Ocho formas de dar calabazas sin destrozar corazones

Siempre es mejor dar calabazas que recibirlas, pese a que eso que llamamos mandar a tomar viento no deja de ser un momento incómodo en la vida de cualquier persona con un mínimo de  sensibilidad. No sos vos, soy sho. Necesito reencontrarme conmigo. Nuestro barcos navegan en direcciones opuestas, baby. Me ha salido un trabajo en Honolulu y lamentablemente parto mañana. Siempre suenan mejor esas pseudomentirijillas rebosantes de ternura que la verdad, siempre cruel, que se halla detrás del clásico “eres una persona maravillosa, pero…”: me repugnas; te huele el aliento; me enrollé contigo para olvidar a un ligue de verano canadiense; he conocido a alguien; follas de pena, tan mal que a duras penas se le puede llamar follar a eso que haces.

Abracemos, pues, la mentira piadosa para dar calabazas cuando la vida sea generosa y nos lleve a estar en ese bando. ¿Algunos ejemplos? Aquí van.

1- Necesito estar solo/a. Todo el mundo sabe que es una de las grandes mentiras de la humanidad. Necesitas estar solo cuando estar solo es mejor que estar acompañado, cosa que a muchas personas suele ocurrirles la mayor parte del tiempo sin que eso las convierta en carne de psicoanalista. Pero todos sabemos que hay momentos mágicos en la vida en que estar acompañado es mucho, muchísimo mejor que estar solo, y está claro que sólo alguien tremendamente imbécil se emperraría en seguir en soledad cuando el deseo de compañía se manifiesta con contundencia en forma de extrañas sensaciones en el estómago y un peculiar pulular de los astros en el universo. De hecho, a quien emite la manida “necesito estar solo” le suele aguardar un futuro bastante previsible: en menos de medio año va a atiborrar sus redes con un hashtag con el nombre de su nueva novia.

2- No hemos hecho clic. No ha surgido la chispa. Es la forma más sincera y probablemente también la más dolorosa de la lista, pero la preferida para aquellos con alma de ave fénix que prefieren la dolorosa verdad antes que metáforas de barcos que surcan océanos en direcciones opuestas. Es, además, una manera muy gráfica de expresar que aquello que se supone que tenía que pasar, que deseabas con todas tus fuerzas que pasase al encontrarte ante una persona de bien que podría ser un progenitor de escándalo, aquello tan reconocible como indescriptible, aquello… no ha pasado. Pero no sufras por ello, aquello volverá a pasar, y lo hará, probablemente, con el primer desgraciado que se cruce en tu camino. Cosas del amor.

3- Acabo de dejar una relación. Sería otra modalidad del “necesito estar solo”, otro argumento de pacotilla que cualquier receptor avispado sabe que es un sustituto naïf del doloroso “no te soporto más, basura humana”. Y es que todo el mundo sabe que precisamente el mejor momento para iniciar una relación es cuando acabas de dejar otra, ese momento en que cualquiera que no sea tu ex te parece una persona fantástica, cuando aún no te has vuelto cascarrabias y solitario, cuando todavía no te exaspera el tintineo de las cucharillas en las tazas de café y otras tragedias domésticas.

4- No funcionamos sexualmente. Es una modalidad más que educada del terrible “me dedico a repasar mentalmente la lista de la compra cuando estoy contigo en la cama”. Es la frase que pronuncias cuando tratas de despedirte hasta nunca de alguien que jamás consiguió ejecutar debidamente eso que damos en llamar coito, por motivos generalmente relacionados con la consistencia de las partes del cuerpo implicadas. “No funcionamos sexualmente”, dices, con un pucherito arrebatador, mientras te planteas seriamente la posibilidad de volar a Cuba.

Divorce

5- Me acuerdo de mi ex. El ex. El ex es esa presencia incómoda que pulula en todo momento sobre tu relación, esa persona que estaba allí cuando tú todavía no habías llegado, aquel con quien hizo mil cosas por primera vez, a quien en numerosas ocasiones has sentido deseos de asesinar y con quien has empatizado en otras hasta límites emocionalmente poco saludables. Y lo cierto es que aunque los ex hayan podido resultar exasperantes (independientemente de si los hemos conocido o no) nos deja extrañamente tranquilos el hecho de que la persona de la que se acuerda sea su ex. Porque su ex es de azúcar en todo esto, y su presencia en uno de los vértices del triángulo hace que el calvario sea muchísimo más llevadero que si estuviésemos hablando, pongamos por caso, de su profesor de spinning o el nuevo vecino melenitas recién separado.

6- No buscamos lo mismo. Lamentable subterfugio, volátil donde los haya, para mandar a alguien a tomar viento. Porque, ¿desde cuándo no querer lo mismo ha sido óbice para que las relaciones prosperen y se alarguen en el tiempo, a menudo con grandes dosis de sufrimiento y daños irreversibles para ambas partes? La historia está llena de veganos que se encaprichan de magnates de las hamburguesas, de profesores de filosofía locos de amor por youtubers, de comunistas irredentos que acaban copulando bajo un crucifijo. No buscar lo mismo no es excusa, es cierto, pero es música para los oídos escucharlo cuando en realidad lo que querían decirnos es que no pueden estar ni cinco minutos más al lado de alguien que va por la vida con semejante cantidad de pelos en la nariz.

7- Eres demasiado para mí. Por tanto, te mereces algo mejor. Eres demasiado guapa, sexy, lista e ingeniosa. Cualquiera estaría encantado de tenerte, eres lo mejor que me ha pasado en años, pero, querida, yo casi que voy a ir largándome de aquí. Estamos ante la más ofensiva de las calabazas, pues no hay nadie tan tarugo en el mundo como para abandonar a la persona más guapa e inteligente que ha conocido jamás con el argumento de que es DEMASIADO guapa e inteligente. Te están mintiendo a la cara, te están tratando con condescendencia, están poniendo en entredicho tu capacidad intelectual, así que tal vez ha llegado el momento de que hagas acopio de autosuficiencia y le comuniques el asco sobrehumano que te llega a dar cuando ronca.

8- No te podría hacer feliz. Es una versión 2.0 del punto anterior, igualmente ofensivo y condescendiente, que suele obligar al receptor a sacar las uñas y confesar en un arrebato aquella cana al aire miserable que juró callar para siempre. En primer lugar, porque tiene un punto adolescente autodestructivo que chirría en tiempos de escepticismo posmoderno y, en segundo lugar, porque despoja al rechazado de la potestad de decidir qué y quién le hace feliz. Para eso, mejor ser víctima de un ghosting. ¿Que qué es eso? Pues tal vez, creednos, la mejor opción de todas.

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