Diosas de ébano que son un espejismo

De repente, sonó el piano. El escritor dio un respingo y levantó la cabeza de su cuaderno. Se mareó un instante, tras tanto tiempo sumergido en la marejada de su propia caligrafía. Golpeó su vaso para alertar al camarero de que faltaba mejunje. Se colocó las gafas y miró al frente. La cantante entró en el escenario. El pianista iniciaba los primeros compases, pero la gente seguía cascando, a lo suyo, sin atender el reclamo de la música. El camarero trajo el cuarto ron con cola, cacahuetes y una servilleta de papel. El escritor limpió la tinta de la punta del bolígrafo con la servilleta, miró los cacahuetes con el desprecio de la saciedad y dio un profundo trago a la bebida. Se le antojó insípida y tenía la lengua adormilada, pero necesitaba ahondar en los recovecos de su mente para encontrar una salida al laberinto en el que se había convertido su relato y, como sobrio era incapaz de ello, decidió que no se levantaría de aquel rincón en aquel garito hasta conseguirlo.

La voz de la cantante inundó la sala. Era una voz negra, satinada, profunda pero llena de matices. Comenzó a entonar Heart and Soul como si fuera la mismísima Ella Fitzgerald. El piano se multiplicaba para compensar la carencia de violines de la canción original, pero daba igual. Aquella mujer había parado el tiempo. La elegancia de sus movimientos parcos estaban enfundados en un vestido palabra de honor del que asomaban los pechos inmensos, con los pezones a punto de amanecer en el horizonte del escote.

Grunge piano musical background and added paper texture

Al girarse para susurrarle algo al pianista, el escritor pudo contemplar su trasero. Era el culo perfecto. Nunca antes había dado demasiada importancia a los culos, pero al observar aquel se despertó en él la libido que hasta ese momento había tenido comprimida en sus papeles. Soltó el bolígrafo y apoyó el cubata encima del cuaderno. Al acabar la canción, la cantante decidió dar por terminado su  espectáculo. Su dimensión estaba a años luz de los méritos de aquel garito, del pianista, del dueño del local, de las luces y del público borracho distribuido en la sala de forma caótica. El escritor observó que el vaso mojado había calado sus papeles. Los tachones y la tinta emborronada formaban ahora una madeja indescifrable. Decidió recoger sus bártulos y se coló por el privado, en busca del camerino de la diosa de ébano.

Encontró su puerta entreabierta. Asomó la cabeza y la encontró de espaldas, sentada frente al espejo. Su efigie estaba envuelta por las bombillas encendidas en hilera alrededor del cristal. Ella miró en silencio su figura reflejada, dejó de maquillarse y se levantó de la silla. Se giró pero, antes de que pudiera hablar, él estaba ya oliendo su cuello. Los movimientos del escritor eran pausados pero firmes. La mano de él se posó en el cuello de la cantante, y recogió su nuca para acercar su boca. Ella abrió delicadamente los labios y se fundió en los de él, en un beso profundo y húmedo.

Intentaba detener la fugacidad del beso

La mano izquierda del hombre abrazó la cintura, y la derecha se posó en la comisura de los labios de ella. Era una forma de abrazar el beso, de tratar de detener su fugacidad. Ella abrió aún más su boca y con su lengua recorrió la garganta de él.  Ello espoleó al escritor, que súbitamente volteó la cintura de la cantante y la puso frente a su propio reflejo. Ella le miró turbiamente a los ojos a través del espejo y apoyó sus manos en el mostrador. Él levantó el vestido y agarró sus nalgas. Apartó con los dedos el tanga y apoyó su verga erecta en el culo. La cantante entendió sus intenciones y cerró los ojos, entregada a aquellas manos, que aplicaban la presión justa. Él entró en el culo de ella, poco a poco, suavemente. A cada empuje acompañaba un cachete en las nalgas, y con la palmada se abría paso la polla un poco más en el interior de ella.

Finalmente, cuando el falo hubo invadido su interior por completo, comenzó a acometerla, con fuerza. Ella derramó su cuerpo medio desnudo sobre la mesa. Él se afanaba en su propio placer, ella aumentaba el suyo al observar en el espejo el reflejo de dos personas que se le antojaron ajenas, extrañas, como si fuera testigo indiscreta de una escena sórdida ajena a su vida. Con su mano se masturbó al ritmo de las embestidas, y frenó su placer para correrse a la vez que el extraño.

Cuando éste derramó su leche dentro de ella, salió bruscamente. Estaba borracho y temía decir alguna indiscreción. Entonces fue ella la que habló. Mientras se recomponía dentro del vestido soltó un temible:
—¡Vaya polla tienes, primo!
Toda la clase que ella tenía al cantar se evaporó al hablar. La hostia de realidad dejó al escritor sin palabras.
—¿No sabes ni hablar, animal?—añadió ella—. Anda, pírate que va a venir mi churri y te va a matar—. Y se giró para continuar desmaquillándose.

Él cerró la puerta al salir. Salió del garito por la puerta de emergencia. Pensó que aquella hembra era el espejismo de una diva. Encontró un contenedor de basura y arrojó dentro su cuaderno. Al fin y al cabo, él era el espejismo de un escritor.

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