El reggaeton vive arriba

Tener vecinos es una cosa bastante molesta. Saco esta afirmación a colación porque el otro día asistí a un espectáculo sexual sonoro que me mantuvo en vilo una hora, sin poder moverme. Al principio albergué dudas sobre si estaban descabezando un pollo de corral o si Patrick Bateman estaba haciendo una ronda por mi barrio, pero terminé llegando a la conclusión de que hay gente a la que se le han concedido vigorosas y abundantes dotes para gritar. El ruido venía de arriba, como una señal divina. Mi vecino superior se reencarnó en Grey, el de las cincuenta sombras, pero en una versión más castiza. Una hipérbole delirante.

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El episodio no se ha vuelto a repetir, por fortuna para mis arterias, pero me mantengo en vilo desde entonces. He llegado a pensar que tal vez no han sobrevivido ninguno de los dos de aquella performance. A ver, he escuchado muchas veces a mis vecinos tener sexo. De vez en cuando soy testigo del traqueteo del cabecero de la cama de la pareja que vive en el piso de al lado. Es una cosa rítmica, casi armoniosa. En otras ocasiones he escuchado cosas que me han hecho sentir un amante mediocre. Pero los jadeos del otro día superaban, por mucho, el límite de ruido permitido en una rave ilegal. Me imagino que los escuchó toda la calle y desvió el rumbo de algún avión comercial.

Seguramente cuando te alquilaron el piso te aseguraron que era una vivienda muy tranquila. De hecho, en la oferta de Idealista lo ponía: “vivienda tranquila, ideal para estudiantes”. Con el tiempo descubres que “ideal para estudiantes” en idioma idealisto significa que hay más estudiantes en ese edificio. Y por “tranquila” se refieren a que de vez en cuando puedes dormir. Es decir, significa que el tabique ese que os separa no sirve absolutamente de nada. No hay tranquilidad si en tu edificio viven más seres humanos, sencillamente.  Ni tranquilidad ni intimidad.

Hace muchos años compartí piso con una amiga que no había perdido la virginidad. Allí vivíamos cinco personas, siete si contamos a esos dos amigos que se quedaban siempre a dormir con el pretexto de que el piso quedaba cerca de la universidad, unos quince si contábamos los tránsitos post-fiesta. Pues bien, el instante elegido por ella fue justo en el que un pelotón volvimos a las seis de la mañana en un estado balbuceante. Su habitación estaba al final del pasillo pero nos enteramos de todo.

El día siguiente se produjo la siguiente conversación:

–¿Dónde está el resto?, ¡¡tengo algo que contarnos!! – aseguró.

–Creo que no…–respondí.

–¿A qué te refieres con que crees que no? –Inquirió. Vi tanta decepción en sus ojos, como si tuviese delante al mismísimo gato con botas de ‘Shrek’, que decidí que era menester hacerme la tonta. Así que asistí impertérrita a toda su narración nocturna como si no estuviese ya prácticamente publicado en el BOE.

Cuanto más tiempo llevas soltero más hacen el amor tus vecinos. Es una regla aritmética que siempre se cumple. Es como si estás a dieta y de pronto todos tus amigos te llaman para quedar para cenar. No has sabido de ellos durante un mes pero se ponen repentinamente de acuerdo para sugerirte planes que incluyen al menos un litro de cerveza. –¡No me podías haber llamado en invierno, malditos! – La gente se empeña en socializar con el buen tiempo. También se conoce como el “síndrome de la embarazada”, cuando quieres quedarte y no paras de ver redondeces por doquier.

Repito, tener vecinos es una cosa bastante molesta. Parafraseando al filósofo Eric Hoffer: “Es más fácil amar a la humanidad en general que al vecino”.  Yo a veces me pregunto qué pensarán los míos cuando escucho “Me sube la bilirrubina” en bucle. Que aquí cada uno tiene sus vicios.

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