Me tiré a la jefa en mi ascensor

El día había sido gris y tedioso. Desde las nueve de la mañana no había parado de llover en Madrid. Además, llevaba todo el día con aquel traje azul marino y la corbata roja que me ahogaba como las peticiones de mi jefa, una canadiense cincuentona y teñida de rubio que hablaba español con acento de Quebec y juraba en francés.

Ella había sido uno de los grandes fichajes de la corporación para intentar enderezar el rumbo contra la crisis. Yo esperaba que el director hubiese dicho mi nombre para ocupar aquel puesto después de 15 años, pero cuando me llamó al despacho, tres meses atrás, y cerró la puerta supe que algo iba mal.

– Mira, Romeo, no puede ser esta vez, los inversores chinos me obligan a poner a Diane, que dicen que es una killer, así que ándate con cuidado.

Y ahí me quedé yo, a mis 42 años, recién separado, delgado a base de dietas y de cuerpo bronceado en enero, con el pelo cortito y con cara de buen chico sin saber qué decir. Después de 15 años de currármelo día a día, de horas extras gratis y de un divorcio exprés venía una zorra de fuera a quitarme lo que me correspondía por derecho propio.

Diane era alta, media melena rubia de bote y con tetas operadas, parecía la clásica ejecutiva internacional acostumbrada a cambiar de país cada año. Recatada y estirada, impartía órdenes con celeridad, sin delicadeza ni miramientos. Me caía mal, pero me ponía muy cachondo y a menudo me imaginaba levantando sus aburridas faldas y poniéndola de espaldas sobre una mesa de oficina. Aquella tarde Diane nos anunció a todos que era su cincuenta cumpleaños y que para celebrarlo nos invitaba a un “after work” cercano a tomar unas copas. Así que a las siete de la tarde nos fuimos al Blue Cube a esperar a Diane, que se presentó a las ocho y media, pidiendo disculpas.

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La jefa llevaba una falda gris de tubo, medias negras, camisa blanca y blazier negro. La verdad es que no aparentaba tener cincuenta. La tarde transcurrió como era de esperar, hasta que el local comenzó a vaciarse a las diez de la noche y yo me acerqué a la barra a pagar las dos copas que me había tomado. No suelo beber y comenzaba a notar los efectos del alcohol, pero vivía a cincuenta metros del bar y no tendría problemas para llegar a casa. Sacaba mi billetera cuando Diane se acercó por detrás a decir que estaba invitado. Yo no esperaba la invitación y mucho menos notar los turgentes pechos de mi jefa en la espalda. Su camisa y la mía eran finas y a través de la seda pude notar sus pezones duros por la excitación. Noté una incómoda erección que achaqué al alcohol.

– Romeo, estás invitado esta noche.
– Gracias jefa, acerté a balbucear.
– Si quieres algo más, pídelo, hoy es mi cumpleaños y estoy generosa.

Todavía no sé qué ocurrió en mi cerebro, que dio la orden a mi lengua de hablar, cuando lo más prudente era mantenerse callado, pero se me ocurrió decir.
– Tus bragas, quiero tus bragas…

Después de haberlo dicho, pensé rápidamente en añadir, que era una broma a la española, típica de borrachín de bar y pedir disculpas mil veces… pero no tuve tiempo, porque cuando me giré Diane se iba apresuradamente en dirección al baño. Estoy despedido, pensé. Después de tres interminables minutos Diane salió del baño con una copa en la mano y se dirigió directamente a mi con cara de pocos amigos… Se plantó frente a mi, me miró a la cara y metió disimuladamente su mano en el bolso izquierdo de mi chaqueta.

– Ahí  tienes, Romeo, ¿qué más quieres?

Aquello me superaba, así que a duras penas contesté:
– Dame dos minutos y sal detrás de mí, hacia la izquierda.

Ya en la calle metí la mano en la chaqueta. Saqué unas bragas negras de sofisticado encaje que parecían no corresponder con una personalidad tan anglosajona. Anduve unos pasos mientras pensaba en el lío que me estaba metiendo, pero la idea de follarme a mi jefa me excitaba… Esperé dos minutos en la esquina, hacía frío pero yo estaba caliente cuando apareció por la puerta del local. Se había puesto el abrigo negro. Yo comencé a caminar y notaba su presencia unos pasos por detrás. Vivo en una casa antigua, de las de escaleras de madera, hierro forjado y ascensor antiguo, que tarda en bajar y en subir. Abrí la puerta y Diane entró detrás de mi. No hablamos. Llamé al ascensor. Silencio. En mi edificio vive mucha gente mayor y la velocidad del ascensor está adaptada a ellos. Todo es lento.

Nada más cerrarse las puertas pulsé el quinto piso y sin mediar palabra gire a Diane de espaldas a mi, frente al espejo. Tiré su abrigo al suelo, subí su falda hasta la cintura y me encontré con unas medias de silicona hasta medio muslo. Aquello me puso más cachondo todavía. Me agaché hasta arrodillarme y poner mi boca en su sexo, húmedo y sorprendentemente depilado. Jugué con su clítoris entre mis labios antes de lamerlo y metí mi lengua todo lo que pude mientras ponía mis manos en su cadera y movía rítmicamente su cuerpo hacia mi cara. Tenía un culo generoso y apretado.

Yo la escuchaba gemir, pero no podía verla, aunque mi pene amenazaba con estallar en el pantalón. Me levanté y ella se dio la vuelta. La besé el cuello y pude distinguir rastros de Chanel Chance. Ella comenzó a musitar “doucement” (suavemente) pero yo no hice caso, introduje mi lengua en su boca y ambas comenzaron a bailar.

Después puse una mano en su hombro mientras me desabrochaba el pantalón a la vez que la empujaba para que se pusiese de rodillas. Aquello pareció excitarla más porque cuando mi pene erecto salió del pantalón, ella lo introdujo de una sola vez en su boca. Primero lo tuvo un rato dentro mientras su lengua jugaba con él y me acariciaba los huevos. Luego comenzó a sacarlo y meterlo con avidez mientras ponía sus manos en mis nalgas y me invitaba a moverme hacia delante y detrás. No podía aguantar más y se lo dije. Se levantó y me ofreció de nuevo su trasero, frente al espejo, apuntó mi pene en su vagina y la penetré sin miramientos, de un golpe mientras veía su cara de sorpresa reflejada en el cristal, primero se mordió el labio inferior para no gritar y luego cerró un poco los ojos, dejando entreabierta su boca que iba dejando un rastro de vaho húmedo en el espejo y por donde escapaban gemidos de placer cada vez más largos.

Yo había encontrado ya sus tetas a través de la ropa y comprobé que, efectivamente, estaban muy bien operadas. Agarré ambas con mis manos y sostuve sus pezones entre mis dedos, anclado a su cuerpo me moví dentro y fuera de ella, follándola como me pedía, mientras se apoyaba en el espejo y me ofrecía su cuerpo doblado en 90 grados. Así hasta que llegamos al quinto y entramos en casa… pero esa ya es otra historia.

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