpo alrededor de mi pelvis, hasta que llegó al clímax. Seguí mi ritmo y al poco también me vacié dentro de ella. Nos quedamos abrazados unos instantes. Luego, se quedó profundamente dormida. Yo no pegué ojo. A pesar de todo, nadie nos descubrió.
A la mañana siguiente, el sonido de voces nos despertó. Nos vestimos y fuimos a refugiarnos a la cafetería de la tienda, entre café y risas, como si nada hubiera pasado. Me fui de la tienda con su teléfono, pero olvidé la lámpara.

Menos mal que ella tiene en su apartamento el flexo azul.

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