¿Os acordáis de cuando pagábamos por ligar?

Leyendo el otro día sobre el regreso del Nokia 3310 al mercado (el teléfono indestructible, el de la serpiente, el de las carcasas, probablemente tu primer reducto de independencia y red social), recordé cómo nos comunicábamos en los primeros años de telefonía móvil.

No sé si os acordáis pero hubo un tiempo en el que pagábamos por ligar con nuestro teléfono móvil. Pagábamos por mantener una conversación con la persona que nos gustaba. Y si la charla vía sms se alargaba más de lo necesario de pronto te encontrabas hipotecado a 20 años, con cláusula suelo. De hecho, yo sigo pagando una conversación que mantuve con un compañero de clase en el año 1998 por mensaje corto de texto. Todo era realmente shakesperiano. La dicha de la vibración, la espera, la agonía, quedarse sin saldo en medio de un tonteo, o quedarse sin saldo en medio de una discusión que era lo más parecido a querer irte dando un portazo y no tener puerta. “Esto no puede ser. No le debió de llegar”, pensabas cuando sucedía algo insólito: no te respondía.

A veces reenviabas el mensaje como quien no quiere la cosa. También estaba la variable del sms ebrio, que era un purgatorio. Si no había respuesta al día siguiente se te cortaba directamente la circulación, pero si había sms de vuelta resucitabas como al séptimo día.

Así que por una cuestión de supervivencia surgió una técnica más sofisticada y eminentemente gratuita, requisito este para que fuese nuestro método preferido: la llamada perdida. Técnicamente la condición para que se produzca un trueque es que uno de los bienes que quieres intercambiar te sobre, es decir, dispones de un excedente que quieres compartir y a su vez necesitas algo que otro quiere entregar.

Surfing the net before the flight

Algo similar sucedía con el trueque de llamadas perdidas instaurado a finales de los años 90, que ríete tú de los fenicios. El trueque de llamadas perdidas tenía su propia normativa interna. Estaba la llamada perdida inicial que era el equivalente a “me acuerdo de ti”; la llamada perdida de vuelta que era un “te correspondo”; si se sucedían varias llamadas perdidas más la cosa contaba como sexo; y así te podías tirar hasta las cincuenta llamadas perdidas que equivalía a relación consolidada con pedida de matrimonio. Con la llamada perdida decías todo lo que querías decir pero sin decir nada.

Ahora sucede lo contrario. Somos esclavos del despilfarro verbal. Porque la opción de poder decir mucho conduce a decir mucho que no significa nada, o al menos nada con un fin. Hablo de esas conversaciones que se alargan agónicamente hasta morir del aburrimiento. Esos whatsapps sin contenido ni continente que matan tiempos muertos y literarios. Esos “ey, ¿qué tal?”. Esos “holi”. Esos emoticonos de flamenca de whatsapp. El hablar por hablar.

Nunca entablar una conversación con alguien ha sido tan sencillo y a la vez tan difícil. Ahora tenemos Instragam Stories, Facebook Stories. Stories, stories, stories. Decenas de canales para contar nuestra historia aunque no tengamos ni siquiera nada que contar.

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