Insultar en la cama, ¿fantasía o humillación?

Insultar en la cama, tema peliagudo donde los haya, especialmente si lo enfocamos desde un punto de vista feminista. ¿Hasta qué punto forma parte de nuestras fantasías más íntimas, a las que en líneas generales se recomienda dar rienda suelta para tener una vida sexual plena y saludable, o se podría considerar una forma más de humillación, especialmente peligrosa si se da por parte del hombre hacia la mujer? El tema es delicado y tiene múltiples aristas, pues los vínculos que se establecen en la cama no pueden disociarse, en este caso, de lo que ocurre fuera de ella. La sex coach Sylvia De Béjar lo resume así: “la habitación de dos adultos es un cuarto de juegos, y en tu habitación puedes jugar a lo que te dé la gana”. Eso sí, cuando acaba el juego se acaba todo, “y esa persona que hace un rato te insultaba pasa a tratarte estupendamente”, concluye. Es ahí, fuera del juego sexual, donde se libran las verdaderas batallas por la igualdad: donde las mujeres debemos mostrarnos inflexibles y exigir un trato siempre respetuoso e igualitario.

Del mismo modo lo ve la sexóloga y psicoterapeuta feminista Mónica Ortiz, representante del colectivo Desmontando a la Pili en Sevilla. Para ella, lo fundamental es pactar. “Dar rienda suelta a las fantasías sexuales siempre es recomendable, y si a ti te gusta que te insulten va a ser sano que lo materialices, siempre que a la otra persona le apetezca hacerlo. Para ello, es básico pactar antes, en frío: qué, cómo, cuándo parar. Que se establezcan unas normas claras y que todos los implicados las respeten”.

Para algunas, tener relaciones es una obligación

Para Ortiz, por desgracia, “las mujeres nos vemos sometidas a menudo a situaciones insultantes que no son insultos y a las que todas hemos accedido en algún momento de nuestras vidas sin ser apenas conscientes de ello”. ¿Un ejemplo? “A menudo las mujeres acceden a tener relaciones sexuales sin sentir deseo. Sienten que es una obligación, e incluso cuentan los días por miedo a poner en peligro la relación”. Según Ortiz, el feminismo debería poner el foco en este tipo de cuestiones, que tienen que ver con la manera de entender no solo la sexualidad, sino la intimidad y los afectos en el mundo de la pareja. “Es importante entender que una relación sexual no tiene por qué implicar orgasmo y penetración, sino que tiene que ver con nuestra manera de gestionar los afectos. Todos tenemos necesidades íntimas, no hay ninguna mujer que no las tenga, pero tal vez esta intimidad no implique coito y orgasmo y consista únicamente en estar desnudos en la cama, acariciándonos, por poner un ejemplo”.

Couple having sex

Para Ortiz es precisamente en la materialización de los afectos donde se encuentra la verdadera revolución feminista. O al menos una de ellas. “En el caso de los insultos, como en el de muchas otras fantasías, que una pareja consensue que va a insultarse y sea capaz de negociar en qué términos llevarlo a cabo es un símbolo de madurez emocional”, concluye. De Béjar coincide: “es peligroso que desde el feminismo nos permitamos reprocharle a una mujer que le gusta algo que la está degradando, cuando ella no se siente en absoluto degradada por ello”. En este sentido, deberíamos aprender mucho de la gestión del juego sexual que se realiza en el mundo BDSM, “donde todo se pacta previamente y los límites están tan claros que es difícil que alguien se sienta agredido”, explica De Béjar.

“Es sorprendente la cantidad de mujeres a las que les excita que las insulten, es un juego erótico muy común que muchas mantienen en silencio precisamente porque creen no solo que está mal visto, sino que es síntoma de un deseo enfermizo de humillación”, afirma De Béjar. Nada más lejos. De hecho, Ortiz asegura que “la fantasía de la violación es muy recurrente en muchas mujeres que se consideran feministas, y es algo que las hace sentir culpables. ¿Es preocupante? En absoluto. Teniendo en cuenta que vivimos en un contexto machista nuestras fantasías también lo son. Hay que cambiar el modelo y con él probablemente irán cambiando también nuestros deseos”.

¿Cuándo puede ser peligrosa la materialización de esta fantasía? De Béjar lo tiene claro: “cuando se dan contextos de abuso, del tipo que sea, fuera de la vida sexual, o cuando existe detrás de este deseo una verdadera perversión. De todos modos, no encontramos más disfunciones entre las personas que practican BDSM que entre aquellos que tienen una sexualidad llamémosle tradicional”, dice. Ortiz coincide, y añade que “es una práctica peligrosa cuando la mujer accede a ella sin desearlo, porque siente que es lo que debe hacer”, aunque admite que es un tema que divide al feminismo. “Probablemente muchas feministas dirán que es intolerable que se dé una situación más de humillación del hombre hacia la mujer”, y que el insulto puede ser visto como un instrumento más del heteropatriarcado para colocarnos, al fin, en una posición de inferioridad y sometimiento en todos los aspectos de la vida.

Tanto Ortiz como De Béjar asumen la complejidad y delicadeza del asunto pero coinciden en que si se dan una serie de premisas (consenso, consentimiento, madurez y, por supuesto, respeto absoluto fuera de la cama) la materialización de las fantasías sexuales solo puede ser positiva. “Cualquier fantasía es rica desde el momento en que se coloca en el cerebro como fuente de deseo”, asegura Ortiz. “Las personas normales tenemos fantasías”.

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