Martina, la mujer satélite

Todo el mundo tiene una persona que gira alrededor de su vida como un satélite. Cada cierto tiempo, bajo el influjo de algún tipo de onda gravitatoria, sin quererlo ni pretenderlo, te la encontrarás de frente o de espaldas, en Londres o en Almería, en tu infancia y en tu senectud.

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Imagina que tu vida es como una serie de televisión para un público imaginario que sigue atentamente la evolución del personaje principal (tú) y de los secundarios (tu entorno). Hay temporadas en las que esa persona especial desaparece porque tiene sus propios proyectos, su particular spin-off. Pero tarde o temprano regresa y se le hace un episodio homenaje. En mi caso, Martina es esa actriz en la película de mi vida que inyecta caché al producto y genera royalties a los productores. Es guapa, inteligente y divertida. Fue mi amor platónico en su momento, pero se transformó en algo mucho más importante.

Apareció por primera vez en plena pubertad. Me enamoré de ella al instante. La vi pasar por el barrio, enfundada en un chándal rojo chillón de Le Coq Sportif. Me pareció el colmo del glamour. Su pelo era rubio como un lingote de plomo teñido; sus ojos, verdes como la Selva Esmeralda. Me subyugó su capacidad de comer bocadillos de plátano sin perder un ápice de clase. Ambos corríamos los cien metros lisos en tiempo récord, y nos apostábamos el destino inmediato en vueltas alrededor de la manzana.

El primer beso fue un domingo de marzo, en el sofá de casa de mis padres, con su amiga de carabina. Mientras la susodicha hablaba sin parar, nosotros fundimos nuestras lenguas en un ósculo perenne y espeso. A veces tengo un inquietante sueño recurrente: la beso aquel día, mientras trato en vano de silenciar el volumen de la amiga con un mando a distancia, pero nunca lo consigo.

A ella le gustaba Eros Ramazzotti y a mí Pink Floyd, pero en aquel momento no fui capaz de ver las señales y caí en brazos de la gacela. En los ochenta, a los quince años, el amor consistía en pasear cogidos de la mano y olernos la piel sin desvestirnos. Cortamos al cabo de un mes  de amor eterno.

Tres años después, nos volvimos a encontrar en la autoescuela. Ella ya era una mujer y yo un crío con barba. Aprendimos a conducir juntos, y aquella Navidad iniciamos una relación adulta. Follábamos por espasmos, torpes y experimentales. No tengo un recuerdo nítido de aquello. Más bien de los colofones, bañados en sudor bajo la manta.

Tras las respectivas vacaciones estivales en el extranjero, me dejó. Yo aún estaba yendo hacia ningún lugar y ella había ido y vuelto tres veces en dirección norte. Le canté sin música de fondo la letra de “Un año de amor” de Luz Casal, pero ella no recordó nuestros días felices ni el sabor de mis besos, y salió con un maromo que la ponía mirando a Japón mientras le enseñaba Latín. Yo, mientras, sorteé los azares del amor y asenté mi cabeza en otro regazo. Ocasionalmente me encontraba con su madre y me ponía al día de su vida. Me contó que Martina era azafata de vuelo. Llegamos a cruzarnos varias veces por el barrio, y a veces compartíamos confidencias en un café. El desamor había dejado hueco a la amistad.

A los treinta y tantos volvimos a coincidir. Ella tenía urgencias biológicas, y al verme actuar en un garito se le encendió la bombilla. Siempre me vio como un padre potencial, pero para entonces ya éramos hermanos. Aun así, cometimos incesto con exquisita protección. Fue un polvo clásico, con sabor a Remember. Sus pechos seguían tan firmes como antes, y la mirada de sus pezones erguidos era tan penetrante como la de sus ojos. Pero yo ya me había sumergido en los caminos de la perversión y el vicio, y ella era el símbolo de mi inocencia. Ambos sabíamos que la amistad no se mide en polvos.

Se casó y tuvo hijos. Yo hice lo propio. Ahora, ambos separados, quedamos ocasionalmente. Nos contamos amores pero, sobre todo, desamores. A veces pasan años sin vernos ni hablarnos. Cuando nos vemos podríamos follar pero ¿para qué? No nos hace falta. Ni siquiera es una cuestión de química. Es, sencillamente, que la conocí demasiado temprano.

Ella es inaprehensible, como un gorrión. Surca los cielos y a veces anida en la ciudad. Yo, desde tierra, cuando paso por la casa de su madre, alzo la cabeza siempre y miro la ventana de su cuarto, a ver si la persiana está levantada. Pero siempre la pillo volando.

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