¿Se puede aumentar de verdad el tamaño del pene?

Lo mejor que nos puede pasar socialmente es que no adquiera notoriedad un tonto, pero cuando éste la adquiere, desgraciadamente, lo único que se consigue al insistir en lo bobo que es, es que tenga más notoriedad aún. Esta es una máxima que los que nos solemos mover en la plaza pública deberíamos aplicarnos con mayor frecuencia y que deberíamos aplicar tanto al necio célebre como al argumento estúpido entronizado. Y es una máxima que hoy voy a pasarme por el forro.

Hablar del tamaño del pene es perder el tiempo…

Hablar del tamaño del pene, de su importancia y de si se puede hacer algo por variar tan trascendental medida es, básicamente, perder el tiempo. Y lo es porque semejante estupidez está tan anclada, reforzada y tan inserta en eso que Heidegger llamaba el “das Man” (que es una forma cultísima de decir la mediocridad a la que todos nos acogemos para distraernos, emitir juicios sin fundamento y, sobre todo, no tener que pensar), que la única manera de combatir ese molino de viento no es embistiéndolo sino simplemente dejando que sus aspas se muevan solitas en espera de que un día amaine el viento. Pero, ya sabéis, el Quijote era un tipo fascinante, con lo que servidora vuelve a subirse a lomos del rocín, calarse hasta las orejas el Yelmo de Mambrino y no olvidar en el zurrón el bálsamo de Fierabrás y se dispone a cruzar algunos argumentos contra esa mole en la que algunos solo ven un molino pero que, en realidad, es un gigante cabrón que no hace más que crecer y menguarnos a todos.

Establecer “medida” es también la mejor manera de crear “disminuidos” y “anormales”

Medir las cosas puede tener una importancia capital; desde el tamaño de una próstata cuando hay indicios de una prostatitis hasta el IPC cuando un país amenaza ruina en lo económico, pero más importancia tiene el saber qué se puede medir y qué no (absurdo es intentar medir en cifras el amor o el grosor de la humanidad de un malgache con relación a un escandinavo)  Y mucha más importancia tiene aún el determinar lo que se pretende con esa medición (por ejemplo, si en el último caso, lo que se pretende con esa medida imposible es determinar la superioridad racial del escandinavo frente al malgache).

Measuring tape wrapped around a banana, isolated on a white background
Así, la medición siempre viene condicionada por el ¿para qué se mide?, por el argumento que exige en su conclusión una medición, desde determinar una hiperplasia  de próstata a justificar una superioridad racial.
En sexología, por ejemplo, Masters & Johnson se pasaron media vida midiendo penes y también el tiempo que un varón tardaba en eyacular o el número de coitos que realiza por semana, además de otras cuestiones. El fin de sus estudios con el metro no fue otro que dotar a la sexología de parámetros científicos sobre los que apoyar unas taxonomías, disfunciones y caracterizaciones.

Cuando hoy en día lo primero que hace un jovencito, cuando aprende a  manejar un metro, es medir el tamaño de su miembro, no está pretendiendo nada de eso. Está intentando saber si podrá, un día, satisfacer a su pareja o si su virilidad y su rendimiento sexual estarán a la altura requerida (vaya con segundas lo de “altura”). Y eso es una imbecilidad, y lo es porque el propósito de esa medición se apoya en premisas falsas, como el creer que el tamaño del pene es determinante en el placer (premisa derivada de un modelo “coitocéntrico” como el nuestro) o que su virilidad y su “potencia sexual” estarán en lo que indique la cinta métrica (premisa derivada de un modelo patriarcal y “falocéntrico” como el nuestro).

Cuando el chiquillo, o no tan chiquillo, establezca una analogía entre “su cifra” y el estándar (normalmente exagerado cuando no manipulado) y vea que está “por debajo”, puede producirse en él el trauma de la “desmedida”. Y es que establecer “medida” es también la mejor manera de crear “disminuidos” y “anormales”.

Cuando a una le pilla un mandril con más pene que sesera, la fantasía se torna en un calvario

Toda la arquitectura conceptual sobre la que se apoya la importancia del tamaño del pene es una sandez del tamaño de la Galaxia de Orión. Una sandez que, entre todos, y todas, reforzamos cada día. He conocido mujeres que dicen enloquecer con el tamaño “king size” del pene de su “partner” masculino, y no dudo que sean veraces (entre las fantasías recurrentes femeninas están el ser insertadas por el mástil mayor del San Juan Nepomuceno). Pero también sé que, cuando a una le pilla un mandril con más pene que sesera, la fantasía se torna en un calvario. También me las he visto, en consulta y fuera de ella, con hombres que tenían unos penes que, en erección, no alcanzaban a medir lo que mide la parte visible de un clítoris y, contrariamente a lo que se pueda pensar, son los que suelen llevar mejor eso de convivir con su “circunstancia”.

Pero… ¿se puede aumentar el tamaño del pene?

¡Ah… lo olvidaba! ¿Se puede aumentar el tamaño del pene? Sí, poniéndose encima uno de esos taparrabos en forma de calabaza que suelen usar en Papúa Nueva Guinea… Fuera de eso, todo son chorradas, pues los tejidos cavernosos se pueden, tras largos sufrimientos y asumiendo grandes riesgos para la salud genital, estirar algo, pero, como los chicles, si se estiran, pierden grosor. Lo que sí se puede aumentar, y esa es una gran noticia para la humanidad de la que parece no hacer mucho caso, es el entendimiento. Y es curioso, cada vez que aumenta algo el entendimiento de un varón, menos le importa el tamaño de su pichita.

Lo sé, lo he vuelto a hacer. He vuelto a aumentar la estupidez resaltando lo estúpida que es. Pido perdón pero, si por cada 343.542 varones que han cogido hoy la cinta para medírsela, hay uno que se ha preguntado por quién coño será el Quijote, algo habremos ganado.

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