¿Disfrutan ellas con el sexo anal?

Tres mujeres se reúnen para contar sus experiencias en torno al sexo anal. Y al final del todo sólo subyace una pregunta: si este orificio es una fuente de placer tan maravillosa como dicen, ¿por qué ellos no están abiertos, y nunca mejor dicho, a recibir sexo anal?

Está claro que hábitos como el sexo oral o la lluvia dorada dejaron hace mucho tiempo de ser tabúes, prácticas extravagantes para muchas mujeres de la generación de la posguerra, para convertirse en ingredientes prácticamente imprescindibles de cualquier encuentro sexual, tanto con parejas estables como esporádicas.

Todas (o casi todas) lo hacen y todas (o casi todas) lo disfrutan, pero ¿ocurre lo mismo con el sexo anal? ¿Su práctica se ha extendido hasta tal punto que forma parte fundamental de las prácticas de cualquier mujer con una vida sexual activa? ¿Por qué nos gusta? ¿Por qué les gusta? ¿Lo reservamos a la pareja o es un placer que se practica con desconocidos?

This moment when we are together

Hemos planteados estas preguntas a tres mujeres muy distintas que tienen, no obstante, varias cosas en común: las tres son solteras, las tres superan la treintena y las tres practican (“cuando nos dejan”, bromea una de ellas) y disfrutan el sexo anal.

Olivia, de 38 años, Martina, de 35, y Nuria, de 38, se sientan alrededor de una mesa para charlar de forma distendida sobre sus experiencias en materia de sexo anal. Tras una botella de vino y varios gin-tonics, la conversación empieza a fluir, y la primera pregunta, claro, es de manual: ¿pero duele?. La respuesta es unánime: “claro”. ¿Entonces por qué lo hacéis?

“Es un dolor placentero, o un placer doloroso”, explica Olivia, quien, pese a haber tenido una vida sexual muy promiscua, especialmente a los veintitantos (“ahora ya no, a veces las épocas de sequía duran más de un año”), no tuvo su primera experiencia de sexo anal hasta los 26. “Fue con un amigo con el que me acostaba, la cosa surgió y lo hicimos. Al principio fue doloroso, tienes que estar muy muy lubricada y el chico tiene que ser muy hábil, cualquier gesto en falso puede hacerte daño”.

Martina coincide con ella: “Mi primera vez fue a los 18, también con un amigo con el que, sin ser mi pareja, llevábamos más de medio año acostándonos. No lo recuerdo como una experiencia especialmente placentera porque si hay algo en lo que se nota la experiencia de un hombre es precisamente en el sexo anal. De hecho no volvimos a hacerlo más: se convirtió en una especie de moneda de cambio en nuestra relación, yo tenía algo que él deseaba mucho y yo, dado que teníamos otros problemas, no se lo quería dar”.

Martina tardó dieciséis años en volver a practicarlo. Fue a los 34, con un hombre muy experimentado de 45 que le hizo reconciliarse con este hábito. “Ahora me doy cuenta de la inexperiencia de mi primera vez, con un chico que pecó de perder demasiado la cabeza y por lo tanto no ser lo suficientemente delicado. Con Alfons fue diferente: se notó la experiencia enseguida y yo disfruté desde el principio”. Así que cuando conoció a Javier, su última relación, enseguida puso el tema sobre la mesa: “a la tercera cita ya lo hicimos y es cuando empecé a entender por qué a muchas mujeres les gusta más que el sexo vaginal: pasé de la típica postura del perrito a colocarme yo encima y moverme a mi antojo, como si fuese un coito vaginal. Fue estupendo: no te duele porque eres tú la que calculas los tiempos y la fuerza y después puedes moverte como quieras”.

Tanto Nuria como Olivia coinciden en que la primera vez que se practica sexo anal está bien hacerlo con alguien con quien se tiene un mínimo de confianza. “A los tíos les encantan los culos y sobre todo la situación de sumisión que supone el sexo anal. Todos quieren, pero tú tienes que escoger a alguien con quien estés suficientemente relajada como para que vayas dejando de estar en tensión, si te contraes estás perdida”, explica Nuria. De hecho, ella no lo probó por primera vez hasta pasados los treinta, con una pareja nueve años más joven, y coincide con Olivia y Martina en describir ese “placer doloroso” que finalmente se convierte únicamente en placer y que supera incluso al placer que se obtiene con el sexo vaginal.

Tanto, que Olivia nos cuenta que practica a menudo la masturbación anal. “Ni se me había ocurrido probar hasta hace poco. Últimamente estoy de lecturas eróticas, de Cincuenta sombras de Grey para arriba, y la verdad es que me ponen muy a tono. Un día estaba leyendo en casa y me entraron unas ganas locas de masturbarme. Probé la penetración anal con mi vibrador, mirándome bien en el cabezal de mi cama, que es de espejos, y vi las estrellas. Cuando tú te ves bien y puedes calcular la fuerza te relajas enseguida. Fue una maravilla. Desde entonces lo he incorporado a mi repertorio”.

Por último, una pregunta fundamental, ¿sexo anal también para ellos? Teniendo en cuenta que el ano es una zona erógena que provoca placer tanto a hombres como a mujeres, sería de esperar que ellos también se dejasen seducir por los placeres de una práctica con la que, en líneas generales, tanto fantasean, ya sea mediante el uso de vibradores o simplemente de los dedos. La respuesta de las tres no deja de ser sorprendente: ninguna de las parejas sexuales con las que han practicado sexo anal ha querido recibir sexo anal. Un dato, cuanto menos, curioso.

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