No tener sexo, ¿tiene consecuencias negativas para tu salud?

Soy sexóloga. Intelectualmente, el hecho sexual humano me resulta fascinante en toda su inacabable amplitud, y profesionalmente, siempre que puedo, intento clarificar públicamente, con artículos, entrevistas y libros, este hecho además de atender a persones con dificultades derivadas de su condición humana de seres sexuados. En mi ideario tanto intelectual como profesional, considero esa condición sexuada como un valor, como una potencialidad que posibilita como ninguna otra nuestro desarrollo como individuos, como algo que, en definitiva, nos puede permitir el evolucionar y el convertirnos en mejores personas.

Digo todo esto para explicar que nadie tiene más interés que yo en que nuestra condición humana de seres sexuados se divulgue, se aclare y pierda injustos prejuicios y problematizaciones que, en nada sirven a esos efectos. Y también tengo interés, porque creo que es bueno, que las personas follemos todo lo que nos apetezca y que nos amemos y profundicemos en eso misterioso de proporcionarnos afectos a través de las interacciones sexuales. Pero estoy también hasta el moño de la sobre información repetitiva en materia sexual que sólo pretende “vender” algo sin cuestionar ni profundizar en nada en esta materia. También estoy harta de la continua presión a la que nos vemos sometidos en relación a nuestro rendimiento sexual (que si tantos orgasmos al día y que si orgasmos de tanta intensidad…) y de que la presunta “información” de carácter sexual explique como grandes descubrimientos lo que son simples obviedades (ocultando lo que de verdad pueda resultar significativo).

Hasta el moño del “corta y pega” de noticias que solo reflejan obviedades

Últimamente me encuentro con una ingente cantidad de articulitos, notas y cositas varias sobre los grandes y preocupantes prejuicios que acarrea el dejar de interactuar sexualmente. La mayoría de escritos son, como suele ser habitual en nuestros días y en especial en materia sexual, un “corta y pega” de una “noticia” que no refleja nada más que una obviedad; la de que es mejor follar que no follar. Digo “obvio” porque eso es tan obvio como que es mejor beber agua cada día que ron de caña o que es mejor mover un poco el cuerpo que pasarse el día petrificado en una silla. Todo parte, como casi siempre, de un presunto estudio de no sé qué universidad de las américas que se ve que no tiene nada más que hacer que conseguir fondos para decir que lo evidente resulta evidente. A partir de ahí, los “redactores” de estas “informaciones” reflejan con exhaustivos detalles lo que nos espera si, en lugar de follar tres veces por semana, se nos ocurre la barbaridad de follar una, o la locura de pasarnos un tiempo sin follar.

Feet of a couple in bed under the blanket

Las consecuencias, en función de lo que se crezca el redactor o de las visitas que el medio tenga que conseguir esa semana, van desde perder confianza en uno mismo hasta la posibilidad de sufrir una muerte súbita por paro cardiaco. En medio, cuestiones como el debilitamiento del sistema inmunológico, incremento del cáncer de próstata en los hombres si no se eyacula a diario, irritabilidad y mal humor por la caída de producción de neurotransmisores bioquímicos como la oxitocina y la dopamina, pérdida de vínculos afectivos con la pareja, riesgos de padecimientos depresivos, debilidad orgánica general por la pérdida de la tonificación derivada del ejercicio que supone follar, y hasta el incremento exponencial de riesgo de que las mujeres caigamos en la temida histeria (suena a clínica decimonónica, pero no, la “científica” conclusión es de ahora mismito). Vamos… que casi mejor tirarse desde un puente que dejar de retozar.

El sexo como arma de destrucción masiva

Y de todo esto, lo que a servidora más le repatea es que, nuevamente, el sexo se convierta en un arma de destrucción masiva especialmente dirigida no sólo contra aquellas personas que tienen el derecho de interactuar sexualmente cuándo y cómo les plazca o buenamente puedan, sino contra el mismo sexo. Ahora, gracias a los “recientes descubrimientos” del tipo “las ruedas suelen ser redondas”, una persona con el deseo sexual hipoactivo, con imposibilidades diversas o a la que simplemente no le apetece follar, tiene una doble dificultad: su carencia y la amenaza sanitaria que se cierne sobre su carencia.

Y es que tan malo y tan falso es condenar moralmente el que tengamos relaciones sexuales como condenar moralmente el que tengamos demasiado pocas. Fundamentalmente, porque atenta contra uno de los pilares que nos permiten ser humanos entre humanos: la libertad individual de decidir de manera autónoma cómo intento gestionar eso tan diabólicamente complicado de existir en cuanto ser humano e irrenunciablemente sexuado.

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