¿Por qué las jóvenes tienen más dificultades para llegar al orgasmo que ellos?

No parece que, en el desarrollo general de un ser humano, tanto física como intelectualmente, se puedan establecer grandes diferencias temporales exclusivamente en función de género. Mujeres y hombres empezamos a andar a la vez, aprendemos a leer o a escribir a las mismas edades, nos solemos enamorar por primera vez en edades coincidentes, nuestra primera regla llega más o menos transcurrido el mismo tiempo de existencia que el que tarda un varón para tener su primera eyaculación, etcétera. Con relación al placer, por estímulos de las zonas erógenas, tampoco parece que esa diferencia de edad sea significativa, pues a tempranísima edad ambos empezamos a sentir algo placentero cuando nos tocamos o rozamos involuntariamente nuestros genitales.

Sin embargo, en esto de alcanzar el orgasmo, sí hay diferencias temporales significativas: las chicas y las mujeres necesitamos mucho más tiempo en percibir la sensación orgásmica e interpretarla como tal que los varones que, en multitud de casos, la pueden percibir claramente, incluso antes de que su sistema hormonal haya iniciado la producción de espermatozoides. También en nosotras se produce un particular fenómeno que no se suele dar en los varones, desde el momento en que somos “arrebatadas” por un primer orgasmo, esa sensación varía, en calidad, frecuencia e intensidad, a lo largo de nuestra vida y por las posteriores experimentaciones del orgasmo. En el varón, el primer orgasmo de su existencia es prácticamente calcado en esos parámetros al último que experimenta. Y todo eso resulta muy curioso.

¿Por qué pasa eso?

Para intentar explicar las causas de esas variabilidades en función del género podemos recurrir a varias explicaciones. La primera, de carácter biológico y anatómico, radicaría en la mayor complejidad y falta de accesibilidad de nuestra maquinaria de gozo. Efectivamente, estimular el área erógena primaria que es el clítoris es algo mucho más dificultoso que estimular el pene, no sólo por su tamaño visible sino también por su accesibilidad.

Friends walking together at sunset

Mientras uno hay que buscarlo, el otro está siempre “a la mano”, mientras uno está siempre retraído y alejado del entorno, el otro siempre está expuesto, rozado, en contacto permanente con la exterioridad, lo que provoca que los estímulos en el pene siempre sean mucho más frecuentes y, por lo tanto, más fáciles de experimentar que en el clítoris. También puede suceder que, anatómicamente, el cuerpo del goce femenino requiera de una mayor madurez en su conformación que la masculina. Pero esas explicaciones morfológicas se antojan insuficientes si el resto de condicionantes que posibilitan la conformación de la sexualidad de un individuo no tuviera algo más que decir.

Otro de estos condicionantes es el psicológico derivado de cómo entiende el individuo que se debe conformar social y moralmente su cuerpo. El varón tiene, desde sus más primarios inicios, la suficiente “legitimidad” para buscar el placer y su manifestación paroxística en el orgasmo y el hacerlo encaja y forma parte de la caracterización de su género, de su “hombría”. Para las mujeres, ese “dedicarse” a la experimentación de los mecanismos de nuestra sexualidad y de las satisfacciones que pueda producir se ha visto, de antiguo, como una cierta desviación de su “feminidad”, de lo que, como mujer, la tiene que caracterizar.

La presión sobre el deseo femenino, entendido éste no sólo como por la avidez erótica de exponer su cuerpo al otro sino de profundizar en sus propios mecanismos y herramientas, ha sido uno de los esfuerzos en los que la humanidad ha dedicado más energías. Reprimir el deseo sexual femenino, en cuanto ser sexuado, ha sido siempre considerado como una labor tendente a buscar la paz social… mientras menos se pregunte una mujer, experimente y obtenga resultados en esa búsqueda interior, más tranquilitos estaremos todos y menos conflictos (de celos, competencias y paternidades) se establecerán entre los únicos que hemos considerados que están legitimados para declarar las guerras, los varones.

Un tercer aspecto y derivado es el de la educación sexual. La enseñanza de cómo alcanzar el orgasmo es algo que el varón aprende, porque todos lo sabemos, desde el minuto uno. Lo que debe hacer, cómo lo debe hacer y cuándo, es algo que se enmarca dentro de los más rudimentarios conocimientos públicos sobre el hecho sexual humano. En el caso de las mujeres ese conocimiento o es inexistente socialmente o está deformado, enmascarado y ocultado por leyendas, falsos mitos, brujas libidinosas y hadas buenas y virtuosas.

Con lo que es un conocimiento y un entendimiento de la sexualidad femenina reprimidos socialmente y, por consecuencia, inaccesibles individualmente (para la propia mujer en sí)… Y esa ocultación, bien por la vía represiva o por la sobre exposición, sigue, hoy, operando y, en cualquier caso, sigue arrastrando como una losa esas pesadas cargas. Que los paradigmas cambien no quiere decir que inmediatamente, como tocadas por una varita mágica, las personas cambiemos y asumamos el cambio paradigmático.

Las diferentes edades de la respuesta sexual femenina (no tomar al pie de la letra…)

Así, y sea como fuere, nada tiene de extraño que una mujer experimente con claridad su primer orgasmo bien entrada la veintena, que pueda gestionar el periodo refractario de su respuesta sexual de forma que le permita la consecución secuencial de orgasmos cuando ya tiene más de treinta y que experimente, si así se le antoja, las sensaciones de un orgasmo eyaculatorio cuando ya se ha metido en los cuarenta.

Naturalmente, siempre hay excepciones y esa tabla cronológica no debe tomarse como las pautas de dentición en bebés, pero estoy un poco cansada de que, por el impositivo requerimiento de goce que hoy se nos exige a las mujeres (otra forma de ocultar la verdadera información), muchas jovencitas vengan a verme cuando tienen sus primeras relaciones, con el miedo en el cuerpo, porque ellas no han experimentado el exigido e imperativo orgasmo. No, a ti no te pasa nada… Tú sólo eres aun benditamente joven.

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