El irresistible atractivo del perdedor

«Yo sé que la derrota tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece», escribió Borges. Siempre, desde que puedo recordar, he tenido debilidad por los derrotados. Siempre me ha parecido irresistiblemente atractiva la derrota y siempre he encontrado la victoria insoportablemente vulgar. Y sin embargo, en este mundo de tahúres todo el mundo quiere ganar. Los debates, las elecciones, la Eurocopa. Idolatramos por encima de todo la estética del triunfador. Si no se es uno, al menos hay que aparentarlo.

El retrato robot lo tenemos bien definido: una sonrisa de póster de clínica dental, un todoterreno, el pelazo de Juan José Güemes, terminar la maratón de Nueva York y acostarse con una modelo doctora en biología nuclear. Y por supuesto, por supuestísimo, creerse clase media-alta. Por menos de eso, pareciera que no vale la pena vivir.

Perder está muy mal visto. Por eso cuatro políticos salen del mismo debate asegurando que lo han ganado. Por eso los jugadores de fútbol que jamás conocerán el insomnio de no poder pagar la hipoteca, y que después del partido volverán a su mansión con servicio doméstico, piscina y jardín en urbanización exclusiva, lloran como niños cuando quedan segundos en una competición.
Qué poco sexy resulta esa necesidad imperiosa de no perder ni a las chapas.

Lose or Win

Los triunfadores me desagradan y además desconfío de ellos. Nadie puede ganar en todo siempre. Quien lo consigue es porque lo necesita a toda costa y está dispuesto a pisotear cualquier principio que se lo impida y a dejar todos los cadáveres que sea necesario en el camino. El triunfador necesita insistentemente quedar dos palmos por encima de los demás, tener el control, petarlo, arrasar, ser venerado como lo más, cortarle la cabeza a cualquiera que le haga sombra y tener botella en el reservado del local más cool de la ciudad.

Si la llevamos al infinito, hasta la caricatura, la imagen absoluta del triunfador sería Donald Trump, ¿y a quién podría parecerle deseable Donald Trump? La del triunfo es una estética bastante difícil de manejar porque es fácil caer en el exceso, en el exhibicionismo, en lo hortera, y acabar con el bronceado de un deshollinador y un flequillo fuera de control, por ejemplo.

Sin embargo, la estética del perdedor se maneja sola. La sencillez, la humildad, la derrota. Poco hay que hacer excepto ser medianamente contenido. Los perdedores son irresistibles porque una siempre tiene la tentación de meterse en su cama para alegrarles la vida, de ser algo así como su pequeño golpe de suerte, un pequeño agasajo del destino en forma de revolcón. Un perdedor siempre tiene un polvazo, por el simple hecho de serlo.

Me enloquece esa imagen, la de ese hombre que aprieta los dientes con dignidad ante la adversidad. Un hombre dispuesto a mantener sus principios, a aceptar que su frente gane terreno, que su barriga se expanda, que en su entrecejo se tallen las arrugas grabadas por cada batalla perdida. Un hombre que se mantiene en pie con dignidad ante la adversidad me atrae como la luz atrae a las polillas. O mejor aún, como un agujero negro atrae a la luz.

Oh, sí, me vuelven loca los perdedores, sobre todo esos que te miran desde el fondo de su alma como un náufrago que ya ni se molesta en pedir ayuda. Porque puedes ser un perdedor, pero si sabes mirar a los ojos, eres un perdedor condenadamente atractivo

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