¿Follan bien los jóvenes?

Una de las estadísticas de las que se realizan en este país y que más me sorprende en el análisis de sus resultados es la que se refiere a los índices de lectura. Según esas estadísticas, las conclusiones se pueden sintetizar en que todavía se lee muy poco pero cada vez se lee más y se editan más libros. A partir de ahí, los múltiples “analistas” suelen coincidir en el juicio: es un hecho enormemente positivo que cada día se lea más y se publique más.

Pero, y ahí mi desconcierto;  ¿de qué sirve leer más si lo que se leen son tonterías?, ¿qué refleja que nuestro sector editorial siga incrementando su número de publicaciones si lo que se publica son cada vez más bobadas? Naturalmente, si lo que queremos es formar bobos y consolidar la tontería, la noticia sería indiscutiblemente positiva (nada como dar de comer simplezas para construir a un simple y que este simple propague la simpleza por el ancho mundo), pero si lo que de verdad nos preocupa es facilitar recursos para el pensamiento crítico, dotar de referentes sólidos a nuestra capacidad de análisis o fomentar nuestras estructuras de pensamiento simbólico, lo que debería preocuparnos no es si se lee o publica más sino qué se lee y qué se publica. Es decir, nos tendría que preocupar lo cualitativo muchísimo más que lo cuantitativo.

La información sexual no sirve de nada si no se selecciona

Con la información sexual como base de formación de los jóvenes en la comprensión y puestas en prácticas de sus afectos eróticos sucede exactamente lo mismo. De nada sirve (al menos de nada bueno) la información si no se sabe seleccionar o discriminar, si no se tiene capacidad de comprenderla y si no se puede someter a un avezado juicio crítico. Faltando esos parámetros, la información deviene distracción o ruido. Así, con el número ingente de “información” (pornografía incluida) de presunto carácter sexual con la que bombardeamos a los jóvenes a diario, podría llevarnos a la conclusión de que un joven de nuestros días (que tiene un volumen de información sexual que, para adquirirlo, mi padre tendría que haber vivido 183 años) ha alcanzado la excelencia en esto de relacionarse eróticamente e interactuar sexualmente con otro. Sin embargo, la realidad es otra.

¿Qué significa “follar bien”?

Cuando decimos “follar bien” conviene matizar qué significa eso. Habrá quien piense que follar bien es conocer trucos, posturas y puntos o mantener unas tasas de rendimiento propias de un atleta en año olímpico. Pero no es eso en absoluto… y si ese fuera el baremo que determina el bien o el mal, tampoco los jóvenes, pese a la ingente información que tienen, nos llevarían ventaja. Un joven de hoy no tiene más maestría en una interacción sexual que uno de hace dos generaciones. Posiblemente tiene más “naturalidad”, aunque tiende a ser más pacato y restrictivo, que la que teníamos los de mi generación en abordar eso de acostarse con alguien, pero sigue cayendo en los mismos errores en los que caíamos nosotros: premura, exceso de presión, cierto egoísmo o demasiado “altruismo”, dificultad para la gestión emocional y negociadora, etcétera, etcétera.

Happy man and woman lying in bed with eyes closed

Elementos propios de la inmadurez, que por cierto, hoy en día se alarga más que un chicle cuando se te pega a la suela del zapato. Los jóvenes de hoy suelen ser, y siempre hablando en general, más inmaduros y tardan mucho más en alcanzar la madurez (si la alcanzan) y no porque sean más tontos sino porque están mucho más exigidos por muchos frentes y formados, en ocasiones, por personas que, muchas de ellas, no alcanzaron eso mismo de la adultez y, por tanto, no la pueden transmitir.

Pero, “follar bien” no es saber mover las mazas en un ejercicio de gimnasia rítmica, sino el poseer el mayor número posible de todos los elementos que permiten el desarrollo satisfactorio y el despliegue de la propia sexualidad y el saber obtener y procurar (compartir) las óptimas manifestaciones de los afectos que posibilitan el valor (y no el problema) de su condición sexuada.

“Folla bien”, entre otras cuestiones, aquel o aquella que procura una máxima satisfacción afectiva y corporal a él/ella y a sus vínculos. Si tomamos, por ejemplo, la salud sexual (la base del bombardeo informativo que realizamos a nuestros jóvenes), cabría esperar que, entre los jóvenes, hubiera descendido el número de consecuencias adversas (las que hacen daño a uno y otro) de una interrelación sexual, desde los embarazos no deseados a las enfermedades de transmisión genital pasando por los abusos y violencias en toda su escala, y así poder afirmar que, por esos parámetros, “follan bien”.

Pero lo cierto es que toda esa información de salud sexual sigue sin surgir efecto beneficioso, las ETG, por ejemplo, están lejos de disminuir y asistimos a repuntes insospechados de algunas que creíamos ya prácticamente cosa del pasado… Consecuencia del desprecio por el preservativo femenino o el hecho de que el condón masculino siga siendo algo más propio para recogerse una cola que para enfundar la cola (vamos, que se lo pasan más por lo huevos que ponérselo en la polla).

Despreciar o no saber usar las más eficaces herramientas anticonceptivas y profilácticas que tenemos (que no quiere decir no saber ponérselo sino no saber el sentido que tiene ni a partir de ahí integrarlo en las eróticas) es síntoma inequívoco de follar mal, muy mal. Y nuevamente tienen responsabilidad los jóvenes pero también quienes los instruimos con un error de partida: el haber hecho por miedo e ignorancia de la compleja “educación sexual” es decir, la educación en los valores que conlleva ser sexuado, la mera “salud sexual”. Que es lo mismo que proveer a los jóvenes de coches con airbag sin enseñarles a conducir.

Que nuestros jóvenes no follen bien es recalcar nuestra torpeza como adultos en materia sexual

En la celebérrima película de Ridley Scott, “Gladiator”, todo el mundo suele quedarse con lo que dice el general protagonista en su arenga a las tropas;  eso de “fuerza y honor” o que “lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad…” Además de alguna que otra que firmaría el mismísimo Coelho, pero son menos los que reparan en el diálogo entre Marco Aurelio y Cómodo, cuando el estoico emperador intenta consolar a su hijo indicándole que sus defectos como hijo son sus fracasos como padre, o dicho de otra manera, que las carencias que su hijo pueda tener son las incapacidades que él, como padre, le ha transmitido.

Llegar a la conclusión de que nuestros jóvenes “no follan bien” no es menospreciar a nuestros jóvenes sino recalcar nuestra torpeza: las insuficiencias, negligencias, miedos, estupideces e incompetencias que, en materia sexual, y como adultos, les estamos transmitiendo.

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