¿Es de verdad eficaz el preservativo?

Un primer encuentro esporádico de carácter erótico es, aunque no nos lo parezca,  como un análisis psicofísico que ya lo quisiera para sí la NASA. Del otro o la otra con la que nos vamos a encamar, lo observamos todo y lo analizamos todo. Y cuando digo todo, digo todo. Evaluamos sus respuestas para deducir su nivel de simpatía, inteligencia, sumisión o astucia, vemos detenidamente cualquier indicativo de su cultura; desde cómo coge la cuchara a cuáles son sus referentes intelectuales. Valoramos su biomecánica; cómo anda, si tiene algún “tic”, su grado de flexibilidad, etcétera.

Nos detenemos a considerar su estar ético en el mundo y su relación con los demás para determinar si es un buen tipo (o tipa) o si es un(a) canalla. Antes, y especialmente con el primer beso, evaluamos cuestiones bioquímicas que ni sabemos que estamos evaluando y que se desprenden de su olor, del sabor de su piel, etc. Y todo eso lo hacemos (y nos lo hacen) de manera en que, ni siquiera somos conscientes de ello durante ese periodo que va de la seducción a eso que viene en llamarse preliminares… y somos especialmente agudos en la investigación y radicalmente intransigentes con los resultados de ese análisis.

Si usa o no condón debiera ser determinante

Pues bien, junto a factores que suelen ser determinantes en la descalificación del candidato/a del tipo; le huele el aliento, es más torpe que una merluza usando palillos o, hablando, es capaz de dormir a las piedras, hay un elemento que debería ser determinante para saber si es un/a tipo/a con menos luces que una linterna sin pilas o alguien a quien le importan los demás entre un pimiento y dos pepinos. Y siendo un elemento determinante que no sólo cataloga su nivel de estupidez y de egoísmo sino también los nuestros, no solemos prestarle la atención debida… Ese elemento es si usa condón o no. Algo que debería ser mucho más determinante en nuestra decisión que si come con la boca abierta o se rasca los huevos mientras le hablamos.

¿De cuándo data el condón?

El condón, tal y como lo entendemos ahora, data de mediados del siglo XIX y se origina gracias al descubrimiento del proceso de vulcanización del caucho que nos ofrece un material como la goma, capaz de mantener su elasticidad tanto en frío como en caliente. Parece que el inventor de este material fue un tal Charles Goodyear (el mismo que fundaría la firma de neumáticos…). Después, vendrían materiales mejorados como, por ejemplo, el látex.  Antes y desde antiguo, se han intentado encontrar soluciones similares pero con materiales, de la tela a intestinos de animales, que no garantizaban la completa estanqueidad y la profilaxis requeridas. Hasta el mismo Gabriele Fallopio, el anatomista descubridor de las trompas que conectan los ovarios con el útero y que llevan su nombre, intentó encontrar algo que bloqueara la pandemia de la sífilis en el siglo XVI… sin demasiado éxito, pues le faltaba el caucho.

Sex

El condón es anticonceptivo y profiláctico, y es de una gran eficacia

El condón cumple una doble función: es anticonceptivo (es decir, evita la concepción, o sea, el embarazo) y profiláctico (evita la transmisión de enfermedades de transmisión genital). Y hasta el momento no hemos encontrado nada mejor para, en un mismo y simple artilugio, afrontar ambas cuestiones. Su eficacia contraceptiva en el condón masculino es del 97-98% y entre un 95-96% frente a las ETS. En el condón femenino, inconcebiblemente una “rara avis” en nuestras relaciones, su eficacia en ambos terrenos todavía aumenta más.

Así, con lo que hemos dicho al principio y con estos datos, resulta inquietante el que todavía nos tengamos que plantear una cuestión como; ¿por qué diablos el preservativo no conforma parte de nuestras relaciones esporádicas con la misma asiduidad que nuestra boca, nuestras tetas o nuestro entendimiento? La respuesta, ambas absolutamente injustificables,  la encontramos en dos frentes. Por un lado está  la poderosa ideología de la restricción y la abstinencia, es decir, todos aquellos que lo que quieren no es que follemos con garantías sino que simplemente no follemos. Por otro lado están aquellos que, asumiendo nuestro ser sexuado, dicen cositas como que resta espontaneidad a la interacción o “corta el rollo” el ponerse un condón o que te hace perder sensibilidad.

El condón puede ser muy erótico

A estos segundos, que entrarían en el grupo de los descartables para encamarnos con ellos y ellas, bastaría con decirles que la presunta espontaneidad pasional también la corta el tener que bajarse unos calzoncillos o desabrochar un sujetador, sin embargo no dejamos de realizar estas “acciones” porque las integramos dentro de los propios mecanismos eróticos de la interrelación. ¿Por qué carajo no hacer lo mismo con el condón? ¿Por qué no entendemos de una puñetera vez que poner un condón es tan erótico como hacer descender unas braguitas por la pantorrilla?

A los que manifiestan que su pichita pierde sensibilidad sólo habría que decirles que se pongan un condón y le pidan al urólogo que les hagan con él la circuncisión sin anestesia. Verán como no se enteran de nada… Los del primer grupo de la abstinencia y la extirpación carnal recurren a técnicas de disuasión más sutiles, como por ejemplo, el intentar demostrar “científicamente” (ya que moralmente no pueden) la ineficacia del condón. Argumento tan peregrino, absurdo y falso como que el mundo se creó hace cinco mil años (y Dios nos puso los fósiles para despistar) o que, cuando a ti se te antoja, el universo entero confabula  para ponerse al servicio de tus caprichos (y si va y no lo hace y no te toca la Bonoloto es simplemente por culpa tuya). Vamos, que se apuntan a aquello de aquel cachondo: “Es falso que el condón proteja al 100%… un amigo mío llevaba uno y lo atropelló un autobús…” Aunque no quisiera yo dar pistas… no vaya a ser que ahora les dé por prohibirnos el transporte público…

Dejémonos de gaitas y de “pitos”. Y es que además de que el condón cumple como nadie con esa doble función profiláctica y contraceptiva, también sirve como nadie para distinguir un cretino o una cretina de quien no lo es. Hagámonos un favor a todos e intentemos no sólo mantener bajo control los demoledores imprevistos no deseados de una placentera interacción sexual sino intentemos también mantener a raya la estupidez humana (aunque esto sí que se nos antoja complicado).

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