No podemos definir ni el amor ni la vida

Aquellos que trabajamos escribiendo sentimos en nuestras espaldas el duro peso de definir la vida. Elegir una palabra u otra se convierte en una labor tan minuciosa como la del pintor hiperrealista que decide añadir una gota de agua falseada en su creación final. Con los ojos en el lienzo y la mente en la alegoría de aquello que quiere representar, hace un esfuerzo máximo por repetir el patrón de la naturaleza en un espacio fingido. Y de la misma forma que el agua representada en el panel no en un líquido auténtico sino un símbolo del mismo, las palabras que usamos para describir nuestra existencia son burdas metáforas de aquello que realmente sentimos. La efigie de un concepto abstracto al cual no podemos referirnos a través del lenguaje. Decía Borges que “Siempre se pierde lo esencial. Es una ley de toda palabra sobre el numen.”

Cómo hablamos modifica y moldea el modo en que pensamos y creamos nuestras opiniones. E igualmente, la manera en la que nos referimos a nuestra vida, los objetos y las personas que nos rodean hace que percibamos nuestro entorno de una forma, y no de otra.

En Japón utilizan la palabra “Itadakimasu” para bendecir la mesa, pero sin embargo no se trata de una traducción de nuestro “Buen provecho”, sino que está relacionada con la filosofía budista que respeta y agradece la existencia de todos los seres vivos, y cuando se usa no solo estás reconociendo la labor de todas las plantas y animales a través de los cuales has podido cocinar tu plato. También reconoces el trabajo de aquellas personas que han participado en el proceso, desde el cocinero hasta el agricultor que plantó las semillas.

También en el país del sol naciente utilizan la expresión “Koi No Yokan”, esta vez para hablar de la sensación que tienes al conocer a alguien de quien sabes estar destinado a enamorarte. Un momento de lucidez repentina que abruma tus sentidos y marca un antes y un después en tu vida.

Valentines day. Red hearts on wooden background
En Rumanía se utiliza la palabra “Dor” para hablar de la sensación de tristeza y nostalgia que te embarga cuando se está separado de alguien querido. La añoranza por los planes comunes que solo se podrán llevar a cabo una vez os encontréis de nuevo.

La expresión gaélica “Mo Chuisle Mo Chroí” hace referencia al latido del corazón que aparece únicamente cuando estamos cerca de la persona amada y el impronunciable “Cwtch” es el sentimiento de seguridad que te embarga al recibir o dar un abrazo a tu amor verdadero.

Podría continuar poniendo ejemplos ad infinitum, pero creo que ya hemos entendido correctamente el quid de la cuestión. No existe un número limitado de sentimientos, sino un número limitado de palabras y conjuntos de palabras con las que nos podemos referir a ellos.

Por supuesto que los hispanohablantes sentimos nostalgia cuando estamos alejados del ser querido y nos sentimos seguros cuando nos abrazan, pero no tenemos una palabra concreta con la cual definir y delimitar ese sentimiento así que o bien lo asumimos de una forma compleja, o lo apartamos de la mesa y nos olvidamos de que existen matices en absolutamente todo lo que podemos expresar. Y recordemos que la forma en que manifestamos nuestros pensamientos también los modifica, cual cinta de moebius.

Por cómo está construido nuestro lenguaje se hace una diferencia estricta entre la amistad y el amor romántico. Aquello que sientes por tu mejor amigo, por tus padres o por la persona con la que quieres tener hijos y planes de futuro. Pero, ¿qué ocurriría si tomásemos ese sentimiento -el amor- como un concepto abstracto y sin delimitaciones?

Planteémonos por un momento la desintegración de las barreras del idioma que nos han enseñado y centrémonos únicamente en los sentimientos, aquel arrebato de reacciones químicas que abruma nuestro cuerpo y nos hace actuar de una manera y no la contraria dependiendo de la situación en la que nos encontremos. En realidad, si ahondamos dentro de nosotros mismos nos daremos cuenta de que el afecto que experimentamos con la persona o personas amadas y con nuestros amigos son muy parecidos.

Lo único que los distancia es la manera en la cual expresamos ese amor, ese sentimiento inmutable. Dentro de la opción hegemónica, con nuestra pareja querremos tener planes de futuro, convivencia, relaciones sexuales, mientras que con nuestros amigos desearemos tener confianza, tiempo de ocio, intimidad. Y otras tantas cosas, claro está.

Pero si empezamos a entender el amor como un concepto fluido y no jerarquizado, pronto seremos capaz de romper la constricción que nos ha impuesto la sociedad, la estructura cultural en la que hemos nacido y crecido. Algunas de las variantes que aparecen tras esta epifanía están más aceptadas – Tener una relación sexual con un amigo – que otras – Compartir la crianza de los hijos con un amigo-. Pero lo que tengo muy claro es que la manera en la que queremos crear nuestros vínculos debería ser tan abierta y libre como el sentimiento que la precede.

Nosotros somos los únicos que deberíamos decidir de qué manera, con quién y bajo qué acuerdos y términos compartimos nuestro tiempo, nuestra vida y nuestros sentimientos. Hemos de alejarnos de las etiquetas definitorias -relación romántica, solo amigos, amigos con derecho a roce…- y dejar de diferenciar nuestras relaciones dentro de categorías preestablecidas para pasar a disfrutarlas de forma plena y sin restricciones, o con las restricciones que nosotros queramos incorporar. ¡No aquellas que nos dicta la sociedad! Una aproximación flexible basada en acuerdos mutuos y en una comunicación sincera.

No podemos definir el amor ni la vida, y no existen palabras exactas que se puedan entender como la perfecta alegoría. Pero podemos sentir, amar, vivir e intentar ser los únicos que gobiernen nuestra alma. Os dejo con otra poesía, esta vez de William Ernest Henley: “No importa cuán estrecho sea el portal, cuan cargada de castigos la sentencia. Soy el amo de mi destino: soy el capitán de mi alma”.

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