Señales que indican que un chico es bueno en la cama

De catástrofes entre sábanas está el mundo lleno. Cada domingo por la mañana miles de personas en todo el mundo explican a sus íntimos el drama de la noche anterior, a veces entre risas, otras desde la más profunda desolación. Un chasco más. Y es que el hecho de haber toreado en un buen número de plazas no significa forzosamente que hayamos aprendido la lección: seguimos yéndonos a la cama, así de buenas a primeras, con personas que no van a  cumplir debidamente su cometido. Y lo sabemos con antelación, pero no queremos verlo. Porque hacemos caso omiso de una serie de señales que nos llegan desde el principio, mucho antes de despertarnos por la mañana junto a alguien que nos repugna.

Pero, ¿qué señales son? ¿En qué tenemos que fijarnos para discernir si alguien nos va a llevar al cielo o al infierno? Para responder a este tipo de preguntas de índole existencial hemos decidido recurrir a las altas esferas en la materia, nada menos que Las Nenas, ese grupo de Whatsapp de amigas que toda mujer tiene en su móvil, siempre dispuesto a interrumpir una conversación sobre el brunch de no sé dónde para compartir su sabiduría con el mundo.

Las Nenas son el Paulo Coelho del folleteo, y son conscientes de su responsabilidad. “Está claro, tía”, me sueltan con su característico tonito perdonavidas cuando les formulo la pregunta, olvidando por un momento su espeluznante historial. Y tal como me lo contaron Las Nenas, yo lo cuento aquí, a sabiendas de que sus implacables testimonios pueden herir sensibilidades.

La sonrisa
Ojito, pero no solo la sonrisa. “Cuando un tío sonríe abiertamente enseñando los dientes y te mira a la vez sin apartar la mirada”, afirma una de Las Nenas. Ese gesto indica seguridad en uno mismo (y ni veinte millones de tabletas de chocolate resultan más sexys que eso) y picardía, dos características que indican que la gesta puede petarlo mucho. Insisten Las Nenas en que no hay que fiarse de esas personas que no enseñan los dientes cuando se ríen: son de los que correrán a taparse tras el polvo y harán todo lo posible por ocultar su cuerpo. Y eso no les gusta nada.

La comida
Ay, los restaurantes. Si sigues las férreas directrices de Las Nenas es muy probable que jamás te acuestes con nadie con quien hayas ido a cenar. Si empiezan a comer antes que tú, mal: van a pensar solo en ellos también en otros momentos clave de la noche. Si comen muy rápido, fatal: ansiosos, plastas, van a obviar los preliminares y acabar en cinco segundos. Si comen poco, terrible: no saben disfrutar de los placeres de la vida. Si beben mucho requetemal: aquello no va a haber quien lo levante. Si van al baño y vuelven rápido, horripilante: no se han lavado las manos tras mear, a ver qué pretenden hacer luego con ellas. Y si comen como cerdos, con la boca llena, poniéndolo todo perdido, es el colmo de los males, porque ser bueno en la cama requiere de dos características de las que ellos carecen: paciencia y sensibilidad.

Man working on laptop

Las manos
En este punto Las Nenas no se ponen de acuerdo. Les pasa como a la Generación del 27, los templarios o todos los colectivos formados por gente inteligente: las discrepancias no hacen sino aumentar los fuertes vínculos entre un grupo que –no obviemos los cismas– ha vivido enfrentamientos épicos a raíz de temas como la homeopatía. Que un tipo tenga unas manos bonitas, finas, de largos dedos de pianista y uñas impecables, no significa que las sepa utilizar, asegura enfurecida una facción de Las Nenas. Juzgar la habilidad de un hombre por la belleza de sus manos es una variante de juzgar a las personas por su físico y por eso nosotras, Las Nenas, no pasamos, aseguran. No obstante, ahí dejamos el dato: ojo con las manos de ceporro, luego no digáis que no os avisamos.

La nuez
De nuevo Las Nenas y las discrepancias. Nuez grande, atributos en consonancia, dicen. Otras dicen que no con argumentos incontestables como “aquel novio heavy de mi prima tenía la nuez grande y después nada”. Otras comentan que un compañero de trabajo tiene la nuez grande y que no es que ellas se hayan fijado porque, a ver, ellas en esas cosas no se fijan que ellas son unas señoras y a ellas eso les da igual, pero que tiene un paquete de miseria. Otras, sin embargo, no bajan del burro: nuez grande, grandes herramientas, lo que no significa, claro, que sepan usarlas. Pero eso sería otro tema.

El baile
En este punto vuelve a haber consenso entre Las Nenas y el sol vuelve a brillar. Si un tipo baila bien, sabe moverse y, sobre todo, LE GUSTA moverse, la partida, amigas, está ganada. Luego está el tipo de baile, claro. Un cubano salsero va a dar la talla estupendamente, pero probablemente lo suyo sea algo excesivamente rítmico y previsible, un-dos-un-dos, algo que no suele ser del agrado de Las Nenas. Ellas prefieren el suave movimiento contoneante y sensual de un barbas despeinado vibrando acompasadamente con un tema de electrónica suave y, por supuesto, totalmente desconocido. Y es que no basta con bailar bien, hay que tener en cuenta qué es lo que se baila.

La lectura
Aquí Las Nenas muestran una dureza inusitada: los intelectuales son siempre, en todos los casos, sin ninguna excepción que se recuerde (y eso es mucho decir si tenemos en cuenta sus dilatados currículums) unos amantes nefastos. Igual te hacen reír en el camino, y al final eso es lo que importa, pero si ves a alguien con un Kavafis bajo el brazo solo puedes hacer una cosa: salir pitando. A poder ser, en busca del cubano del punto anterior, que será un buen revulsivo para lo que podía haber sido una noche para el olvido (o para el recuerdo de por vida, según se mire).

En cualquier caso, Las Nenas, tras interrumpir asuntos de vida o muerte de diversa índole para poner su granito de arena en este artículo, acaban concluyendo por unanimidad que al fin todo es cuestión de química. Y que por suerte o por desgracia no podemos crearla o destruirla a nuestro antojo, y eso, precisamente, es lo que nos hace débiles. Y humanos, aseguran haciendo gala de su profunda sabiduría.

Y mientras la química no esté de nuestra parte, dicen, y se empeñe en a/ ser unilateral, b/ darse con las personas equivocadas, solo nos queda un refugio, un lugar al que huir hasta que cese la tormenta: los brazos del cubano.

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