Disfunción eréctil: ¿por qué la Viagra no siempre funciona (y nadie nos lo dice)?

Sin duda alguna, el invento del “pico” (poco después llegaría la “pala”) debió ser un gran avance para la humanidad. Sin embargo, este grandioso descubrimiento me sirve de muy poco cuando estoy en la cocina preparándome una tortilla o cuando quiero ver en el Smartphone mis correos electrónicos o cuando quiero leer un artículo sobre la pesca del calamar en aguas de la Antártida… Es decir, me sirve de muy poco en todas aquellas circunstancias en las que mi “deseo” no es el de cavar un hoyo.

Con ello quiero decir que lo primero siempre es el deseo y después viene la acción que se emprende con determinados útiles puestos al servicio de dicha acción. Pues bien, a los hombres, y en asuntos de interacciones carnales, la industria farmacológica es capaz de proporcionales, a través de los inhibidores de la fosfodiesterasta tipo 5, un “pico”. Y eso es así porque el mecanismo de erección peneana es algo completamente mecánico aunque no por ello sometido a la voluntad del individuo. Tan completamente mecánico resulta erectar que esos inhibidores farmacológicos, conocidos como los IPDE5 y que se comercializan en base a los principios activos de sildenafilo (de nombre comercial “Viagra”), el tadalafilo (“Cialis”) y el vardenafilo (“Levitra”), garantizan la erección.

Erección no es sinónimo de deseo

Pero si bien ponen a disposición, en cualquier lugar y situación, lo que es indiscutiblemente un gran logro para la industria farmacológica, lo que no pueden garantizar a un hombre es el deseo de cavar el hoyo. O sea, no funcionan como activadores del deseo y solo intervienen con éxito en el proceso fisiológico que permite la erección. Se me podrá decir, y ahí está el habitual error, que un hombre que tiene una erección es porque siente deseo, pero eso no es así; un hombre puede tener, por ejemplo, una sólida erección y no sentir ningún deseo sexual o sentir un deseo, sí, pero no un deseo por empalar a nadie sino un deseo irreprimible por hacer pipí (las conocidas erecciones matinales).

Y es un error comúnmente aceptado que, en el hombre, deseo y erección van juntos cuando, en realidad, son en ocasiones procesos consecuentes pero en muchas otras no. Un hombre puede tener erección sin deseo y puede perfectamente sentir un enorme deseo sexual y que no se produzca erección (sin que por ello se tenga que inhibir, por ejemplo, la eyaculación) Las causas que ocasionan que esto segundo se produzca, lo de tener deseo sexual y que el pene no erecte,  pueden ser de dos tipos; orgánicos, derivados por ejemplo de problemas diabéticos, coronarios o de la ingesta de otros fármacos que interfieran en el proceso, o psíquicos (interferencias o bloqueos de tipo racional o inconsciente al enfrentarse a una interacción sexual).

Woman holding a glass of water and pills, detail

Los primeros casos son poco frecuentes y fácilmente detectables por un médico y tratados por la farmacología de los citados inhibidores, con enorme garantía de éxito, mientras que los segundos, especialmente en las disfunciones eréctiles secundarias (aquellas que se producen ocasionalmente y no siempre), componen la mayoría de los casos en los que esa disfunción se produce… y es en estos casos en los que interviene el sexólogo.

El tratamiento sexológico y la ayuda terapéutica, que tienen un altísimo porcentaje de éxito, consiste en inhibir los elementos que bloquean la natural respuesta orgánica frente al estímulo erótico, y se realiza no sólo proporcionándole al paciente recursos de comprensión de las asociaciones erróneas que ha establecido en la conformación de su sexualidad y que desembocan en la interferencia sobre la erección, sino también en volver a enseñar al paciente a permitir que su cuerpo responda por sí mismo frente a lo que el sujeto entiende como una amenaza en la interacción sexual (normalmente el coito). Para esto son muy útiles las técnicas de “focalización sensorial”, de las que nos ocuparemos un día y que fueron introducidas por los sexólogos Masters & Johnson.

La constante búsqueda de pócimas para despertar el deseo…

Ha sido una constante en la historia de la humanidad el encontrar el elixir, los filtros de amor y los afrodisíacos que permitan dominar y manejar a voluntad eso tan caprichoso e imprevisible de predisponerse y predisponer al otro a la interacción sexual, es decir, intervenir en eso tan oscuro e inextricable del deseo humano. En la confección de estas pócimas intervenían principios tan peculiares como la sangre menstrual, las criadillas de algún animal, el tabaco, la mandrágora, el ámbar… exóticas combinaciones que podían o no incrementar el deseo pero que en cualquier caso debieron producirle a más de uno un apretón intestinal de órdago. Del mismo Lucrecio, el célebre filósofo materialista latino, decían sus detractores que murió por la ingesta de un filtro de amor.

Hoy en día, a alguien pudiera parecerle que las brujas y los curanderos han cedido su puesto a la omnipotente industria farmacológica y que esa quimera de manipular y dominar el deseo humano se ha conseguido materializar a euro la pastillita. Pero como decimos, y sin querer quitar mérito a los avances, por más que la poderosísima industria farmacológica quiere presentarnos dicho avance como el infalible “filtro de amor” que controla las ganas y la pasión, lo cierto es que lo que muchas veces consigue, por confusión de conceptos, es enmascarar y obviar las verdaderas causas de la disfunción y sus formas de tratamiento.  Porque una cosa es un gato y otra una liebre, y que si bien es mejor picar piedra con un pico que con las orejas, lo que sigue todavía resultando fascinante es lo que lleva a un humano a querer o no picar piedra, el por qué y el cuándo… y para eso todavía no tenemos explicación ni botica que nos lo arregle.

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