Quince cosas que no debes decir/hacer a una mujer en la cama

Una mujer no es una mujer hasta que no tiene un grupo de Whatsapp llamado Las Nenas en el que se profieren una serie de barbaridades con las que se haría caquita el mismísimo líder de una secta satánica. En Las Nenas todo vale. Las Nenas es un grupo de espíritu punk pese a estar formado por personas respetables que pagan sus impuestos, saludan a sus vecinos, y sus vidas, en líneas generales, no se caracterizan por ser una sucesión de decisiones arriesgadas.

Tú puedes llegar a Las Nenas, interrumpir una conversación sobre si Pedro Sánchez está más bueno que Pablo Iglesias –aunque en Cataluña, más allá del debate político, el que nos pone mayoritariamente es Baños– y preguntar sin rodeos: “chicas, ¿qué cosas no os mola que os digan en la cama?”. Y la primera respuesta te deja fría. Y es cuando constatas, una vez más, por qué amas a Las Nenas.

1- Que te escupan, tía. Glups. “¿Es que os han escupido alguna vez?”. Joder, pues claro (Las Nenas pueden manejar, si se lo proponen, toneladas de condescendencia). Parece ser que sí, que escupir es una práctica habitual y que, oh sorpresa, hay gente, generalmente el que recibe el regalito, que no acaba de encontrar la sensualidad en esta práctica. “¿Pero que te escupen cómo?” –sigues indagando y lo haces por El Sextante, y descubres que hay quien prefiere escupir en la boca, quien lo hace en los genitales o quien dirige el salivazo directamente a la cara. En cualquier caso, si queréis que se os recuerde entre Las Nenas como un gran follador y no como “aquel que te escupió”, mejor no lo hagáis sin, al menos, pedir permiso antes.

2- Que te llamen chochete, peque, bebé, incluso mi amor o cariño… Mejor evitar según qué calificativos si vas a por nota, pues, al parecer, si algo detestan las mujeres son este tipo de sobrenombres blandengues, especialmente los relacionados con el mundo de la infancia. Parece haber consenso en que si tienen que decir algo, más vale que sea algo ligeramente más sucio que “chochete”.

3- Que va mal depilada. Ninguna alusión, ni siquiera bienintencionada, a algún pelo rebelde que te hayas encontrado en cualquier lugar donde no esperabas encontrarlo. Grábatelo a fuego en el cerebro: en la cama, los pelos no existen, como tampoco las estrías, la celulitis o los michelines.

4- Que la insultes. Ojo, esto no significa un no rotundo al insulto. Lo que ocurre es que al parecer es algo que debe introducirse en la relación de forma progresiva, no vale con poner a parir a alguien a quien has conocido hace dos horas y que ahora se encuentra entre tus sábanas. El insulto es como todo, como el propio sexo: se empieza suavecito y, si la cosa evoluciona, hay consenso y los dos disfrutáis, puede acabar siendo lo que os dé la gana, siempre que sea adulto, consensuado y no implique menosprecio por ninguna de las dos partes.

5- Que hagas muchas preguntas. Las peroratas en general suelen ser mal recibidas, puesto que, como sabes, el orgasmo femenino es muy mental y ella necesita estar concentrada para tales menesteres, cosa bastante complicada si preguntas cada cinco minutos si le gusta tu polla, si le gusta en general, si quiere más o cualquier cosa que se te ocurra. Pregunta sin tapujos si necesitas información, pero no creas que forma parte de un juego sexual, pues puede que te ocurra lo que le pasó a un amigo: una rubiaza, irritadísima, tuvo que taparle la boca en pleno acto. No volvió a verla, claro.

Pero por encima de todas las cosas ni se te ocurra pronunciar jamás la Pregunta Maldita, el Horror en materia de preguntas en la cama: ¿te falta mucho?”.

6- Que digas lo mismo todo el rato. Una variante del punto anterior es el tipo que ha acuñado un par de frases, que son las que utiliza para follar, y las dice constantemente hasta que llega un momento de la velada en el que tú sólo eres capaz de pensar en matarle. “Mira cómo me pones” suele ser un clásico, y parece ser que a la tercera vez en dos minutos empieza a poner de mal humor a las damas.

Young Asian man covering his mouth with hands

7- Que no hables. Sí, sabemos que el asunto se está complicando, pero es que las mujeres lo somos y el sexo también. Hemos quedado en que no se puede preguntar mucho, que el exceso de peroratas tampoco parece triunfar y que decir lo mismo tampoco les gusta. Entonces, mejor estar calladito, pensarás. Pues mal. Tampoco es eso. ¿Qué hacer entonces? No lo saben ni ellas, pero la cosa es que si estás callado y encima te pones emotivo es probable que ella acabe pensando en que tal vez no debería lavar el jersey rojo nuevo con la ropa de color porque va a desteñir, mientras tú estás concentradísimo en la labor de plantar tu banderita en algún lugar inescrutable.

8- Que hables como si estuvieses comprando una de cuarto. Pues parece que hay mucho Peter Pan suelto, dicen Las Nenas, que va por la vida de rompebragas y a la hora de la verdad es capaz de detener el acto en un momento álgido y soltarte cualquier guarrada con una voz parecida a la de una máquina de tabaco. No, compañero, aquí la cosa va de sensualidad y seducción, y esa frase que tienes pensado decir –y sabes por los puntos anteriores que escogerla es complicado– sonará diferente si sacas tu lado sexy que si la sueltas con el mismo tono con el que hablarías a tu abuela.

Y volvemos a un hecho real, esta vez protagonizado por un abogado progre melenitas soltero empedernido, que se detiene en un momento de absoluta efervescencia y le dice a la chica con el mismo tono que usaría para decir “40 de Super 95 en la 4”: “¿me podrías hacer una felación, por favor?”. Se la hizo, sí, pero nunca volvieron a verse.

9- Que practiquen sexo anal de entrada. Llamadnos conservadoras, pero es que no se puede empezar la casa por el tejado. Porque primero se trata de que escribas sin faltas y luego, si eso, ya te pones con el Ulysses, porque parece evidente que nadie que crea que abrir va con hache va a escribir la Gran Novela Americana. Traslademos esto al sexo: primero toquemos la vía convencional y después, cuando la tengamos dominada, ya podemos innovar. Sólo hay una excepción, al parecer: si la tienes muy pequeña –pero muy pero que muy pequeña.

10- Que evacúes o micciones. Todo lo que es la caca y el pis, lo sentimos, no triunfa. Introducir desechos orgánicos en el acto no funciona. Y esto enlaza con el punto siguiente…

11- Que hables como en una peli porno. Y es que el porno ha hecho tanto daño a la sexualidad femenina que no sólo ha hecho creer a muchos hombres que introducir excrementos en el acto mola, sino también que pueden decir según qué frases que sólo te están permitidas si eres negro, tienes un rabo de 25 centímetros y vas vestido de fontanero.

12- No al “a mí me gustas así”. Todos sabemos qué significa aquí el término “así” y su uso sólo puede llevarte a terrenos pantanosos en los que desearás no haberte metido jamás. Así significa voluptuosa, que hay donde agarrar, curvilínea, y aunque tú lo estés diciendo como un piropo y es probable que de verdad lo pienses, a más de una pueden dolerle las alusiones a sus generosas curvas. En la cama, pues, la exuberancia tampoco existe.

13- Que te cojan la cabeza. Lo está haciendo ella, no tú. Porque tú, insensato, no te llegas. Déjala en paz. Saca tu puñetera mano de su cabeza y hazlo inmediatamente, pedazo de desecho humano. Fin de la cita.

14- Que seas muy activo o muy pasivo. Sabemos que es otro punto complejo porque es difícil saber donde se encuentra ese feliz término medio en el que, al parecer, todo fluye. Y es que la cosa no va de hacer todas las posturas del kamasutra el primer día –cuarentones recién llegados al running: no es necesario que mostréis vuestra destreza con una serie de posturas imposibles y fuera de lugar–, pero tampoco de que te plantes ahí y te coloques las palmas en la nuca en posición de tomar el sol y esperes que te lo hagan todo.

15- Que utilices calificativos surrealistas para designar los genitales. Está bien que te mole llamar a tu miembro José María o que tengas una larga lista de calificativos, muchos de ellos relacionados con el mundo natural y animal, para referirte a los genitales femeninos, pero evítalos al menos hasta que tengas un poco de confianza. Nada de potorros, chuminos, triangulitos, arañas, quesadillas, selvas (??!!), o –de nuevo un hecho real– llamar al asunto “la tuerta”. Mejor llamarlo por su nombre. Y todos sabemos cuál es.

Click aquí para cancelar la respuesta.