¿Deberías quedar con alguien que no te envía foto de cara?

Esta es una historia más de pueblo que de ciudad, de comunidades cerradas que de lugares cosmopolitas. Pero es una historia por todos conocida. Es la historia de los perfiles en gris. De los fundidos en negro. De las fotos no mostradas. Son esos fantasmas que rodean a algunos rostros de las aplicaciones para ligar y que, como apariciones, a veces toman la palabra y te mandan un mensaje privado. Te saludan y dicen “hola, ¿qué tal?”. Y entonces empiezas a lidiar con un espectro, con una voz que no tiene rostro. Son los llamados “discretos”, los que buscan lo que ellos llaman “discreción”, ya que no están en el ambiente y prefieren mantenerse ajeno a él, entre las tinieblas. Pero, ¿cómo relacionarnos con esta figura a estas alturas de 2018?

Una palabra sin rostro

Ante un discreto que saluda sin enviar imagen la primera reacción es no contestar. De hecho, ante la avalancha de mensajes de perfiles en blanco o en negro, proliferan los eslóganes casi necesarios en cada perfil de “solo con foto” o “sin foto de cara no respondo”, como un recordatorio perpetuo de que hay que toda comunicación implica una cierta visibilidad de los interlocutores. Pero, a pesar de ello, a veces pica la curiosidad y uno sigue hablando a una pantalla en negro. Y esto ocurre sobre todo en las poblaciones más pequeñas, donde la presión por la homofobia y la discriminación es mayor y no todos se atreven a enseñar su rostro. Si uno descarta a los discretos en un pueblo de provincia, a veces descarta a todos los hombres que hay en 20 km. a la redonda y deja la masturbación como única opción. En otras ocasiones, alguien lleva una doble vida (tiene pareja o es heterocurioso) y prefiere hablar desde las tinieblas. Por eso, hay que lidiar con la situación y saber conversar con una palabra que no se visibiliza.

No presiones para conseguir la foto

La primera regla a cumplir es no presionar nunca para obtener una imagen de rostro, porque la respuesta va a ser el silencio o el bloqueo. Pero sí que se puede seducir y crear un clima de confianza para que esa foto pueda llegar a enviarse. Hacerle creer que no hay nadie de la KGB entre los usuarios de Grindr identificando a los que ponen los cuernos a su pareja o a los homosexuales de la localidad. Ante la sensación de sentirse comprendido, todas las barreras se vienen abajo y ese rostro puede salir de las sombras. Y, sin embargo, las fotos que se suelen obtener más fácilmente, sin mucho reclamo, son las de cuerpo, que circulan con la fuerza de su anonimato. Al fin y al cabo, nadie va a poder unir un cuerpo con una identidad concreta…

Un cuerpo que habla

Uno no se va a enamorar nunca de una pantalla gris o negra, por muy íntima y cercana que sea la conversación. Se necesita, al menos, ver el rostro. Por ello, muchas de las conversaciones con un “discreto” por las aplicaciones se focalizan en la satisfacción inmediata, en el sexo. Y las fotos de cuerpo circulan sin mucha autocensura, a veces acompañando el “hola” inicial o sustituyéndolo. Es la información que uno tiene de la otra persona: una imagen del cuerpo con el que vamos a tener sexo en un breve tiempo. Se lanzan algunas frases para calentar la situación y se propone quedar. Uno está cachondo pero el otro se niega a enviar una foto de su rostro: lo único que conocemos es su cuerpo. ¿Deberíamos quedar en esa situación?

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Por un lado, está el morbo de no saber del todo con quién vamos a quedar. Aquí, el concepto de “cita a ciegas” se cumple en todos sus términos, casi recuperando el formato de las citas del pasado prehistórico previo a las aplicaciones para ligar. Seguramente, mucha de la excitación del momento viene de su excentricidad, del misterio que no se resolverá hasta escuchar el timbre en casa. A veces, hay más erotismo en esta incógnita que en un polvo convencional con el hombre de nuestros sueños: uno puede fantasear con la figura que nos vamos a encontrar detrás de la puerta antes de abrirla, y esa imagen puede seguir poseyendo, en su misterio, todo el sexo posterior. Si arrastramos los nervios y el enigma a toda la velada, seguramente se convierta en algo mucho más excitante que un polvo rutinario.

Por otro lado, está la posibilidad de que ese rostro que vemos por primera vez nos provoque repulsión. Uno siempre tiene el derecho de decir “no”, pues toda promesa virtual no ha de convertirse siempre en una realidad, ya que la realidad cambia todas las condiciones previas. Y, además, aquí la excusa ya está construida: “lo siento, pero es que tenía que haber pedido foto de cara”. Por eso, quizá esta cita con alguien que se niega a mostrarse ante nosotros sea un aliciente y un motivo de excitación. Pero ahí ya depende de las preferencias de cada cual en el sexo, si la idolatría se proyecta antes sobre el cuerpo o sobre la cara. Si se folla con un cuerpo o con un rostro que nos mira.

Aunque esta figura del discreto pueda parecer residual en un país donde la homosexualidad cuenta con una gran aceptación social, las aplicaciones para ligar siguen pobladas por estas pantallas en gris y por estas voces de ultratumba. Y al relacionarse con ellos, lo importante es respetar la elección de cada cual, aunque se puede construir al mismo tiempo una confianza con el otro que permita que el discreto, poco a poco, deje de serlo y se haga imagen.

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