Italia, el sexo y el mar

El entorno era ideal para unos días de desconexión. Portovenere, a la orilla del mar de Liguria, en pleno agosto, cuando la calima se deja sentir con más fuerza sobre la costa italiana. Mi pareja y yo llegamos con la necesidad de desconectar, y para ello era fundamental salir de España, de sus costumbres, de sus tediosas noticias de actualidad política, de sus dimes y diretes sobre banderas, lenguas, arraigos, el concepto de nación y la corrupción en bote. No es que en Italia no existan estos problemas, más bien nos dan sopas con honda. Pero con tal de descansar de las caras y los discursos habituales, nos bastaba. Llegamos al atardecer, cuando el sol rojizo bañaba los barcos en los pantalanes.

Dejamos los trastos en el hotel y decidimos pasear por el pueblo y cenar algo. Acabamos en una taberna perdida entre callejones empinados, propia del pueblecito en el que nos encontrábamos, con fauna autóctona chapurreando el dialecto de la zona. Entre el cansancio del viaje y la excitación del inicio de las vacaciones, mi chica y yo nos entonamos a base de vinos y gintonics. Nos dio la risa tonta, y acabamos enrollándonos sumergidos en el entorno hasta que clausuramos el bar y nos fuimos al hotel. Percibí que en Italia cierran los garitos con prontitud austriaca.

De madrugada, me desperté. Vi a mi chica asomada en el balcón. La luna llena iluminaba la bahía de color azul, y se podía contemplar el cielo estrellado en su plenitud. Al fondo, frente a la costa se divisaba la isla de Tinetto, como si fuera el País de Nunca Jamás. La temperatura era perfecta para un paseo. Decidimos bajar a fumar un cigarro. Estuvimos paseando en el muelle, entre los barcos. De repente, la agarré de la cintura y nos colamos en un velero. Era tan bonito que me apeteció subirme a él. Me cautivó su nombre, “Pandora”. Nos besamos en la cubierta de la embarcación, y acabamos tumbados en el suelo.

Ella no llevaba ropa íntima puesta

Comenzamos a follar, mecidos al compás del tintineo de los mástiles y con la excitación propia de quien sabe que está haciendo lo que no debe. La despojé de su camiseta y sus pantalones cortos. No llevaba ropa íntima debajo. Giré su cuerpo y comencé a penetrarla por detrás.

De repente, observé que una de las ventanas de la escotilla tenía el visillo alzado, y unos ojos escudriñaban nuestros movimientos desde dentro del camarote. Le susurré a mi chica que mantuviera silencio, que nos estaban mirando. Pero ninguno de los dos hizo amago de frenar. La embestí con firmeza y ella se giró en dirección a la ventanilla. Al otro lado distinguimos cuatro ojos, dos de hombre y dos de mujer, mirándonos.

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Mi chica miró en dirección a los testigos, y luego se giró a mí. Su rostro estaba tan excitado que apenas podía hablar, pero me pidió que no frenara, que la embistiera con fuerza. Mientras lo hacía, ella se acariciaba por delante. Agarré sus senos con fuerza y esperé a que alcanzara el orgasmo, y me vacié a la vez. Quedamos tendidos en la cubierta, esperando que salieran desde dentro del barco dando gritos, o que en cualquier momento un carabinieri viniera a detenernos por escándalo público, allanamiento de morada o cualquier otro motivo.

Nada de eso sucedió. La cortinilla se cerró, se abrió la puerta del camarote y una mano nos alcanzó un pareo. Una voz femenina que nos dijo: “Buona sera”. Nos quedamos tumbados, bajo las estrellas y la luna, cubiertos por la prenda. La luz del amanecer nos despertó al unísono, y ambos decidimos huir de allí y continuar durmiendo en el hotel, que se encontraba a escasos metros. Hacía frío, así que envolví a mi chica en el pareo y decidimos llevárnoslo sin permiso.

Al día siguiente, pasamos el día en la piscina, reponiéndonos de la resaca de la noche anterior. Por la tarde, ya más animados, decidimos pasear por el pueblo y cenar algo. Mi chica se colgó el pareo sustraído en la cintura. Tenía los colores del arco iris. La idea era acercarnos a última hora al velero y depositar discretamente el pareo en la cubierta del barco. Como el pueblo no era muy grande, acabamos recorriendo las mismas calles del día anterior y terminamos bebiendo en la misma taberna.

Cuando ya llevábamos unos gintonics de más, se acercó una pareja, sin previo aviso. La mujer se inclinó sobre mi chica y le susurró: “Questo pareo é di me…” Nos quedamos de piedra. Él me dio la mano, y entre nuestro español y su italiano logramos entendernos. Estábamos el hombre y yo hablando de trivialidades, cuando la mujer italiana besó en la boca a mi chica, y la acarició el rostro diciéndole: “Bella…”.

Hice amago de marcharnos, pero nos invitaron a dar una vuelta en su velero al día siguiente y mostrarnos los pueblos de alrededor, a los que sólo se podía acceder de dos maneras, en barco o en tren. Decidimos la primera opción, claro. Al fin y al cabo, lo máximo que se le pueden pedir a unas vacaciones es que te hagan olvidarte de quién eres. En todos los sentidos.

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