¿Por qué a las mujeres nos atraen los canallas?

Una mujer, alta ejecutiva en una multinacional, aparece en la consulta y me indica que mantiene una relación que está destrozando su vida pero que no puede romperla porque quiere a esa persona. Un joven estudiante me pide hora y, antes incluso de atenderlo en el gabinete, se desploma; hace cinco años que está con la misma chica y su vida es un infierno… pero no puede abandonarla. Un ama de casa de mediana edad establemente casada, al sentarse frente a mí, empieza a llorar. Mantiene una relación con un hombre más joven que ella y lo que al principio parecía una liberación, se ha vuelto una insufrible condena, pero no puede deshacerse de él. Y otro caso y otro caso y otro.

No hablamos de relaciones de maltrato como las puede considerar el código penal y que requieren otros protocolos, pero en ocasiones se quedan muy cerca, demasiado cerca. La preocupación en estas situaciones, por encima incluso de ayudarles a solventar la relación concreta que ha hecho a estas personas el venir a verme, es otra. La preocupación es la “repetición”; el saber como terapeuta, y casi con toda seguridad que en muchos de estos casos cuando ese problema esté resuelto, la paciente o el paciente pasará por un momento de euforia en la liberación, a la que le acompañará un espacio de tiempo variable correspondiente al duelo por la persona perdida (por perniciosa que ésta fuera) y que, transcurrido este tiempo, es muy probable que vuelva a establecer otra relación con otra persona de características similares a la que le hizo venir a la consulta…. como muy posiblemente ya hiciera antes. ¿Por qué?, ¿por qué diablos pasa eso?

La gran mayoría persiste en elegir mal, una y otra vez

Cualquiera de nosotros y en cualquier ámbito de la vida puede tomar una mala decisión. Normalmente, esa persona detectará con cierta rapidez lo inconveniente de esa decisión y pondrá remedio, con toda la celeridad que pueda, a las consecuencias de esa elección. Además, generará un sentido de alerta que le permitirá poder detectar, en próximas elecciones, características equivalentes a la anterior errónea y, cuanto estas se presenten, evita cometer el mismo error… es decir, aprenderá. Pero este proceso de aprendizaje parece no darse siempre y es especialmente cortocircuitado en la elección de pareja. Y no es que las personas que eligen como parejas a las que menos les conviene no sean conscientes de ello, lo cual facilitaría mucho su ayuda, pues sólo se trataría de que “se dieran cuenta”, tampoco es que esos mecanismos de alerta se inhiban en ellos, no, funcionan y funcionan bien pero en lugar de ponerlos en guardia y rechazar la elección, les estimulan a esa elección. Así que, aun alarmándose y teniendo plena conciencia, persisten en efectuar una elección errónea.

La/el neurótica/o ama más su “síntoma” que a sí misma/o

Lo primero que hay que tener en cuenta es que la pareja es un “síntoma” de todos nosotros. Conociendo a la pareja de alguien, sabemos más de ese alguien que entrevistándolo durante veinte años. Del mismo modo que podemos decir que, posiblemente, alguien está acatarrado si hace frío y moquea o tiene unas décimas (síntomas todos ellos de la enfermedad pero también de su defensa contra ella).

Bearded man with crossed arms

Cuando una persona escoge recurrentemente un perfil pernicioso para ella, es porque hay algo en su psique y en el proceso de su sexualidad que no está resuelto y que se manifiesta. Y lo que es más significativo, la persona considera, aun sin saberlo, que ese “síntoma” lo sana o lo equilibra. Por eso el neurótico, y todos lo somos en mayor o menor medida, ama más su síntoma que a él mismo. Se aferra a él posiblemente hasta que considera que el síntoma es incluso peor que el malestar, la “enfermedad”, que lo produce… y repite una y otra vez, a poco que lo dejen y que el mal profundo no esté resuelto, el síntoma, la elección del inconveniente. “No puedo dejarlo porque lo amo”, suelen manifestar para aferrarse a esa sintomática tragedia. ¿Es eso amor? No seré yo quien se meta ahora en este berenjenal aunque tenga clara la respuesta.

Las mujeres y los “canallas”: un ejemplo arquetípico

En el caso de las mujeres, hay un caso recurrente dentro de estos perfiles, casi arquetípico; el de “enamorarse” de un “canalla”. El sentirnos irremediablemente atraídas por el macarra, el narcisista, el falsamente seguro, el agresivo y posesivo, el chulo de barra de bar. Los motivos que nos llevan a esta elección, es decir, lo que no hemos acabado de resolver dentro de nosotras mismas y que nos hace creer que este indeseable perfil puede ayudarnos a resolverlo, son múltiples y profundamente enraizados en nuestra propia biográfica sexualidad y al terapeuta corresponde ofrecerle al paciente otra manera de afrontarlo, otro “síntoma”, menos traumático.

El amor no es sufrimiento

Desde creer que el amor es sufrimiento y que, mientras más se padece y más te hacen padecer, más te quieren… Y sí, el amor de verdad es jodido, exigente y duro, pero no se mide en sobredosis de sufrimiento. También se encuentra el querer llevar un sentido de la maternidad más y más allá pretendiendo hacer de nuestro amante el bebé insoportable y estúpido que nos va a exigir un gran esfuerzo y sufrimiento pero que, al final, conseguiremos entrar en razón, y también encontramos hasta lo contrario; el patriarcal y arcaico, pero no por ello menos latente, vestigio de devenir una mujer protegida, poseída y sometida por parte de un varón que parece, sólo parece, que por sus rasgos sicológicos todo lo puede.

En realidad, estos tipos, tengan el “éxito” social que tengan, no pueden gran cosa y suelen ser, contrariamente a lo que muestran, individuos extraordinariamente inseguros, aislados y frágiles que dependen exageradamente de la única persona que les pone en valor, y por eso intentan someterla y captar agresivamente toda su atención.

Escoger serialmente a personas que sólo nos amargan la existencia no es algo propio, pese a lo que crean algunos, de personas con poco entendimiento o frágiles (normalmente, es al contrario) y, aunque no sea en modo alguno aconsejable, tampoco es tan sencillo de abordar como decir que esa persona “está equivocada”, ni nada que se resuelva con un “debes dejarlo”. No.

Es mucho más complejo que eso y afecta a circuitos muy pocos racionales en los que lo cognitivo o lo conductivo suele caer como la lluvia en un paraguas. Pero se puede arreglar, no con más culpabilidades al paciente pero sí con ánimo, valor, cariño, comprensión y paciencia… y recordando, quizá, que entre un mediocre y un cretino, es donde siempre se encuentra un tipo genial.

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