¿Es el manifiesto francés que lidera Deneuve más machista que feminista?

Catherine Deneuve se une al club de las malas feministas. Un club, inaugurado por la escritora Roxane Gay, donde las mujeres que cuestionamos o disentimos de ciertos planteamientos del movimiento feminista somos condenadas al señalamiento, la censura o la criminalización absoluta. Se juzga antes de comprender. Se lincha para seguir ostentando una supuesta autoridad moral. Se presupone antes de analizar. El movimiento #MeToo rompió el silencio del acoso y el abuso sexual en Hollywood. Pero faltaba confrontación y entonces, un grupo de personalidades, artistas y feministas francesas sacó el látigo. Hay quien entiende su intromisión como elemental y quien, por el contrario, subraya sus declaraciones como desafortunadas. ¿Y si fuera una mezcla de todo?

Si nos ceñimos al manifiesto, es difícil encontrar un interés por negar o disculpar la violencia sexual contra las mujeres. Lo leo y releo. Parece más bien un intento torpe de plantear que el acoso sexual a menudo depende de la tolerancia de la mujer con respecto a ciertas situaciones y su sentido de la ofensa. No estamos ante una declaración de guerra. Demonizar el texto imposibilita que podamos comprender y reflexionar sobre sus múltiples matices. No podemos ser neutrales ante la violencia sexual, pero sí optar por un posicionamiento pragmático y anti censura a la hora de discutir qué puede ser o no ser ofensivo, obsceno o intimidatorio para una mujer.

Por su parte, la opinión pública y ciertas voces feministas se han centrado en criticar esa supuesta vuelta al puritanismo sobre la que ponen el grito en el cielo las francesas. Lo entiendo y comparto la réplica: por mucho que Facebook se sonroje ante nuestros pezones, pretenda censurar un cuadro de Balthus en el museo Metropolitan de New York (Met) o ciertos discursos (donde confluyen la izquierda, la derecha y por supuesto, el feminismo) pretendan criminalizar el capital erótico del que pueden hacer uso voluntariamente las personas, vivimos en la época menos recatada de la historia. No obstante, el manifiesto reivindicativo de Catherine Deneuve y amigas plantea cuestiones bastantes interesantes más allá de su “patinazo puritano”.

Man touching woman's butt - sexual harassment in office

Quizá sea mucho más polémico lo que podemos leer entrelíneas: ¿Toda experiencia sexual desagradable para una mujer es violación? Esta pregunta no es nueva. En 1991 la irreverente feminista Camille Paglia sentenciaba: “Aborrezco totalmente esta amplia idea de violación, que es una atrocidad, a las cosas que salen mal en una cita (que todos conocemos, ya sabes, cosas pequeñas, falta de comunicación) en las universidades de élites mimadas.” No es la única. La filósofa y escritora estadounidense Christina Hoff Sommers, a modo de anécdota, contaba hace años en una entrevista cómo en la Universidad de Pennsylvania, una estudiante confesaba haber sufrido una “mini-violación”. ¿A qué se refería esta estudiante? ¡Al hecho de que un chico se había acercado y piropeado sus piernas! ¿Acaso esto no es sumamente contraproducente para consolidar un discurso serio, sensible y comprometido contra la violencia sexual?

Estamos ante un debate enriquecedor

Estamos ante un debate enriquecedor, necesario y valiente. “Para mí, es alarmante el silencio durante décadas que perpetúa el estigma de ser víctima oculta, como si fuera vergonzante que un tipo sin escrúpulos ni moral decidiera abusar de ti. El silencio es preocupante porque revela un síntoma de una enfermedad social y también porque impide la pronta recuperación de la víctima. El #MeToo no debería servir para señalar a la que por las razones que sea, calla. Porque la víctima tiene ese derecho. Pero sí creo que una vez que lo dices es conveniente decir el nombre del tipo.” Son palabras de María Blanco, profesora de Economía de la Universidad CEU-San Pablo y autora del libro ‘Afrodita Desenmascarada’.

Poner límites es un recurso indispensable en la convivencia comunitaria y esos límites también deben mantenerse en el terreno de la sexualidad, no por una cuestión de autoridad sino atendiendo a razones de salud e integridad. “El Código Penal es la última herramienta que tiene una sociedad para sancionar conductas: solo debe contener y castigar las conductas que socialmente se considera que son más reprochables. Por eso creo que los limites que deben respetar los hombres, para no violentar a las mujeres, deben ser más extensos y amplios que los previstos en el Código Penal”, afirma Inés Herreros, fiscal y portavoz de la Asociación Gafas Lilas contra las violencias machistas.

Herreros insiste en que cuando hablamos de violencia sexual, englobándose aquí el acoso sexual o la violación, estamos en un terreno delictivo y la vulnerabilidad de la víctima es mayor cuando hay ingesta de alcohol y drogas: “El solo hecho de que la mujer, como consecuencia del alcohol, tenga anulados sus frenos inhibitorios y no pueda oponerse al acceso sexual o incluso no pueda mostrar una clara resistencia, es un hecho castigable como delito contra la libertad sexual. Se entiende muy bien en otros ejemplos. Está claro que no se puede hacer un tatuaje a una persona ebria, ni se permite la firma del consentimiento para una operación de una persona drogada. ¿Por qué no nos resulta tan fácil de entender si se trata de sexo?”, reflexiona.

¿De verdad es lícito un derecho a importunar?

En una línea muy similar, Miguel Vagalume, cabeza visible de Golfos con principios y sexólogo especializado en relaciones no monógamas, señala: “Dentro del modelo judicial/policial que nos movemos, a menudo se tratan estas situaciones buscando pruebas concluyentes, culpables, testigos, penas… y ahora es la primera vez que no se exige todo eso para poder decirlo públicamente. La situación en la que estamos es una oportunidad inmejorable que se está aprovechando en muchos espacios para pensar y repensar sobre el consentimiento y el consenso, sobre las maneras de tratar estos temas sin que se terminen desintegrando comunidades muy pequeñas que giran en torno a identidades, prácticas y relaciones no convencionales.”

woman with a symbol for gender equality

El consentimiento empieza a reivindicarse como una forma de rebeldía ante los roles machistas, donde pueden confluir desde la actitud de galantería hasta la chulería del “chico malo”. El manifiesto francés sugiere esto como una amenaza para la seducción y reivindica el derecho a importunar. El abordaje en este aspecto es pésimo y cuestionable. Herreros es rotunda al respecto: “No creo que haya que dar ningún crédito a la ideología patriarcal que pretende hacernos creer que se puede confundir la seducción con las agresiones sexuales. Y ni siquiera cuando elija a algunas mujeres como sus portavoces. Los hombres que no son capaces de entender que las mujeres somos seres dotados de la misma ciudadanía que ellos, o aquellos que no entienden que cuando las mujeres dicen “no” significa “no”, son los mismos que nos van a enredar con confusiones absurdas con las que pretenden justificar sus conductas violentas.” Por su parte, Blanco, en cuanto al acoso sexual, apunta que la clave está en la intención intimidatoria y pone la atención en la relación de poder: “Amenazar, intimidar, presionar, cuando tienen una posición de superioridad en algún aspecto: edad, rango laboral, por ejemplo, es acosar. Aunque no te pongan un dedo encima.”

Los estereotipos machistas impregnan la sexualidad

Los estereotipos machistas que impregnan la sexualidad están en el punto de mira, la vieja moralidad sexual se cuestiona y la nueva todavía lucha para definirse, entre la indignación popular, la guerra cultural y el fantasma del pánico social. Se señala el peligro no para negar el placer sino para posibilitarlo: “Heredamos esa visión del hombre permanentemente deseante y la mujer que debe protegerse para proteger un determinado statu quo social y su “virtud”, como un bien público compartido. Hay muchísimo trabajo por hacer en  educación sexual (no genital, sino de todo lo relacionado con nuestra sexualidad) que parece completamente ausente de la educación obligatoria y no parece que vaya a aparecer pronto… La sexualidad no es algo que se hace de vez en cuando en privado, sino algo que nos compromete, implica, complica, cambia de manera integral todo el rato. Esto es más amplio que genitales, infecciones y embarazos”, continúa Vagalume.

La sexualidad es un terreno vulnerable a los abusos del machismo, al control del Estado, al puritanismo y por supuesto, a las subjetividades e historias individuales de cada persona. Pero, como recoge Blanco, a modo de conclusión, no podemos usar los casos de violencia sexual para rechazar la igualdad ante la ley u olvidarnos de la presunción de inocencia: “No todos los hombres son violadores, no todas las mujeres somos unas guarras dispuestas a ascender practicando felaciones. Esos estereotipos falsos solo caben en mentes muy sucias, enfermas o con intereses creados. Hemos pasado de denigrar a la mujer por ser la tentación de Adán a denigrar al hombre por ser un violador potencial. Para una víctima de abusos, salir a la calle y convivir con hombres creyendo que todos son violadores potenciales implica no recuperarse jamás.”

Quizá sea el momento de pararnos a pensar sobre esto y alejarnos del ruido… y los bandos.

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