Punto de fuga

La chica se levantó del sofá y dejó caer su bata al suelo, mientras caminaba hacia el cuarto de baño. El chico la vio caminar altivamente, de espaldas a él. Ella giró ligeramente la cabeza, consciente de que era observada por él, mientras deslizaba sus pies desnudos lentamente por el parqué. Él fijó la vista en el culo de ella, de nalgas redondas, perfectas, que se movían cadenciosas al ritmo de sus pasos.

Estaban en su primera cita. Habían empezado tomando unas fajitas de pollo en un garito inmundo, después se habían cocido a vinos y antes de que el sueño les embargara, ella le había invitado a su casa. Pero con la música de Pink Floyd de fondo, y con el cansancio acumulado de toda la semana, la cosa no parecía que fuera a ir más allá de una charla interesante. Quizá por ello, y a pesar de que habían acabado en el apartamento de ella, él había bajado la guardia. Y al relajarse, su conversación había sido espontánea, fluida, sin los típicos escarceos de previsible acercamiento masculino.

Así que la chica le encontró, finalmente, atractivo en su esencia. Y decidió darse una ducha, después de un día agotador, para tener sexo con él. Por supuesto, él aún no sabía que ella había pensado eso, y cuando ella había mencionado que quería tomar un baño él pensó que estaba despidiéndose. Pero en lugar de ello, ahora ella había mostrado su espalda desnuda y caminaba silenciosa como una gata hacia el baño, con una copa de vino en la mano. Dejó la puerta entornada.

Happy Bride and groom embracing and kiss in bed

Él siguió tarareando a Pink Floyd, tumbado en el sofá y mirando el cielo estrellado a través de la ventana. “Shine on you crazy diamond”… De pronto, ella le llamó. Él acudió indeciso hasta el fondo del pasillo, y pegó su cabeza a la puerta.
—¿Sí?
—Entra.

Abrió la puerta con el corazón a mil vueltas, y se encontró a aquella mujer desnuda, sentada sobre la toalla en el borde de la bañera mientras se vaciaba, y con los pies apoyados en el wáter. Su cuerpo era impactante, con unos senos enormes, duros como piedras, aunque naturales; la cintura esbelta y las piernas estilizadas. Tan sólo una cosa rompía la armonía de aquel bodegón: en el vientre de ella, una oscura madeja de pelo protagonizaba el punto de fuga del cuadro. Todas las líneas armónicas de la visión del conjunto desembocaban en el agujero negro de la mata de su coño.

—Verás—dijo ella—, a veces las chicas no estamos preparadas en la primera cita. Por eso decidí darme una ducha, para depilarme. Pero he decidido que quiero que me lo hagas tú.
—¿Perdona? —balbució él.
—Que quiero que me rasures.
—Eh… a mí no me importa. Me gusta también así.
—No me has entendido—continuó ella con un tono firme—. Quiero que me depiles porque me apetece que lo hagas tú. No porque necesite hacerlo.

Él se agachó en silencio, obedientemente, y ella le cedió la cuchilla de afeitar.

—Ahí, sobre la repisa, tienes la brocha y el jabón.
—¿Brocha? —dijo él, tímidamente.
—Es de mi novio. Está de viaje. No te preocupes.

El sintió un vuelco en el corazón. Decidió untarla de crema, y ella gimió y se reclinó levemente hacia atrás, apoyando sus manos en la repisa de la bañera, y abriendo aún más las piernas para facilitarle el trabajo. El contacto de la brocha al girar sobre la piel la hizo suspirar, y el cosquilleo acabó por convertirse en un estímulo sublime. La chica aprovechó para dar un sorbo a la copa de vino, y volvió a cerrar los ojos al sentir el contacto de la cuchilla en su piel.

—Despacio, así… muy bien—musitaba ella. Él posaba los dedos con delicadeza en la ingle, y con mucho tiento iba limpiando la zona, aclarando la cuchilla en el agua de la bañera, y volviendo a la carga. El sonido de la cuchilla con el vello púbico hizo que su miembro se irguiera, y ella comenzó a acariciarlo con uno de sus pies, mientras con una mano le mesaba los cabellos, y con la otra comenzaba a tocarse los senos. Él estaba muy excitado, pero no podía perder la concentración. En un momento determinado, la cuchilla presionó más de la cuenta sobre la piel ya descarnada. Él frenó, pero no llegó a hacerle sangrar. Y continuó su trabajo. Emergió el clítoris de ella, fresco, nuevo, limpio, puro, húmedo. Él agarró la toalla del bidet y limpió los restos de espuma de la entrepierna de ella. Entonces acercó su boca, y ella sintió el aliento y el aire de su respiración; notó cómo la nariz prominente de él rozaba la piel rosada de su interior. Y cuando estaba a punto de correrse, él no pudo evitarlo y acercando sus labios aún más, dijo:

—Probando, probando…

Ella se alzó y le dio una soberana bofetada en la cabeza. Cogió la toalla y salió del cuarto de baño. Al salir dio un portazo, y acto seguido vociferó:
—Los cómicos sois gilipollas.
Él se incorporó, recogió los bártulos del baño, se lavó las manos, se miró en el espejo y se dijo a sí mismo en voz alta:
—¡Casi!

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