Por un puñado de sal

Lo peor de no tener ascensor en tu edificio y vivir en el quinto es que tienes que pasar forzosamente delante de las puertas de tus vecinos al menos dos veces al día. Una de bajada y otra de subida. Eso sin contar con que los escritores solemos trabajar en casa, lo que conlleva algunos viajes de más, al menos cuatro viajes de subida y otros cuatro de bajada, de media. Tengo las piernas duras como piedras.

En esos viajes suelo encontrarme en el rellano con el imbécil de la puerta dos, que parece que me esté esperando para darme por culo desde febrero con no sé qué derramas. El señor imbécil está aburrido porque está jubilado y su mujer es otra imbécil, pero al menos muda. Una vez cada dos días suelo cruzarme con el arquitecto circunspecto de la puerta seis, que debe de estar divorciado porque a veces le veo con un niño. El circunspecto sólo sabe decir “hola” y “adiós”. Da igual que le cambies la premisa: “¿Qué tal?”, “¿Cómo va?” o un “Yeh”.

A los de las otras puertas no suelo cruzármelos. Los de al lado, la puerta nueve, suelen follar los sábados por la noche, como un reloj suizo. Ella grita el “Sí, sí, oh” a las doce y diecisiete de la madrugada. A veces se oye superpuesta la tele de fondo. Yo pego la oreja a la pared, intentando imaginar quién está encima de quién. Sospecho que él está como un cerdo sudando sobre ella, pendiente sólo de su nabo, y ella grita para acelerar el trámite y poder seguir viendo a Marhuenda, al que se le escucha de fondo, como si estuviera en el mismo salón.

Young couple hugging and kissing

Hasta el lunes pasado. Llamó al timbre ella, exuberante, brutal, en bata, con los pechos a flor de escote, el pelo rizado y desaliñado, hecha unos zorros. Y aun así estaba buena. Me pidió sal. Pensé: “Mira, el viejo truco”. La hice pasar, pero la sal me tendió una trampa y se escondió. Ella cerró la puerta detrás de mí y me dijo: “¿Se nos oye mucho?” Esa no me la esperaba. “Unos días más que otros”, respondí, mientras me afanaba en buscar la sal, pensando que la puerta de su casa estaba abierta, la mía cerrada, y un marido suelto en algún sitio. “Me gustan tus rizos”, soltó, y con su mano acarició mi nuca.  Se me pusieron los pelos aún más de punta, y me giré con los ojos cerrados. Sentí su boca abierta abarcar mis labios y abrirse paso con la lengua. Era densa y larga. Me la metió hasta la campanilla. Abrí los ojos y me crucé con su mirada sucia. Intenté acercar mi mano a sus pechos pero ella me agarró de la muñeca fuertemente y doblegó mi iniciativa.

Torpemente caímos sobre el sofá. Intenté subirme encima pero ella me redujo y, sorprendentemente, me cabalgó. Presionó su cintura contra la mía y restregó su coño bajo la bata entreabierta contra mis pantalones de chándal. Me cobijé en su cuello para recuperar el resuello y su perfume intenso me noqueó. Mientras la agarraba de las nalgas, ella se posó sobre mis pezones y los mordió con rabia. Me quejé pero ella hizo caso omiso. Su bata se abrió definitivamente y emergieron las tetas, inmensas. Súbitamente dio un respingo y se sentó sobre mi rostro. Su clítoris me besó la boca y me ahogué en un sabor intenso y metálico. Ella me agarraba del pelo, y mis cabeza tenía los cinco sentidos sumergidos en ella. Su excitación hizo que mi pene comenzara a llorar tímidamente. Entonces, como si ella supiera que eso estaba sucediendo, se montó a la grupa de mi vientre de un salto y comenzó a cabalgar.

Yo la miraba deslumbrado, erguida sobre mí, agarrándose el pelo y echando la cintura atrás, con sus enormes pechos ante mis ojos. Me agarré a ellos como si fueran dos flotadores. Ella se excitó al ver mi cara desencajada y tras cinco minutos machacándome se corrió, a voz en grito. Yo intentaba silenciarla, pero era en vano. Luego, cayó sobre mí y me abrazó. Me besó tiernamente bajo la cortina de su melena desaliñada y me dijo: “Otro día volveré con más tiempo. Estate prevenido, puede ser en cualquier momento”. Se colocó la bata y se fue. Sin la sal.

De eso hace ya una semana. Desde entonces he comprado todos los saleros del súper de debajo de casa. Toda precaución es poca. También le he pagado las derramas al de la puerta dos. De aquí no me echan ni a tiros.

Click aquí para cancelar la respuesta.