¿Realmente tu cara dice algo de cómo eres en la cama?

Existía un antropólogo francés, Georges Vacher de Lapouge, que, a principios del siglo XX, dedicó su existencia a medirle el cráneo a cuantos tenían la ocurrencia de pasar por su lado, para determinar a qué raza pertenecía el individuo. Esa curiosa actividad exigía dos cosas; primero, que existiera un concepto como el de “raza” y, segundo, que la llamada “craneometría” tuviera un mínimo de sentido común, un atisbo de fundamento científico.

Sus “estudios” y ensayos le llevaron, entre otras cuestiones, a distinguir con la sola necesidad de un metro y un cráneo, entre un individuo de la raza aria (blanca y dolicocéfala, es decir, de cabeza larga y estrecha) y uno semita, judío principalmente, que definió como “braquicéfala (es decir, corta y ancha), mediocre e inerte”. Sus estudios hicieron furor entre los antisemitas y los ideólogos del nazismo. Eso, unido a su firme compromiso con una interpretación particular de la eugenesia (la convicción de que los elementos no concordantes con los parámetros de excelencia racial debían ser eliminados), abrió las puertas al horror, las atrocidades y la estupidez que vinieron después.

Pero no fue solo la “craneometría” la que andaba metida en esos berenjenales, pues existía también la “frenología” que aseguraba ser capaz de detectar rasgos de personalidad, psicología, rasgos conductuales o inclinaciones psicopáticas a partir de la conformación de las facciones del rostro o las particularidades de la cabeza. También está la “fisiognomía”, que aseguraba que, con solo mirar un rostro se podía alcanzar los más oscuros rincones de la personalidad de una persona incluso determinar lo que le depararía su futuro. Estas sandeces de devastadores efectos obtuvieron su momento de credibilidad por varios factores, pero fundamentalmente por uno: fueron sandeces presentadas como verdades “científicas”.

Un “estudio” reciente dice poder determinar nuestro comportamiento sexual solo con medir nuestro rostro…

Lo malo de ojear la prensa es que una se encuentra inevitablemente con presuntas noticias a las que sí que habría que medirles el cráneo, el CI y hasta la anchura de sus intenciones. Una de ellas, recurrente estos días, es que un grupo de “expertos” canadienses ha realizado un “estudio”, publicado nada menos que en “Archives of Sexual Behavior”, sobre una “amplia muestra” de poco más de trescientas personas (es decir, de aproximadamente un 0,000004% de la población mundial), que le permite asegurar que el comportamiento sexual de las personas, la intensidad de sus respectivas libidos, su rendimiento sexual y hasta si van a ser infieles o no a lo largo de sus vidas, se pueden determinar simplemente observando su rostro.

Happy laughing man

Y todo ello, de la manera más sencilla posible: midiendo la anchura de la cara con relación a la longitud. Si tienes la cara ancha y cuadrada (más o menos eso que enunciábamos como “braquicéfala”), eres un sátiro o una loba, en caso contrario, lo tuyo no va a ser los ardores guerreros en la cama.

La estupidez de “medir” el sexo

Lo de coger el metro para medirse el rabo y valorar la “potencia” viril, lo de poner el cronómetro para ver cuánto dura una interacción sexual y determinar si esta es satisfactoria o no, lo de ponerse una talla de busto de 120 para mostrar la feminidad, etcétera, etcétera, no es algo que nos pille de nuevo a la sexología. En nuestra disciplina estamos acostumbrados a lidiar con la estupidez de hacer de la primera medida que a alguna lumbrera se le antoje una especie de valor de nuestro hecho sexual humano y de intentar reducir la complejidad de la condición humana al número, al elemento gestionable al tamaño de las uñas de los pies o al número de “isoflavonas” que se toman al año.

También sabemos, sexólogos y gentiles, que los periódicos tienen que vender noticias y que cualquier pamplina, especialmente si es una pamplina que hable de sexo, vende. Lo que cada vez alarma más a una servidora no es solo que una sandez sea presentada como “noticia científica” y que algún crédulo de los miles que pueblan nuestros pastos pueda darle un mínimo de cancha y estar, ahora mismo, midiéndose la jeta. No. Lo que de verdad me inquieta es el por qué sucede esto.

Hoy ya no es necesario comprometerse con nada

Y recuerdo las apreciaciones de, por ejemplo, Bauman, cuando apunta que no es solo que hoy todo lo queramos comprar (afectos, parejas, encuentros…) sino que, además, lo queremos comprar con garantías. No solo con garantías de devolución, por supuesto, sino sobre todo con la garantía de que lo que compramos nos va a funcionar, nos va servir de utilidad, se va a someter a nuestro completo servicio. Y eso que ya no es necesario comprometerse con nada ni reparar nada (ni una lavadora ni una relación de pareja), pues la oferta de reemplazo es ingente, es que la fiabilidad del mercado se sustenta en no dar gato por liebre (cuando en realidad no ofrece ni gato ni liebre, solo filetes envasados de carne de vaya Vd. a saber qué).

Así, la próxima vez que Vd., querido lector, salga en busca de encuentros libidinosos, no olvide llevarse la cinta métrica, no vaya a ser que el galán o la damisela que encuentre resulte ser una pacata y no la pantera en la cama que Vd. buscaba, y del mismo modo, cuando ojee los rostros en Tinder, no olvide medir en la fotito del perfil la proporción entre lo ancho y lo largo… que las palabras, las descripciones y las presentaciones engañan pero el metro, no.

Si, por casualidad, no tiene Vd. la cinta métrica a mano, tampoco se inquiete y siga los consejos de la sabiduría popular, por ejemplo, aquella que dice que, bajo una nariz grande, siempre hay un pene grande… Y no se sobrecoja ni ponga en cuestión sus probados principios si topa con el chato de Nacho Vidal. Él solo debe ser la gloriosa excepción que confirma la inapelable regla científica…

Click aquí para cancelar la respuesta.