¿Se puede vivir sin sexo en pareja?

Es recurrente ver en consulta la problemática que se plantea en parejas de largo trayecto cuando, manifestando amarse, sus interacciones sexuales comunes decaen hasta niveles iguales o próximos a la inexistencia. Es función del profesional, en estas situaciones, detectar elementos nocivos que intercedan en ese deseo compartido; saber olfatear rencores (por ejemplo, y en la mayoría de los casos, derivadas de una situación vivida o existente de “infidelidad” mal asumida, chantajes emocionales o causas derivadas de una relación de poder y no de cooperación) y detectar también las recanalizaciones del deseo (el “no tener ganas” es tener ganas de otras cosas);  el cómo van a canalizar esa energía libidinal los miembros de la pareja cuando dejan de compartirla (es común creer que indefectiblemente buscando a otro “partner” sexual pero, en realidad, suele manifestarse en parejas que se aman con cuestiones tan poco sicalípticas como comprar ropa, empezar a comer sushi, apuntarse a un gimnasio o aprender ruso).

La detección de esos elementos es fundamental para permitir  anticipar si el asunto puede derivar a mayores y acabar colapsando la pareja. Pero también es tarea del profesional determinar cuándo eso que se produce, la inapetencia sexual recíproca, es asumida por ambos miembros y por la pareja sin traumatismos y simplemente como un proceso consecuente dentro de una prolongada existencia en común.

Interactuar sexualmente es una de muchas formas de manifestar una relación erótica

Interactuar sexualmente entre los miembros de una pareja es una de las maneras en las que esa pareja manifiesta su relación erótica. Es una, pero ni es la única ni es la más determinante. En los primeros momentos de establecimiento de una relación, la interacción sexual es determinante, básicamente por dos cuestiones: la compatibilidad y la intimidad. Así, los recién conocidos buscan eliminar la “otredad”, hacer del otro, yo, en definitiva, follar a todas horas (y más que tuviera el día) porque, además del hecho hedónico (disfrutar todo lo que puedan), necesitan establecer en primer lugar niveles de compatibilidad incluso a un nivel bioquímico (por ejemplo, la trascendencia del olor del “otro”… decía Pascal Quignard, con infinito tino, que el amor es primeramente amar con locura el olor del otro).

Attractive couple in bed

Y, segundo lugar, anular al máximo sus propias intimidades, abrirlas en lo posible al otro, todo ello a fin de valorar si ese prejuicio, que es el enamoramiento, acabará siendo un juicio acertado o no. Cuando la pareja lleva ya mucha mili juntos y la han visto de todos los colores, esas dos necesidades desaparecen, ni tienen que valorar constantemente si el otro es conveniente ni tienen que entregar su intimidad a todas horas.

Es más, los miembros de la pareja necesitan, sin por ello dejar de amarse, recuperar cierta intimidad, es decir, recobrar su capacidad de “esconderse”, de tener un lugar propio, de ocultarse, de configurar un territorio donde volver a establecerse consigo mismo… y eso no significa desprecio hacia el otro sino normalidad.  Por tanto, el factor primordial que puede mantenerse en la pareja de largo recorrido para seguir interactuando sexualmente es el hedónico. Y éste es negociable pues conforma la “cultura” de pareja, del mismo modo que puede serlo la frecuencia con la que asistir al teatro o ver una serie en televisión.

¿No es determinante el amor para seguir follando?

¿Y el “factor” amor?, ¿no es ese determinante para seguir follando? Pues no. En una pareja de muchas “correrías” (en la acepción de “correrse” en la que están todos pensando), no es en absoluto determinante.  Con todo ello, estamos diciendo que no pasa absolutamente nada si en una pareja consolidada las ganas de follar decrecen, es más, incluso si decrecen hasta anularse. ¿Que se pierden algo? Seguro, como decimos, lo “hedónico”; el disfrutar juntos de una actividad que suele ser muy gozosa,  pero nada más… Algo que hoy, en nuestros días de imperativo de gozo, parece impensable (“¿te vas a perder una oportunidad de darte un placer?”) pero que, en lo sustancial, el querer o no gozar es, además de una opción, un jodido derecho.

Porque, y esto es algo que no suele caberle bien en la mollera de esa unidad llamada pareja, follar no es sinónimo de amarse. Se puede follar mucho y detestarse tanto que solo se puede tener ese vínculo erótico y se puede no follar nada y amarse hasta la médula manteniendo miles de vínculos eróticos alternativos.

Y acabamos con la pregunta del millón llevada al individuo: entonces, ¿se puede vivir sin sexo? No se puede existir sin sexo pero se puede vivir sin interactuar sexualmente. Y atención a lo que esto significa: la condición de ser sexuado es irrenunciable a un individuo humano, tanto es así que podríamos decir que es el sexo el que no podría vivir sin nosotros los humanos, pero el “ejercicio” de una de las características de ese ser sexuado, el follar, puede ser y es una opción…

Una opción a la que no suele renunciar la mayoría de los humanos, entre otras cosas porque es una herramienta gozosa para el despliegue de nuestra condición, pero no por ello capital, irrenunciable. ¿Se puede vivir sin lenguaje? No, porque sin lenguaje seríamos incapaces de comprender, crear e insertarnos en el mundo, pero sí se puede vivir sin hablar (un tiempo o mucho tiempo).

En un mundo infantilizado como el nuestro, lleno de metonimias y reducciones en el que los mapas han sustituido al territorio, conviene recordar algo más: sexo no es sinónimo de follar. Sexo es la condición humana que permite (o no) follar.

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