No te cortes y pídelo: cinco fetiches más comunes de lo que crees

Cuando hablamos de fantasías sexuales nos vienen a la cabeza tríos, robustos hombres desconocidos de espaldas grandes, o atractivas secretarias de pechos inmensos. Pero la realidad es que los fetiches sexuales que las personas desean practicar suelen ser bastante más sencillos, y mucho más comunes de lo que pensabas. Tienes permiso para jugar con sus pies, atar sus manos o mirar cómo se desviste sin sentirte un bicho raro. No te cortes y pídelo. Aunque no lo creas, puede que tu acompañante de alcoba también esté deseando poner en práctica uno de estos deseos ocultos.

A sus pies: lamer, tocar y pisar

Si creías que sólo a ti y a Quentin Tarantino os iba la atracción por las extremidades inferiores, te equivocabas. Tal y como demostró un macroestudio publicado en la revista International Journal of Impotence Research, parece ser que los pies y los dedos de los mismos son dos de las partes del cuerpo más codiciadas por la gente cuando tienen relaciones sexuales.

Atracción en ocasiones relacionada con la dominación y sumisión –pisar a la otra persona como si fuese nuestro esclavo suele ser una de las aficiones más comunes–, también se trata de un gesto de intimidad que va un poco más allá de lo establecido. Al fin y al cabo, tenemos ante nosotros la posibilidad de tocar una parte del cuerpo ajeno a la que normalmente nadie suele tener acceso.

Claro que, quizás precisamente por ser una parte íntima generalmente asociada con olores desagradables, no a todo el mundo le gusta que le laman y besuqueen los pies. Una buena forma de incorporarlos en una sesión de sexo puede ser mediante los preliminares bajo el ofrecimiento de masajear a la otra persona. Una propuesta considerada socialmente normal que no resultará amenazante o escandalosa y te ayudará a cumplir con una de tus fantasías.

Pygophilia o la obsesión con tocar culos

Gusto generalmente asociado a los varones, tanto heterosexuales como homosexuales, mirar, tocar e incluso oler traseros resulta de lo más atractivo. Hay quienes adoran los turgentes y voluminosos culos, mientras que otros se decantan por los respingones o los blanditos. Para gustos, traseros.

No necesariamente relacionado con el sexo anal, la fantasía de agarrarse de las nalgas traseras de otro o palparlas con firmeza, se encuentra entre uno de los fetiches más comunes. Conocido como pygophilia en el argot inglés, es uno de los deseos más sencillos de integrar en una relación sexual, ya que a casi nadie le resulta raro que quieran palmear y dar cachetadas a su trasero mientras mantienen relaciones. El sonido que produce es cuando menos de lo más excitante. ¿Y si pruebas a proponer alguna postura en la que lo tengas más a mano? El perrito o la vaquera inversa –ella encima, pero dando la espalda a su acompañante–, harán las delicias de los amantes de un buen culo.

Átame: sexo bondage

La idea de ‘conviértete en mi esclavo’ (o viceversa) no se la inventó E. L. James en sus famosísimas ‘Cincuenta sombras de Grey’. La tendencia relacionada con el BDSM conocida como bondage, proviene del término francés e inglés que significa ‘esclavitud’ o ‘cautiverio’. Una práctica erótica que se basa en la inmovilización del cuerpo de una persona mediante cuerdas, esposas, cintas o lo que se tenga a mano para amordazarla, maniatarla y, en ciertos casos, taparle los ojos mientras se practican relaciones sexuales.

La idea de dominación y autoridad es una de las fantasías más comunes entre quienes desean mandar, pero también entre los curiosos que disfrutan convirtiéndose en ‘esclavos sexuales’ dejándose hacer y cumpliendo con los deseos de su acompañante. No es necesario que inviertas en correas de cuero y cinturones de seguridad. Tampoco tiene por qué parecer una práctica turbia propia de un ritual satánico. Puedes probar con a atar a la otra persona (ojo, la cuerda de tender la ropa no vale, podrías hacer daño) y vendarle los ojos con telas, pañuelos o una simple corbata para que nadie entre en pánico pensando que la cosa va a ir más allá de un juego.

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Los zapatos, algo más que un complemento

Una de cada cinco mujeres se siente excitada cuando un nuevo par de zapatos cobra protagonismo en un encuentro sexual. Así lo aseguró una encuesta realizada por el sitio web Shoebuy.com, cuyos curiosos resultados les debieron venir estupendamente para animar sus ventas.

Pero al margen de tratarse de una estupenda estrategia de marketing, lo cierto es que la relación entre unos zapatos de tacón y el erotismo está presente en nuestro imaginario colectivo. Sensaciones de dominación y atracción se entremezclan entre quienes calzan los tacones de aguja y quienes los miran, tocan o son pisados por los mismos. Los expertos relacionan este fetiche con la sensación de poder femenino que hace las delicias de las mujeres que van marcando el paso, también en la cama, con el sonido de su taconeo. Acompañados o no de una bonita lencería, pueden servir como simple atrezo o como juguete sexual que se lama, pise o incluso se use para masturbar a la otra persona. Ve probando, porque hay un universo de posibilidades bajo tus pies.

Voyeurismo: se mira, pero no se toca

Probablemente derivado de que nos han inculcado desde la infancia que mantener relaciones sexuales es una práctica adulta y privada, el secretismo y la ocultación vienen de la mano en lo que al sexo se refiere. Igual que nos gusta ver pornografía y nos excita observar cómo dos personas ajenas se dan placer, poder mirar sin ser descubiertos una escena similar en la vida real es uno de los sueños eróticos más comunes entre los varones, y son muchos quienes han podido satisfacerlo. De hecho, tal y como demostró una investigación publicada en la revista Archives of Sexual Behavior, más del 10% de los hombres reconoce haber tenido al menos un comportamiento voyeur alguna vez en su vida.

Claro que espiar a otras personas mientras se cambian de ropa, se duchan o practican sexo con el objetivo de sentirnos excitados, no es una actividad lícita, sobrepasa los derechos de intimidad y privacidad de los observados e incluso puede llegar a convertirse en una parafilia. Si te apetece mirar, una sencilla manera de ponerlo en práctica sin parecer un pervertido, es comentarlo abiertamente con la otra persona y proponerlo como un juego: comenzar por ver cómo se desviste y, si resulta cómodo y agradable para ambos, quizás pedirle que se duche como si tú no estuvieses allí y, por qué no, que después te deje mirar mientras se masturba.

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