La fiesta del bikini

Era el último día de verano, y me tocaba regresar a Madrid. La noche anterior había sido de órdago. Había asistido en la playa que había delante de los apartamentos a la fiesta del bikini. Organizada por los vecinos del lugar, consistía en hacer una barbacoa en la arena y beber ron sin parar. Desconozco el origen de dicha tradición pero, como eran mis primeras vacaciones allí, decidí acoplarme. Todos superábamos los cuarenta años. Me pareció un planazo. Me zampé todo el embutido posible mientras mantenía conversaciones insípidas con desconocidos. Ellas, en bikini y pareo. Nosotros, en bermudas.

Pensaba recogerme pronto pero, como suele suceder cuando no tienes expectativas, la noche se fue poniendo divertida. El pinchadiscos fue empalmando himnos “remember” y perdí el sentido del tiempo. Cogí confianza con una pandilla simpática y acabé saltando sobre la arena fría y entonando a voz en grito “Please, don’t go” y “Life is live”.

Beach Beauty in Bikini

De vez en cuando, la veía a ella. Morena, de melena rizada, exuberante, con el pareo más bonito de todos, de color naranja. Su mirada eléctrica se posaban en mí de reojo cuando le bailaba el agua a sus amigas con la sonrisa perfecta. Me llamaba la atención su risa. Era contagiosa y auténtica. Su boca amplia y sus facciones angulosas consiguieron que no pudiera desprender mi mirada de ella. Su cuerpo tenía más curvas que el circuito de Mónaco. Sus pechos eran inmensos y auténticos, la cintura estrecha y el culo perfecto. Debía estar en los cuarenta y muchos, así que me sacaba los muchos de ventaja. Pero sobre todo tenía clase. Caminaba sobre la arena como si fuera la alfombra roja de Cannes. En un momento determinado, conversamos. Pude oler su perfume embriagador en el cuello mientras nos hablábamos intrascendencias al oído. Luego, la marea humana nos separó. Acabé con el vecino de rellano hablando de fútbol, sentados en una duna y apurando la última botella. Me quedé dormido en la arena. En cualquier otro entorno, habría sido lamentable. Pero, de algún modo, allí me pareció lo más coherente.

El sol de la mañana me despertó. Me sentía cansado pero increíblemente reconfortado. Había dormido como un niño bajo la brisa fresca del amanecer. Caminé dando tumbos por la orilla del mar. Al cabo de media hora de paseo percibí que había entrado en la zona nudista porque me crucé con un par de tipos en pelota picada. Cuando vas a una playa nudista es fácil saber quién es habitual y quién cayó en ella por azar. La marca del bañador te delata. Ellos estaban morenos de cabo a rabo, literalmente. Me atreví a quitarme el bañador, aunque mi culo blanco bajo el sol debía de ser reflectante. La resaca me hizo sentarme en segunda línea, sobre la arena caliente de las dunas, frente al mar. Estaba absorto mirando en el horizonte a un tipo tratando en vano de hacer windsurf sobre la balsa dorada del mar, cuando de repente pasó ella caminando por la orilla. Llevaba el bikini y el pareo naranja bajo el brazo, y caminaba en pelotas. Sus tetas y su bajo vientre estaban tan blancos como mi culo. Se acercó y se sentó a mi lado.

—¿Qué haces aquí?
—Me quedé dormido en la playa.
—Eres novato—me dijo.
—Eres preciosa—repliqué. De repente, nos besamos. Mi aliento sabía a ron y resaca, el suyo era fresco y nuevo. Caímos en la arena y nuestras manos recorrieron nuestros cuerpos.
—¿Has desayunado?—me preguntó.
—No—repuse—. ¿Y tú?—. Ella no respondió. Se agachó y agarró mi polla. Limpió la arena pegada en mi piel con su pareo. Me lanzó una mirada profunda y se la introdujo en la boca. Me estaba comiendo la polla al aire libre, y noté cómo se endurecía en su interior. Divisé en el horizonte cómo uno de los paseantes se giraba, en la lejanía, atento a nuestro encuentro. Otra pareja que caminaban por la orilla nos miró y ralentizó el paso.
—Nos están mirando—balbuceé.
—Pues que miren—dijo ella sin inmutarse. Poco a poco, la mamada fue cogiendo ritmo y tuve que reclinarme. Dejé de estar pendiente del entorno. Estaba tan cansado que una parte de mi consciencia se evadió. Sin perder la excitación, me traspuse y llegué a soñar brevemente. Soñé que estaba con ella. Me reincorporé, y estaba realmente con ella. Me vacié en su boca, y ella no hizo amago de sacar mi miembro de su garganta. Luego, se irguió y me dio un beso.
—¿Cuándo te vas?—Miré el reloj y me alarmé:
—¡Ya! Mi tren sale en una hora.
—Vete, anda. Lo vas a perder.

Salí precipitadamente y cometí la torpeza de no pedirle el número. Intenté localizarla durante el invierno pero fue en vano.

Este año he regresado al lugar. Llevo una semana y aún no la he visto. Pero pienso bajar todos los días a la playa, a deshojar la margarita hasta que llegue el treinta y uno y se celebre la fiesta del bikini. Llevo todo el año esperando. Necesito saber su nombre.

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