En tu fiesta me colé y con tu vecina gocé

Los carnavales del año pasado fueron geniales. Mi amigo Kike me invitó a una fiesta de disfraces en su casa y allí me ocurrió algo que quiero contaros. Kike se había mudado unos meses antes a un piso de alquiler en un edificio en mitad de un polígono industrial. En el edificio había diez apartamentos, cinco por planta y Kike habia alquilado uno de los dos áticos.

Por acuerdo de la comunidad de propietarios se hacía una fiesta al mes en el edificio, al que estaban invitados todos los residentes. Se trataba de que nadie se sintiese molesto por el ruido de la fiesta y así todos los vecinos estrechaban lazos.

Cada residente podía llevar a un invitado, excepto el anfitrión de la fiesta en cuestión que podía invitar a dos personas. Todas eran parejas jóvenes en torno a los 35 años, sin hijos y algunos vecinos estaban separados o eran solteros, como mi amigo, que vivía solo. En aquella ocasión, Kike celebraba los carnavales en su ático y había invitado a su novia Mónica y a mi, como privilegio por organizar la fiesta. El miércoles Kike me había llamado:

– Romeo vente a una fiesta de carnaval en mi casa. Llevo poco tiempo aquí y así me haces compañía. El único requisito necesario es venir disfrazado.

No me gustan demasiado los carnavales, porque no disfruto demasiado disfrazándome. Así que mi primera intención fue decir que no, pero a última hora decidí que no podía dejar tirado a Kike sin avisar.

Tenía unas mallas negras que uso para correr cuando hace frío, de esas que se pegan a la piel en invierno, y una camisa de algodón, bastante ancha, de mismo color, que nunca uso porque es demasiado grande. Bajé al Chino de enfrente de casa y compré un antifaz y un sombrero negro y me convertí en un “Zorro”, sin espada. No era Antonio Banderas, pero daba el pego. A las nueve de la noche me miré al espejo y descubrí que había engordado un poco porque las mallas se apretaban bastante en la zona de la pelvis.

Colorful Mardi Gras or venetian mask on a yellow

Menos mal que la camisa me tapaba por delante, porque tampoco era plan de escandalizar a los vecinos de Kike. Al menos el antifaz me permitía esconderme un poco y soportar aquello con dignidad. A las diez y media, después de perderme un par de veces, llegué al edificio en el norte de Madrid, el único de la zona con luz y del que salían ruidos de música y voces.

Quince minutos después, estaba con un vaso en la mano y me sentía fenomenal. Kike era un policía municipal casi borracho, Mónica, su novia, era la Mujer Maravillas y había varias brujas, un médico, una enfermera, una pareja de presos, Batman y una Cat Woman, sin orejas de gato, morena de pelo, un metro y sesenta centímetros, algo rellenita de cintura para abajo, pero bastante simpática y resultona. Le calculé poco menos de 40 años. No llegábamos a treinta personas en casa de mi amigo, repartidos entre la terraza, el salón y las cuatro habitaciones de la casa, así que las posibilidades de ligar eran limitadas. Pregunté a Kike  y la mujer gata resultó ser la vecina del quinto, divorciada hacía un par de años y sin invitado extra.

Desde el principio hubo química con Ruth, que así se llamaba. Iba vestida con un pantalón de cuero negro, ceñido que no dejaba mucho a la imaginación y testificaba la ausencia de bragas y un jersey negro también bastante pegado que me hizo preguntarme varias veces si sus tetas serían naturales o postizas. Era bastante sociable y se reía en todos los grupos a los que se acercaba. Yo comencé a perseguirla con la mirada por toda la fiesta y ella me devolvía las miradas. A pesar de que lo intenté no logré averiguar si era guapa o fea porque no se quitaba el antifaz. A la una de la madrugada, después de dos vodka con naranja, Ruth se acercó a la oreja y me susurró:

– ¿Qué has hecho con la espada de el Zorro? No la veo y me gustaría verla…
– La llevo siempre encima, Cat Woman.
– Entonces voy a cambiar de disfraz, ahora quiero ser la mujer del zorro.

Me tomó de la mano y abandonamos el piso de Kike, sólo tuvimos que cruzar el rellano y entrar en su casa. Yo detrás de ella. Nos besamos con prisas, a oscuras y alocadamente, sin vernos. Comencé a meter mi mano bajo si jersey, pero pronto se deshizo de mi abrazo y comenzó a susurrar en el pasillo, mientras se deshacía de mis manos:

– Estoy muy cachonda y voy a contar hasta diez mientras te quitas esas ridículas mallas. Déjalas caer hasta los tobillos y acércate a mi. Si no tropiezas con nada tendrás premio, ven a por él. Sigue mi voz, te queda poco.

Yo hice caso en todo, me quité las mallas del todo como pude, sin rechistar, y seguí aquella sugerente voz por el pasillo hasta una habitación. Mi pene agradeció la libertad y me empalmé en un segundo. No veía nada, pero no importaba, porque ella me seguía guiando dentro la habitación.

– Agárrame del pelo con una mano y deja la otra caer por mi espalda. Mientras te la chupo quiero que me sobes bien el culo.

Coloqué mi mano izquierda en su nuca. En casa de KIke sonaba Mecano. Ella seguía con el antifaz puesto. Noté como sus labios comenzaban a besar mis huevos,  y una húmeda lengua los lamía suavemente. Luego comenzó a recorrer mi pene desde la base hasta la punta, hasta meter primero mi glande en la boca y luego el resto. Con una mano me acariciaba los huevos mientras me regalaba una mamada experta y con ganas. Se notaba que le gustaba y aquello me excitaba muchísimo. Necesitaba participar más activamente, así que comencé a deslizar mi mano por su espalda para descubrir que se había desnudado por completo:

– Separa las piernas, voy a meterte un dedo.
– Despacio, Romeo, no hagas nada. Sólo toca mi culo mientras te la sigo chupando. Soy la “Zorra” y voy a follarte.

Se había metido bien en el papel y estaba dispuesta a seguir el guión hasta el final. Me tumbó sobre una cama que olía a lavanda y a su perfume, una fragancia fresca que se elevaba por encima del olor de su sexo, depilado por entero, húmedo y caliente, como pronto pude comprobar.
De lado, sobre la cama, nos esforzamos en darnos placer sin prisas, haciendo un 69, explorando y comprobando. Yo solo escuchaba sus gemidos, pero la imaginaba detrás de la máscara con los ojos cerrados mientras jugaba con su clítoris entre mis labios y acariciaba con uno de mis dedos la entrada de su culo. Yo me había quitado la máscara para poder hundir mi cara entre sus muslos sin estorbos, mientras Ruth se esforzaba en meterse mi pene en la boca cada vez más deprisa y me hacía enloquecer con su lengua.

– Túmbate boca arriba, me ordenó.

Yo deseaba ya descargar mi leche y no me hice esperar. Se arrodilló sobre mi y despacio se introdujo mi pene en su vagina. Le agarré las tetas y pude comprobar entonces que eran operadas, redondas y turgentes, con unos pezones grandes y exquisitos que devoré con avidez. Me dejó hacer unos segundos, pero luego puso las manos sobre sus nalgas y me susurró:

– Apriétame bien fuerte, Zorro, voy a hacer que te corras dentro de mi.

Comenzó a mover las caderas hacia delante y atrás, cabalgándome como una experta amazona, mientras ponía una mano sobre mi pecho y con la otra acariciaba mis huevos por detrás de su culo. Primero despacio, pero el ritmo fue creciendo y apenas podía seguir ya sus embestidas con mis manos, mientras ella iba elevando sus gemidos y el tono de su voz, hasta el punto de que pensé que nos oirían en la fiesta. A mi pidiendo “más” y a ella gimiendo como una loca. El cabecero de la cama golpeaba la pared mientras gritaba “sí, sí, sí” una y otra vez hasta detenerse despacio, suspirar de golpe y dejarse caer sobre mi pecho en uno de los orgasmos más gozados que he presenciado nunca.

– Le toca a tu “espada”, Romeo.

Y se puso a cuatro patas, ofreciéndome su culo regordete y generoso. No la hice esperar. Me coloqué detrás, de rodillas y le metí mi polla de golpe, me agarré a sus tetas y comencé a culear dentro de ella. Yo estaba ya muy cachondo, así que no pude regalarla otro orgasmo, porque tardé apenas un par de minutos en eyacular fuerte y generosamente en su vagina.
El mes que viene espero que me inviten de nuevo, Kike dice que le toca a ella organizar la fiesta.

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