Esto es lo que piensan las prostitutas de sus clientes (y te sorprenderá)

El cliente de prostitución tiene mala fama. No suelen hablar a rostro descubierto, pocos se atreven a reconocer que pagan por sexo y al igual que ocurre con la prostituta, sobre ellos recae un estigma. Una parte de la sociedad, a menudo, les acusa de deshumanizar a las mujeres pagando por sexo, como si éstas fueran un “objeto de consumo”. ¿Realidad o estereotipo?

Algunos estudios como los publicados por APRAMP (Asociación para la Prevención, Reinserción y Atención de la Mujer Prostituida) o por el Doctor en Sociología José López Riopedre, se aproximan a la figura de los clientes. Sin embargo, quienes mejor les conocen son las propias trabajadoras sexuales. “Quien paga manda, es un dicho que caducó hace mucho en este trabajo”, explica Ariadna Cases. No ha pisado los treinta y lleva casi diez años ejerciendo como trabajadora sexual. Como todas aquellas que se dedican a este negocio, conoce el perfil heterogéneo del cliente. Hay viudos, casados, jóvenes, tímidos, obreros, ociosos, discapacitados, vírgenes… Algunos solicitan un servicio sexual de forma recurrente y otros, en cambio, son más asiduos a las visitas esporádicas. Hay quien prefiere visitar un club, acudir a un “piso de citas” o contactar con una trabajadora sexual que ejerce en la calle. Sus motivaciones son diversas: matrimonios sin sexo, promiscuidad, ocio, dificultades para ligar…

“Mis clientes son personas con las mismas cotidianidades que cualquiera. No son delincuentes y mucho menos violadores. En su mayoría son hombres que respetan totalmente mis condiciones y mis honorarios”, afirma la escort Kenia García que lleva en la industria del sexo en España desde 2013. Según su experiencia no solo buscan placer sexual sino también compañía: “Nosotras somos personas tan capaces como cualquiera de empatizar, comprender, escuchar y ofrecer.” Desde Buenos Aires, al igual que sus compañeras de profesión, Melisa de Oro (también conocida como Stella de Vita) señala la importancia de ceñirse a lo pactado y por tanto, la necesidad de que la comunicación sea obvia y fluida: “somos putas, no adivinas.”, comenta.

Hay cretinos… como en otros ámbitos

No obstante, este no es ningún mundo ideal. Kenia señala que, pese a que no son bien recibidos, hay cretinos… “pero como en otros ámbitos, como en el matrimonio…”. Ante esto, muchas trabajadoras sexuales tienen sus propias estrategias para filtrar aquellos clientes que pudieran ser problemáticos o desagradables. Para Ariadna, la clave está en personalizar su anuncio y fomentar el contacto por e-mail con el cliente. Insiste en la importancia de tener una batería de preguntas que permitan hablar de los gustos de ambos, que esperáis cada uno de la cita… “Cuando ya le conozco un poco y me parece una persona respetuosa, le pido que me llame. Ahí aprovecho para matizar lo hablado por email y si su tono de voz me da seguridad, concertó día y hora para una cita.”

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En enero, Aeris (nombre profesional) cumple un año como trabajadora sexual. Su juventud no le resta contundencia a la hora de negociar con un cliente y de rechazar a aquel que no secunda dos valores, que para su juicio, son claves: educación y respeto. “Es un gusto atender a aquellos que entienden mis normas. Es cierto que algunos intentan evitar el preservativo durante el servicio o que después de este se ponen muy pesados y tengo que bloquearlos, pero son los que menos.”

Educados, corectos y sensatos

Tras treinta años de profesión, Martina de la Terra solo es capaz de dedicar buenas palabras a sus clientes. Educados, correctos y sensatos son palabras que asocia a los hombres con los que tiene varios encuentros sexuales por dinero: “Cuando la educación y la sensatez están presentes, el feeling surge”.
La experiencia de Saisei-chan con sus clientes también refleja un contexto positivo. En los tres años que lleva en este mundo es capaz de afirmar que “en ningún momento se establecen dinámicas violentas ni física ni simbólicamente”. Sin embargo, lo que le molesta es que el cliente proyecte su culpa y cuestione a la profesional, en vez de asumir que él ha contratado el servicio.

La criminalización del cliente como forma de hostigamiento a la prostituta

Pese a sus particularidades, todas estas mujeres tienen algo en común: no son objetos sexuales sino que actúan como agentes sexuales, capaces de rentabilizar su sexualidad y obtener un beneficio de ella: “¡quien nos persigue atropella la libertad para decidir sobre nuestros propios cuerpos! El abolicionismo es la policía del sexo. Son fundamentalistas morales disfrazadas de buenas intenciones”, señala Melisa de Oro.

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Estas mujeres no se mueven en el escenario atroz de la trata de personas con fines de explotación sexual. Ejercen la prostitución de forma autónoma y defienden no solo su actividad sino también la libertad del cliente: “Penalizarle, ¿con qué motivo? Está contratando un servicio que yo misma ofrezco y cuyos límites establezco. No me está violando ni está haciendo nada en contra de mi voluntad. El problema es ese discurso que confunde “voluntad” con “deseo” y que, por ende, equipara mi trabajo a una violación. Yo no permito en ningún momento que sobrepase los límites que hemos pactado”, explica Saisei-chan.

Para Aeris las políticas abolicionistas que persiguen al cliente se traducen en una mayor vulnerabilidad para las trabajadoras sexuales: “instan a los clientes a buscar servicios sexuales atropelladamente, más ocultos, obligándonos a pactar con más rapidez y dejando condiciones en el tintero, perjudicándonos más. Al final es una cadena que se vuelve en nuestra contra.” La visión también es compartida por Kenia, quien anhela una mejora de condiciones para el colectivo: “La prostitución requiere de derechos, garantías y compromisos, no de penalizaciones”, concluye.

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