Diez sitios insólitos donde ligar

Discotecas, bares, trabajo, universidad… hay sitios clásicos en los que uno acaba conociendo a un rollete de una noche, a una pareja más o menos estable o incluso a “la persona de su vida” (si es que este concepto aún existe). Pero, amigos, también hay lugares en los que parece que lo de pillar es imposible y, sin embargo, acaba sucediendo. A lo largo de los años, he ido escuchando mogollón de historias de ligoteo en sitios inverosímiles. Aquí va una recopilación de episodios que desafiaron a la lógica y que acabaron en alegre folleteo.

people in the bus on the way to the aircraft

En un bus o un autobús de línea. Durante sus años de universidad, Miguel hizo tropecientas veces el trayecto Gijón-Madrid. Seis horas de viajecito encajonado en un asiento minúsculo. En una ocasión, llegó muy resacoso a coger el primero de la mañana. A su lado, una joven en similares circunstancias (y quizá un poco borrachos los dos todavía). Dos seres humanos durmiendo la mona a pocos centímetros, que se fueron reduciendo hasta que los cuerpos hicieron contacto. El roce hizo el cariño y la tensión sexual se liberó a la llegada a la capital en un piso de estudiantes. “Nunca más nos volvimos a hacer, pero no apañamos mutuamente el día de bajón”, recuerda Miguel.

En el INEM. ¿Se puede ligar en un ambiente deprimente? Pues sí. Mi amigo Nacho se puso a hablar con una tía “guapísima, muy atractiva” mientras esperaba turno para pedir el paro. “Lo bueno de estar sin curro es que tienes tiempo. Nos pasaba lo mismo a los dos”. Empezaron hablando de sus penurias laborales y acabaron en casa de ella un lunes a las 12 de la mañana. “Nos ponía muchísimo pensar en que, mientras nosotros estábamos en la cama como bestias, había pringados que estarían preparando un Powerpoint”. Tal cual.

En la biblioteca. Tony estaba estudiando para una oposición cuando una tía, que estaba justo enfrente de él, le pasó una nota: “¿Follamos?”. Levantó los ojos del libro y allí estaba la chica, sonriendo y clavándole la mirada. Cuando se quiso dar cuenta, estaban en su coche, yendo a las afueras para descargar las tensiones del examen. Más terapéutico, imposible.

En un museo. Aunque en las pelis suele pasar, lo cierto es que, en la realidad, es altamente improbable conocer a alguien mientras miras el Guernica con el mentón apoyado en la mano. A María le pasó en una ocasión. Estaba en el Reina Sofía flipando con un cuadro poco conocido, ‘Accidente’ de Ponce de León. A su lado, un chaval estaba también pillado por la misma pintura. Charleta cultureta y, seis horas –y 10 cañas- después, lección de anatomía. “El arte, que también puede ser sexy. Fíjate tú”, me dijo María riéndose.

En el mercado. Otro terreno complicado, en el que, si hay suerte, la chispa puede surgir. Alberto se fijó en una chica haciendo cola en la pescadería. Él llevaba almejas para uno. Ella, 100 gramos de gambas. Un par de miradas, una proposición picantona en plan “si me dejas probar lo que te llevas, te dejo probar lo mío” y surgió el plan, con una botella de espumoso comprada en el puesto de al lado. Una manera increíble de convertir una cena solitaria frente a la tele viendo Juego de Tronos en una noche tórrida, empujada por el marisco y el champán. “Hacer la compra une más de lo que te imaginas”, me contó Alberto.

En un salón de manga. “Vas con nulas expectativas y, de repente, te la encuentras de golpe, vestida de personaje de Sailor Moon”, rememora Jorge. “Si conoces a alguien en un sitio así, al que vas por algo que te apasiona, está claro que lo tienes todo de cara”. La camiseta de Jorge, de Astroboy de Osamu Tezuka, obró el milagro: flechazo en pleno Salón del manga de Barcelona. Acabaron cenando sushi y el magreo comenzó antes incluso de haber acabado el helado de té verde.

En una sala de cine. Ojo, que no estamos hablando de ir con una cita a ver una peli. A ver, eso es fácil y es lo esperable. Hablamos del caso de Miriam, que se encontró cara a cara después de ver Magnolia de Paul Thomas Anderson con un tío increíble. Los dos habían ido solos y a los dos les había flipado la peli. “Se lanzó él, que me preguntó qué me había parecido y si quería ir a tomar una cerveza para comentarla. Acabamos en su casa y de la tertulia cinéfila en el sofá pasamos a una sesión de acrobacia sexual”.

Paseando al perro. Laura puede presumir de haber pillado unas cuantas veces gracias a su perro Rufus, un boxer. “En cuánto aparece un tío interesante con un perro, me dejo querer. Si el tío también está por la labor, la cosa suele ser rápida y solemos ir a casa de uno o de otro al poco rato. Pero, ojo, también tiene que haber conexión entre los perros”, me suelta, muerta de la risa.

En un funeral. A Manuela le da hasta vergüenza acordarse, pero ella pilló cacho en el funeral del padre de una amiga. “Habíamos ido mucha gente joven y yo lo conocía de vista de la Universidad. Enseguida nos pusimos a hablar y, de repente, me preguntó si nos íbamos a un sitio más agradable, que, aunque normalmente es una frase que suena fatal, en este caso tenía todo el sentido”. No sabe si fue por tener las emociones a flor de piel, pero casi se lo acaban montando en el metro: “Pensé que no llegábamos a su casa. 10 minutos más y nos lo hacemos en el vagón”.

En una media maratón. Vale, no durante, sino después. “Te juro que me parecía imposible tener ganas de acostarme con alguien después de correr más de 20 kilómetros, pero es que fue coincidir con este tío y no pensar en otra cosa”, cuenta Luisa. Empezaron a hablar por curiosidad y acabaron dándolo todo después de tomar unas cañas. “Después de acabar, tienes las feromonas a tope y me parecía todo muy excitante. Ni nos duchamos”, confiesa, mientras se ruboriza un poco. No me extraña: acababa de inventar el erotic running.

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