¿Está cambiando el feminismo nuestra forma de ligar?

Nuestra vida erótico-festiva se parece cada vez más al caos que a un capítulo de Sexo en New York. La masculinidad está en crisis y el feminismo en auge. Pese a ello, ni hombres ni mujeres han dejado de desearse, de empotrarse y de tener sentimientos. En un mundo donde las mujeres han ganado poder, autoridad y credibilidad en el espacio público, los hombres no han sabido asimilar nuevas posibilidades en el terreno sexo-afectivo. Tirando de la generalización (y que me perdonen mis adeptos), como grupo, los hombres son testigos de cómo han evolucionado los roles en las últimas décadas, pero continúan sin encontrar un modelo de masculinidad que les permita seguir siendo hombres y mantener a raya las conductas machistas.

Justo, sobre esta identidad indefinida, en trance, que parece más bien una posición de apariencia y bloqueo, caen parte de las quejas de muchas mujeres: el impostor también hoy se hace llamar feminista. Desentona bastante con aquellos que están absolutamente convencidos porque no tienen que estar justificándose continuamente sobre lo feministas que son, lo interesante que les parece Judith Butler o lo progresista que es quedar para follar y que le comas las pelotas.
Por supuesto, a veces no es tan obvio. Personalmente siempre me ha llamado la atención el tipo que va de feminist icon, comparte su indignación por la violencia machista en sus redes sociales y en la intimidad, como sucia táctica de ligoteo, se empeña en hacerte sentir por encima de otras mujeres. Al principio te sientes halagada, después constatas que solo es otro imbécil jugando a ser un príncipe azul en la época del #MeToo. El patrón es simple: primero te adora, te da bola, te hace sentir una diosa, te promete… Cuando ya te tiene ilusionada, cuando sientes que ya puedes confiar en él, ¡desaparece! Te lee y no te responde, te da largas, te pone excusas… y al cabo de un tiempo te pide que no te enfades, que no es para tanto, que todo guay y que le perdones.

Mi consejo es claro: vengan de donde vengan, tengan el sexo que tengan, evita a los idiotas. Un tío con complejo de fantasma no busca una amante sino una fan, un felpudo o una madre. Él quiere tenerte ahí, que le levantes la polla y la autoestima. Cuando él pueda. Cuando él, en definitiva, te lo conceda. Como es evidente, esta demanda no se da en un plano de igualdad sino de dependencia. Una cosa es cooperar y negociar, y otra muy distinta resignarse, conformarse y justificar: ¿acaso te interesa?

Cute couple having a drink

Es cierto que la seducción implica siempre unos riegos, empezando por el rechazo, pasando por la desilusión y barajando, también, la torpeza. Hay tipos torpes y tipos idiotas, incluso tipos que aúnan las cualidades de uno y otro. Las mujeres no somos responsables de sus actitudes ni culpables de sus tropiezos. Si de algo podríamos responsabilizar a las mujeres en este aspecto es de nuestro particular miedo a poner límites y a no desprincesarnos.
Nosotras, que somos carne de revolución, que nos creemos feministas tanto en lo personal como en lo político, continuamos teniendo ciertas dificultades para cuidarnos y no hacerle un jaque mate a nuestra autoestima. Las mujeres seguimos temiendo que no nos quieran, que nos desprecien físicamente o que ensucien nuestra reputación. ¿Hasta cuándo va a durar esto?

Si le hemos perdido el miedo a la palabra “puta” para poder vivir nuestra sexualidad de una forma libre, quizá también es hora de deshacernos del temor a ser una auténtica zorra. Con ello no quiero decir que nos guste ser unas zorras sino que a veces, en este mundo hostil, esa es la única opción que tenemos si no queremos que un tipo, muy feminista y mucho feminista, nos estafe emocionalmente. Ser astuta y poner límites posiblemente jamás nos concederá la fama de buena nena, pero este es el peaje que las mujeres tenemos que pagar si de verdad nos hemos cansado de sonreír y aguantar las miserias de un modelo de masculinidad que no nos compensa.

Como decíamos en un principio, el feminismo nos condiciona en la seducción, pero también en la forma que tenemos de gestionar, en ese plano, las urgencias del deseo y los fracasos. Hoy los hombres se enfrentan a una nueva generación de mujeres: aquellas que no son complacientes y que no se van a esforzar jamás por serlo. Sin embargo, aunque duela admitirlo, hay quien desvirtúa esto, mostrando una actitud siempre defensiva, neurótica y desquiciada.
En este periodo de incertidumbre, algunas mujeres aprovechan la mayor sensibilización social ante el acoso machista para criminalizar la seducción cuando la iniciativa la detentan los hombres. Se equivocan: yo no quiero vivir en ninguna urna de cristal, no quiero ser un objeto al que solo miran. Al contrario, quiero seguir teniendo el derecho a interactuar con tíos, a que llamen mi atención y a ignorarles, a decir no cuando no quiero y también a mostrarme recíproca, a decir sí, sí me apetece, hagámoslo, fóllame y no tengas miedo.

Es cierto que los códigos de flirteo están cambiando, pero los hombres continúan teniendo la oportunidad de poder llamar nuestra atención en un bar sin que tal actitud se considere acoso. Porque seamos francas, el hecho de que un tío te interrumpa, educadamente, para invitarte a una copa, no le convierte en Harvey Weinstein.

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