Gabriel, el nuevo juguete erótico para mujeres

Parece ser que por fin, tras siglos de espera, ha hecho su aparición estelar Gabriel. No es que haya venido, como el arcángel, del cielo, sino que ha venido de una empresa especializada en fabricar muñecas eróticas. Tampoco ha venido a traernos la buena nueva de Dios, en realidad, viene a ser usado como juguete erótico. Ni está dotado de alas y coronado con el soplo divino en la frente, está más bien hecho de silicona y de pelo sintético. Ni, finalmente, ha aparecido entre sueños premonitorios a ninguna virgen, lo ha hecho directamente en el mercado y a un precio que rondará los 5.000 euros.

En la campaña promocional de esta enésima maravilla entre las maravillas, que promete saciar y revolucionar la sexualidad femenina, no faltan ni la oportuna sexóloga (que ha tenido el privilegio de ser la primera mujer entre las mujeres en catar al bueno de Gabriel), ni los argumentos: si los hombres han sentido desde la antigüedad la necesidad de crear y ayuntarse con réplicas sintéticas de mujeres, ¿por qué no podemos hacer nosotras, las mujeres, lo mismo? Gracias a Gabriel, las mujeres podremos derribar el tópico de que necesitamos sentimientos para mantener relaciones sexuales. También he oído declaraciones de la “experta” del tipo (y cito literalmente); “Es casi escalofriante; es absolutamente indistinguible de una persona real. Tú tienes el control por completo.”
Como a servidora ya le cuecen los pies y le hierve la cabeza de bobadas y, además, empieza a ver que el agua ya nos ha sobrepasado el cuello, dejadme soltar, como los submarinos, alguna que otra “contramedida”.

La dependencia emocional de un objeto no es nueva

Cuando era niña tenía un osito de peluche al que llamaba “nounours”. No podía conciliar el sueño si no lo olía. Cuando mi madre lo tiró a la basura, de puro uso, del osito sólo quedaba su patita derecha. Casi hubiera preferido que fuera ella la que acabara junto a las raspas de sardina.

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La dependencia emocional de un objeto no es extraña entre los niños. Por ejemplo, Linus, el personaje de Charlie Brown, necesita siempre de una mantita a su lado para confortarse y sentir seguridad. Sin su mantita, Linus pierde su esfera de protección, algo muy necesario en la infancia, pues la infancia es aquella época de nuestras vidas en la que todavía no somos capaces de establecer relaciones con el mundo ni mucho menos tenemos aún la osadía ni la preparación para algo tan correoso, serio, comprometido y difícil como conformar pareja. Después de la infancia, en la adultez, ese terror al otro derivado de la inseguridad propia se nos suele pasar y nos enfrentamos a la fascinante existencia en comunidad.  Así, la mantita de Linus o mi osito servían como un fetiche, como un parcialismo, algo que  siendo una parte representa el todo, consiguiendo la sensación de que, al tener control sobre esa parte controlamos ese todo.

Gabriel es de ese tipo de fetichismo: él es el hombre perfecto (con pichita y todo) pero sin hombre. Él simboliza la secreta aspiración de reducir un ser humano a un cuerpo. Su realismo resulta “escalofriante”, y escalofriante es pensar que, para alguien, un muñeco pueda ser “indistinguible de una persona real” y que aspire a tener “el control por completo” sobre él, pues sobre las personas reales nunca podemos (y además no debemos) tener ningún control absoluto. Conviene recordarlo. Del mismo modo que conviene recordar aquel refrán castellano de que “dos que duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma condición”. Me parece que vamos a acabar pareciéndonos más a Gabriel que él a nosotras.

¿Por qué tenemos que hacer lo mismo que hacen los hombres?

Una segunda contramedida de orden feminista (aunque haya feministas que no la entiendan): estoy hasta el coño de oír decir que si los hombres hacen esto y aquello y lo de más allá, que nosotras también tenemos que hacerlo. Personalmente, no quiero hacer la idiota por mucho que algunos hombres lo hagan, y quizá sea así porque yo respeto a los hombres pero no los admiro indiscriminadamente como parece hacer la radicalidad de ciertos feminismos. Si ellos pueden follar sin sentimientos, nosotras también, si para ellos nosotras solo somos un agujero, ellos para nosotras solo serán una polla, si ellos son incapaces de establecer un compromiso, pues nosotras nos pasamos por el ojete el compromiso. Actuar así, por resentimiento, tiene al menos dos inconvenientes; el mencionado de tener que estar siempre mirando (admirando) lo que hacen los hombres y dependiendo, por tanto, extraordinariamente de ellos, dando por supuesto que todo ese atajo de tópicos en el que fundamentan la categoría “los hombres” es cierto. Y eso no es igualdad, es igualación. Es integrar en lo mismo la diferencia natural, no equiparar en igualdad de derecho la diferencia natural.
A ver cuándo dejan de enarbolar la bandera del feminismo para vendernos algo y a ver cuándo dejamos de hacer igual que los hombres y empezaremos a improvisar algo nuevo… No por el bien de las mujeres sino por el de la humanidad.

No tengo nada en contra de la infancia (que me parece maravillosa siempre que no nos obliguen a volver a ella), ni nada en contra de los fetichismos, que me parecen un territorio que muestran la amplitud, la belleza y la complejidad de la condición erótica humana, pero sí que me repatea esta enésima aspiración de tenerlo todo sin perder nada. Si esa quimera, un día, se cumpliera, lo único que conseguiríamos es perderlo todo obteniendo la nada a cambio.

Hay que ver para lo que da el bueno de Gabriel… que vino de Los Ángeles. De los EE.UU., no del cielo, que nadie se lleve a engaño…

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