Oda al vello femenino

Me gustan las mujeres que no se depilan. Me gusta el vello en las piernas, me gustan las cejas que se funden con las sienes y la línea de pelusilla despistada que comienza en el pubis y acaba en el ombligo. El pelo en las axilas, la sombra que oscurece la parte baja de la espalda, el degradado en la entrepierna que sobresale por los lados de la tela del bikini. También me gusta no estar depilada.

No siempre tuve este tipo de intereses. Durante muchos años miré con recelo a las mujeres que se dejaban pelo en las axilas, casi como si estuviesen cruzando la frontera invisible de la femineidad. Como si deseasen dejar de ser mujeres.

La primera axila peluda que vi en mi vida fue la de mi madre. Una maraña oscura sobresaliendo por el perfil de la camiseta, que rápidamente desaparecía mutilada por la cuchilla de turno cuando tocaba ir a la playa o a la piscina. Nadie me dijo que tenía que depilarme y nadie me enseñó a hacerlo pero siempre di por hecho que lo que se esperaba de mi era tener la piel suave y lampiña.

Los referentes apuntan a una mujer bella, sin vello

Desde que soy pequeña todos mis referentes han apuntado en una sola dirección: la mujer bonita, aquella que sale en las portadas de las revistas y aparece en horario prime time presentando programas en la televisión, no tiene pelo. Y aquellas que lucen su vello con orgullo son personas radicales, de ideas extremas. Las que no quieren pasar por el aro de la femineidad construida en nuestra sociedad quedan recluidas a la esquina de las inadaptadas, las marginadas, las que se encuentran fuera de lugar.

Me depilé las piernas por primera vez cuando tenía quince años. Coger la cuchilla significó una reafirmación de mi paso hacia la vida adulta. Miradme, soy mayor. Tengo edad para quitarme los (inexistentes) pelos de mis piernas y confirmar que puedo ser objeto de deseo. Nunca me planteé no depilarme. Todas mis parejas reafirmaban esta opción estética, utilizando los mismos argumentos plagados de sexismo que todas hemos oído en más de una ocasión.

Woman armpit epilation, laser hair removal.
Muchos años después y con una autoestima bastante más alta que la de aquella adolescente, empecé a replantearme las decisiones que había tomado hasta entonces sobre mi cuerpo.

Durante mis escenas en la industria pornográfica se me exige cumplir un prototipo de belleza extremadamente estereotipado. Tacones, maquillaje, minifaldas, manicura perfecta, vestidos cortos y una imagen agresivamente sexualizada, pero siempre dentro de la normatividad. Al principio esta exageración de mis atributos femeninos me resultó chocante, sobre todo siendo una persona que en su vida privada lleva botas militares y cero maquillaje. Me sentía sexy, pero disfrazada. Pronto este cambio de registro se convirtió en un juego, la diversión de ponerme todo aquello que jamás llevaría en mi día a día. Joyas gigantescas, tacones de infarto, lencería fina. Durante este juego de disfraces muchas preguntas pasaron por primera vez por mi mente…¿Qué significa ser femenina? ¿Qué me hace ser mujer? No soy más fémina por llevar vestidos cortos, ni pestañas postizas, ni por depilarme todo aquello que se supone que tiene que estar depilado. Probé a aparecer en uno de mis rodajes con pelo en el pubis, y la escena recibió críticas muy positivas.

Intentaba ocultar las axilas con vello

Probé a dejar de depilarme las axilas y me sorprendí a mi misma intentando ocultarlo de forma subconsciente. Me sentía avergonzada al levantar los brazos. Rezaba porque nadie se diese cuenta de la sorpresa que escondían mis recovecos. Tenía miedo de enseñar públicamente que igual que podía entretenerme con mi juego en una dirección (la mujer extremadamente femenina dentro de un contexto normativo), también podía ser interesante recrearme en tantear el otro camino (la mujer que desafía aquello que socialmente la hace ser femenina). La diferencia es que la primera opción está completamente aceptada, mientras que la segunda hace que te señalen por la calle.

No estaba preparada para ese reto y desconcertada conmigo misma, volví a depilarme.

El verano pasado intenté de nuevo jugar con estas fronteras impuestas por el mundo de ahí fuera y esta vez muy orgullosa, lucí pelo donde me dio la real gana. Me vi al fin en una posición empoderada, tomando decisiones por mí misma. Me depilaré, si quiero. Y si no quiero, luciré mi pelo con la cabeza bien alta.

A través de este artículo lo que en realidad quiero hacer es un llamamiento a tomar las decisiones que tienen que ver con nuestro cuerpo y nuestra sexualidad en base a lo que nosotros queremos, no lo que nos impone la sociedad. O dicho de otra manera: si intentamos apartar de nuestra mente por un momento la presión social que nos ha dictado durante años de qué manera tenemos que gestionar nuestro vello corporal, entenderemos que claramente la polémica de la depilación es simplemente una construcción cultual.

Nuestro cuerpo es nuestro, y tenemos que hacer con él lo que nos plazca.

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