Mira hijo: todo esto antes era sexo en Juego de Tronos

Por muy mayor que seas sigue resultando incómodo presenciar escenas de sexo en películas o series con tus padres. Se crea un silencio incómodo consentido, acompañado en ocasiones de un leve carraspeo, que finaliza con la escena en cuestión. Entonces los músculos se destensan y el visionado prosigue su curso, tratando de olvidar el momento X, el enorme elefante sexual en la sala. Esto ocurría a menudo en Juego de Tronos. Básicamente porque desde que la serie comenzó el sexo jugó un papel fundamental en la trama: violaciones, tríos, relaciones incestuosas, prostitución…todo estaba permitido en los Siete Reinos.

El sexo era poder. Era poder y no querer, era la causa de la pérdida de ese poder, era el vehículo para alcanzarlo. Pero además el sexo era utilizado por los guionistas como arma disuasoria, muchas veces lanzada sin incursión aparente en la trama. La máxima: si quieres entretener al espectador ponle un poco más de carne.

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Pero en la séptima temporada lo más parecido a aquellos coitos salvajes fue un beso lésbico. Un beso interrumpido, por cierto, por una batalla, sin contemplaciones. Y claro, el momento nalgas. Atención, se viene un spoiler contudente: Daenerys Targaryen y Jon Snow lo hicieron. Pero en el acoplamiento de Jon y Dany no hubo fuego de dragones, chispas metálicas o resurrecciones. Hubo tacto, romanticismo, delicadeza, música de fondo, colchón y velas. Solo faltó un violinista en la esquina de la sala. Hubo Outlander. Hubo Titanic. Hubo lo que la audiencia demandaba: romance.

¿Por qué este cambio que ya se intuía la temporada pasada? ¿Por qué en materia de libido la séptima temporada de Juego de Tronos se ha mostrado tan comedida? Porque con el invierno llegando, con los caminantes llamando al timbre o tirando directamente la puerta abajo, con varios dragones sobrevolando, ya no hay tiempo para sexo exploratorio, ni para las escenas gratuitas.

Otro ejemplo: cuando Missandei y Gusano Gris consuman (al fin) lo suyo, no subyace la lujuria, subyacen los sentimientos. Hay nudismo en escena, pero velado. Lo que existe, ante todo, es el miedo a lo desconocido, respeto, tacto. Love is in the Air, que cantaba Tom Jones.

Pero he aquí la clave: para muchos resultó más erótico el momento en el que Missandei y Gusano Gris se quitan la ropa sin que nada más suceda, que el acto sexual tantas otras veces representado en temporadas pasadas. Así que mientras fuera corre la sangre, dentro el sexo se ha vuelto delicado. La emoción y la intimidad física se han vuelto compatibles.

Juego de Tronos ha madurado. O los creadores se han metido en foros y han corregido las críticas sobre la marcha. O ambas cosas. Ahora el campo no es todo sexo. Veremos qué pasa en la octava y definitiva temporada, más allá de fijarnos en el trasero (nada bastardo) de Jon Snow.

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