Hablamos de prácticas de riesgo: ¿te suena el bugchasing?

Hay una orgía entre varios hombres que se desconocen entre sí. Han contactado por redes y han creado un grupo para tener sexo. Todos follan sin preservativo. Y, entre ellos, hay algún portador del VIH. Sin embargo, nadie (o casi nadie) sabe su identidad. En esto consiste lo que viene a denominarse el bugchasing o “caza del bicho”, donde bug viene a identificar el VIH. Es una práctica sexual donde los participantes buscan exponerse al riesgo de contraer VIH en sexo grupal, debido al morbo que puede producir la situación. O, incluso, buscan su conversión en seropositivos, como una forma de cambio de identificación dentro de la comunidad gay. De ahí que, en ocasiones, el llamado bug o bicho se transforme en  un gift, en un regalo que se da y que se recibe.

Como toda filia, esta práctica desarrolla un lenguaje paralelo al lenguaje convencional del deseo: el que anhela ser contagiado con el virus o exponerse a él se denomina a sí mismo un bug chaser o “cazador del bicho”, y espera recibir el regalo (gift) del portador del VIH o gift giver. Y aquí, el concepto de “regalo” es clave, ya que incluye la idea de sorpresa: es ahí, en lo imprevisible, en el desconocimiento de los efectos, donde radica el morbo de la situación. En la incertidumbre de si la persona con quien se folla a pelo tiene “el regalo”, o en la incertidumbre de si, teniéndolo, se le ha contagiado (dadas las diferentes probabilidades que se dan en cada práctica individual). De ahí que se le llame también la “ruleta sexual”.

Intimate gay couple

De todos modos, existen también quedadas en las que solo se permite participar a hombres con VIH-positivo, donde la idea de comunidad se crea en torno a la presencia del bug. No obstante, el recontagio con otra cepa del virus es posible, así que no hay que bajar la guardia ante ninguna situación.
Pero, ¿es todo morbo? ¿O hay motivos más profundos que vayan más allá de la excitación del momento? Está claro que, tras la expansión del tratamiento antirretroviral a mediados de los años noventa, el suicidio queda desterrado entre las causas. Sin embargo, los motivos más comunes habría que buscarlos en el estado identitario que uno puede experimentar tras conocer que se es portador del VIH.

Muchos de los que lo practican buscan pertenecer a una comunidad

El doctor Mark Blencher, en su célebre artículo “Intimidad, placer, riesgo y seguridad” (2001), señaló que muchos de los practicantes del bugchasing eran seres aislados que buscaban pertenecer a una comunidad que les brindase protección. Y, dentro de la comunidad de afectados por el VIH, los lazos de ayuda y mutuo cuidado son más fuertes que en la comunidad homosexual, por lo que el encuentro con esta red de refuerzo podría llevar a desear el contagio. Además, “riesgo, intimidad y placer tienen unas interacciones sutiles que, en ocasiones, son inconscientes”, señala en su artículo, desmontando numerosos clichés sobre salud y deseo.

Pero hay más. Muchos experimentan una terrible ansiedad ante la omnipresente duda sobre si se tiene o no el VIH tras una práctica de riesgo. Y, a través del bugchasing, se procede a suprimir dicha angustia: si se tiene, ya no hay dudas. Ya no hay ansiedad. Se inicia el tratamiento antirretroviral y se elimina la angustia ante un futuro contagio. El doctor Josep Mallolas, del hospital Clinic de Barcelona, narra a la Cadena SER Catalunya la conversación que tuvo con un joven de veinte años sobre el deseo de tener el VIH: “cuando antes me infecte y antes me trates y yo esté con una carga viral indetectable, yo ya no sufriré por si me infecto”, le comentaba el joven. El bugchasing suele estar conectada con el deseo de tener sexo sin protección, y tener el virus e iniciar el tratamiento antirretroviral puede verse como una alternativa al uso del condón. Aunque todo esto sería innecesario si en España se introdujese el tratamiento postexposición o PrEP.

Todos estos encuentros suelen organizarse por internet, a través de chats o foros donde se usan nicks o alias que hablan, sin hablar, del tema. A partir de un análisis de 1228 perfiles de bugchasers o gift givers, los doctores Cristiano Grov y Jeffrey T. Parsons publicaron en 2006 una investigación que arrojó algunos resultados curiosos como, por ejemplo, que el 62,2 % de los bugchasers preferían el sexo anal receptivo al insertivo. Sin embargo, la red podría sobredimensionar las cifras de una práctica de la que no se tienen estadísticas fiables y que, como cualquier elemento relacionado con el deseo, es difícil de cuantificar y analizar.

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