El irresistible atractivo de Putin

Cuando me enteré de que ese señor bajito de frente amplia y ojos chiquitines, con cara de oficinista aficionado a la numismática que dirige Rusia era considerado un sex symbol en su país, casi necesito un lingotazo de vodka. Putin, ese hombre insulso al que no seguirías ni en Facebook, al parecer desprende algún tipo de cautivadora fuerza sexual que lo hace irresistible. A pesar de su baja estatura, a pesar de su tez lechosa, a pesar de que es tan hierático que para saber que ha alcanzado el orgasmo tendrías que pedirle que parpadee, Putin es un imán sexual. Incluso un presentador de la archienemiga USA cayó prendado cuando lo entrevistó, y aseguró a sus compatriotas que Putin es “todavía más macho” en las distancias cortas. Este es un fenómeno que solo puede explicarse a través de la erótica del poder. Recordemos que aquí en España el mismísimo Alfonso Guerra triunfaba entre las féminas en su época de poderío. Y yo, si tengo que elegir, como que me meto yo misma en el catre del ruso.

Vladimir Putin cups

A Putin le gusta molar, eso está claro. Por eso no deja de hacerse fotos en topless y actúa como una vedette, loco por mostrar todos sus encantos y habilidades a la mínima ocasión. Por eso camina por el Kremlin con el contoneo de quien se cree el último chupito de vodka de Siberia. Por eso caza, pesca, pilota aviones, bombardea Siria, monta a caballo, toca el piano, canta… Lo devora una necesidad narcisista de sentirse imbatiblemente sexy. Hace unos años quedó segundo en la lista de los 20 políticos con más sex-appeal de Rusia.

Segundo. Pues resulta que al primero lo mataron a tiros en la puerta del Kremlin, no digo más. Así que entiendo que ahora Putin es el más deseado, y descarto la posibilidad de que alguien pretenda quitarle el puesto a corto plazo.

Y no me entendáis mal, que a mí Vladímir no me parece la peor opción para que te lleve a casa tras la cena del G8. A pesar de que tiene pinta de comportarse en la cama como si estuviera marcándose un mannequin challenge. Pero una noche de debilidad la tiene cualquiera, y ese torso amplio y mullido parece de lo más confortable para acurrucarse y echar una cabezadita después del amor. Además, encuentro irresistible ese sentido del romanticismo tan tremendista que tienen los rusos, que no sabes si vas a terminar deportada en Siberia o si te van a recitar a Pushkin:

“Su llama que quema yo temo,
tengo miedo de saber tu secreto”

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